Razones para recordar a George Steiner

Razones para recordar a George Steiner
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I

LA VASTA Y COMPLEJA obra de George Steiner (1929-2020) repasa en espirales concéntricas los laberintos y espacios del humanismo contemporáneo. Sus aporías, perplejidades, asombros y obsesiones. Tal vez podría tratar de comprenderse a través de una analogía musical como una sinfonía o serie de sinfonías o, mejor, como un tren de “Pasiones” y “Cantatas” al estilo de Beethoven, Brahms o Johann Sebastian Bach. Una parte de su itinerario crítico y ensayístico está dominada por la necesidad de dar cuenta de la situación de la cultura contemporánea. Obras como en El castillo de Barba Azul, Tolstói o Dostoievski, los ensayos de Extraterritorial o Lenguaje y silencio sólo pudieron ser escritos por una sensibilidad alerta y, casi se diría, desollada por la experiencia de la guerra y del Holocausto, por una experiencia que se da necesariamente como una pasión intelectual y vital.

El concepto de pasión es indispensable para acercarse a la obra de este pensador europeo y judío que se sitúa entre Walter Benjamin y Elias Canetti, estandartes ineludibles de la crítica y la hermenéutica contemporáneas. Pero la apremiante necesidad de comprender el presente y sus debates no hizo olvidar a Steiner lo que podría llamarse las arqueologías de la mitología y la sensibilidad literaria, poética y política de la cultura europea. Obras como La muerte de la tragedia o Antígonas son muestra de esa vocación de crítico de literatura comparada, vocación a la par erudita y plástica, en la que se repasan y declinan los verbos y los versos de los autores clásicos y modernos, de Esquilo y Sófocles, a Racine y Corneille, de Anouilh a Beckett. Vienen a la mente los nombres de Benedetto Croce, Erich Auerbach, Ernest Robert Curtius, Marcel Bataillon, Mario Praz, Edmund Wilson, Paul Bénichou, Roland Barthes, Harold Bloom, Claude Lévi-Strauss, Dámaso Alonso, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña u Octavio Paz para tratar de situar la imponente, vertiginosa, voraz y enciclopédica tarea de este judío errante entre saberes, lenguas, tradiciones, creencias, que está comprometido exclusivamente con los valores de la belleza, la poesía, la música, la contemplación y el arte.

Otra estribación de sus estudios se concentra alrededor del libro Después de Babel, y de esa suerte de epílogo que es Sobre la dificultad y otros ensayos. Ahí la amplitud de la visión filosófica y hermenéutica se afirma y afina en lo que constituye una de sus especialidades: la lectura atenta, escrupulosa, obediente a un pulso filológico desvelado por escuchar y sentir.

La siguiente espiral la conforman los libros de madurez que son Presencias reales (algunos trasladan “efectivas”), y Gramáticas de la creación, donde el autor de Heidegger prosigue otras inquisiciones y procesos a pensadores como Jacques Derrida o Gerard Genette que se inclinan hacia un discurso que podría decirse inscrito en el horizonte de la extinción de lo humano y desde luego de las humanidades. Seguirían en este tren de pasiones intelectuales las pruebas de la experiencia vivida en libros como Errata, Lecciones de los maestros y Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento.

Obras como La idea de Europa, Nostalgia del absoluto, Fragmentos (un poco carbonizados) serían susceptibles de asimilarse a lo que podría llamarse una ética de la cultura afincada en la humana y sacra conversazione.

II

OTRA HÉLICE de esta espiral es la de la obra narrativa en la que Steiner abre la puerta a los fantasmas y fantasías que lo mueven en lo profundo, desde la historia apócrifa de la sobrevivencia de Hiltler en las selvas del Amazonas, las encrucijadas del narcotráfico en Medellín, Colombia, la tragedia de los lectores y periodistas de pruebas a quienes toca vivir historias inconfesables de vergüenza e infamia. Es cierto que Steiner le resta él mismo importancia a esta vertiente de su obra. Así se desprende de la entrevista póstuma que le concedió al ensayista italiano Nuccio Ordine, recién publicada. Precisamente eso debería llevar al lector a leer sus piezas narrativas con el mayor de los cuidados.

Esencialmente, habría debido tener el valor de probarme en la literatura creativa. De joven escribí cuentos y también versos. Pero no quise asumir el riesgo trascendente de experimentar algo nuevo en este ámbito, que me apasiona. Crítico, lector, erudito, profesor, son profesiones que amo profundamente y que vale la pena ejercer bien. Pero es completamente diferente a la gran aventura de la creación, de la poesía, de producir nuevas formas. Y, probablemente, es mejor fracasar en el intento de crear que tener cierto éxito en el papel de parásito, como me gusta definir al crítico que vive de espaldas a la literatura. Por supuesto, los críticos (lo he subrayado varias veces) también tienen una función importante; he intentado lanzar, a veces con éxito, algunos trabajos y he defendido a los autores que creía que merecían mi apoyo. Pero no es lo mismo. La distancia entre quienes crean literatura y quienes la comentan es enorme; una distancia ontológica (por usar una palabra pomposa), una distancia del ser. Mis colegas universitarios nunca me perdonaron que apoyara estas tesis; muchos barones y cierta crítica estrictamente académica no aceptaron que me burlara de su presunción de ser, a veces, más importantes que los autores de los que estaban hablando.1

III

ADEMÁS DE CRÍTICO, George Steiner fue un profesor itinerante que durante muchos años enseñó literatura comparada en Ginebra y Cambridge. Aunque hay obras sobre su pensamiento, como las del colombiano Alejandro Bayer o las del mexicano Ronaldo González Valdés, son pocos los testimonios de esa clase. En México tenemos las páginas que escribió Hernán Lara Zavala en su libro Equipaje de mano (1995) sobre George Steiner y la forma en que daba sus clases:

Es viernes. Cuando me despierto son las nueve y el ponente de esa mañana es ni más ni menos que George Steiner. Tuve la oportunidad de ver a Steiner en acción hace doce años y quedé muy gratamente impresionado. Cuando me lo presentaron lo vi como un hombre bajo de estatura, de cabello negro peinado hacia atrás y una sonrisa amable en el rostro. Al saludarlo noté algo raro: saludaba con la mano izquierda pues tenía la mano derecha impedida, lo cual le daba un toque de inválido e incluso un poco de contrahecho. Pero esa imagen se disipó en cuanto se subió al estrado e inició su ponencia. Su sonrisa amable desapareció. Su rostro se transformó y adquirió una gran energía y cierta agresividad. Empezó a hablar con voz tonante, con un ligero acento, citando en francés y en alemán a filósofos y poetas. En aquella ocasión arremetió en contra de los narratólogos que entonces estaban de moda. Los fustigó como si fuera un viejo profeta expulsando del cuadrángulo de la Universidad de Cambridge a los adoradores del becerro de oro. A medida que iba hablando crecía en estatura y molestaba a los críticos literarios que le apostaban al “lado científico de la literatura”.

Pero eso había sido doce años atrás. Ahora tenía la oportunidad de volver a escuchar a George Steiner cuya charla llevaba el sucinto y provocativo título Why? Ya se me había hecho tarde. [...] Steiner iniciaba su plática. Entré sigiloso. Serían las nueve y quince de la mañana. El salón estaba lleno. Encontré un lugar junto a la puerta. Desde ahí podía ver a Steiner de perfil. Su cabello, como el mío, delataba que se acababa de levantar. [...]

Steiner lee. La vez anterior hizo su intervención de pie, con tono vehemente, sentencioso y articulado. Ahora lee con un tono más pausado. Lo van a operar de una catarata, me comentó su esposa durante el brindis de recepción. Se nota un poco preocupado. Sentado, de perfil a mí, lo observo: luce más sereno, más maduro, más humano que la última vez que lo vi. Está más delgado, con el cabello cano y un poco largo. El haber bajado de peso lo hace verse más adulto, mejor parecido. En su lectura muestra un rico vocabulario pero descubro que no puede pronunciar en inglés el sonido “th” (z) que sustituye por el sonido “s”.

Steiner empieza atacando a los artistas. Rememora la tradicional fama que han tenido de mentirosos. Recuerda que Freud veía al artista como un soñador incapaz de superar sus síntomas infantiles. Lo que el artista desea es escapar del principio de realidad, arguye. Esgrime las teorías de Platón en La República para recordar que, según el filósofo, el artista está separado tres grados de la realidad. Enfrenta los cometidos del artista con los del científico, paradigma del hombre para Freud. ¿Qué hace un artista en comparación con los aportes de un científico a la humanidad?, se pregunta. ¿En qué contribuye un artista al beneficio del mundo? El arte ha resultado vencido por la ciencia que es capaz de salvar vidas, de dar de comer, de mejorar y aprovechar los recursos del mundo. Cuando parece habernos convencido de su argumento contraataca. Replantea el problema y entonces habla del arte como una manera que tiene el hombre de manifestar nuestra gratitud al mundo, habla del arte como consuelo, como celebración, como crítica al estado de las cosas, como algo edificante, el arte como instrumento que puede superar incluso a la muerte. Para ello cita a Heidegger (The shoeness of the shoe), a Eliot, a Miguel Ángel (el martillo de Miguel Ángel), a Matisse (“Estos vitrales no están dedicados al nombre de Dios sino al mío, a Matisse”), a Flaubert (“Muero como si fuera un perro callejero”).

Steiner termina con una apología de la música como la más elevada y pura de las artes. Se pregunta, ¿quién inventó la melodía? Y habla de la cuerda eólica, de la música como manifestación de los dioses, del viento, de lo instintivo humano, quizá previo a la palabra. Comenta que Wittgenstein descartó un intento de suicidio gracias a que escuchó un cuarteto de Brahms. Cita a Shakespeare para decir que un alma que no se alimenta de música es un alma enferma. Steiner hace un breve paréntesis y acota que la influencia de las mujeres en el arte musical curiosamente ha resultado casi nula. ¿Por qué importa el arte? es la palabra que sintetiza la intervención de Steiner: “para ser menos inhumanos”, contesta seco y concluye.2

IV

Tuve el privilegio de acompañarlo durante su viaje a Monterrey, en marzo de 1998, a dar una conferencia magistral en la Biblioteca de la UANL. La charla se armó, si no recuerdo mal, a partir de lo expuesto en su ensayo sobre El silencio de los libros. Después de la conferencia fue invitado a cenar y lo acompañé. A media cena, una dama regia de elegancias algo exageradas, se le acercó y le preguntó si “se peinaba las cejas”, pues eran para ella diabólicamente llamativas. Él se le quedó viendo y le respondió: “Señora, ése es el tipo de preguntas que una mujer sólo le hace a un hombre en la cama”. Entonces se volvió hacia mí y dijo: “Castañón, es hora de irse”.

Notas

1 Nuccio Ordine, “La entrevista póstuma de George Steiner: ‘Me faltó valor para crear’” El País, 5 de febrero, 2020 (https://elpais.com/cultura/2020/02/04/actualidad/1580845337_200341.html?ssm=- whatsapp).

2 Hernán Lara Zavala, Equipaje de mano, Instituto Mexiquense de Cultura, México, 1995, pp. 20-22.