Un elefante en la sala

Un elefante en la sala
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Una escena de la película Recuerdos (Stardust Memories) comienza con una toma abierta —un long shot estilo Antonioni. En una playa, a lo lejos se alcanzan a distinguir tres figuras: dos seres humanos y un elefante. Corte. Ahora la cámara está mucho más cerca. La bellísima Charlotte Rampling abraza a un adolescente pelirrojo con lentes —se le nota lo pelirrojo aunque la película sea en blanco y negro. El adolescente sale de cuadro y entra Woody Allen. Es su cumpleaños. Ella le da tres regalos espléndidos. “¿Sabes?”, dice él, “cuando era niño, quería que me regalaran un elefante”. “Yo te hubiera regalado un elefante”, dice ella. “Sí, ¿pero dónde estabas tú?”, pregunta él.1

Muchas películas después, en Crímenes y pecados (Crimes and Misdemeanors), el personaje interpretado por Woody Allen está filmando un documental acerca de un filósofo, el profesor Levy, quien dice: “Con el ser amado ocurre una extraña paradoja: le pedimos que nos devuelva ese amor incondicional que sentíamos de niños y, al mismo tiempo, le pedimos que borre todo el daño que nos hicieron en la infancia”. La escena de Recuerdos es ejemplo de esa paradoja. Woody Allen quiere que su amada viaje al pasado, mucho antes de que se conocieran, para regalarle un elefante. ¿Por qué un elefante? Supongo que porque, cuando eran niños, tanto el verdadero Allen como su personaje querían ser magos. Pero ayer volví a ver la película y ese elefante se convirtió en el elefante que a veces está en la habitación y del que nadie quiere hablar porque, de hacerlo, ya no se hablaría de otra cosa. En este caso, el elefante apareció en 1992, cuando periódicos y revistas del mundo se volvieron tabloides y todos los noticieros, programas de chismes. Fue cuando Mia Farrow acusó a Woody Allen, su pareja sentimental, de haber abusado sexualmente de dos de sus hijas adoptivas; una de ellas coreana, de unos 16, con supuesto retraso mental. Y la otra —horror— de siete años.

Nada de esto resultó cierto, lo cual se comprobó en su momento. Pero ahora el elefante ha vuelto, como una bestia del infierno, a azotar la carrera de Allen. Su hijo biológico, Ronan Farrow (que tal vez sea hijo de Frank Sinatra, según insinuaciones de la propia Mia) busca vengar a su abnegada madre y a su hermana, Dylan, quien insiste en haber sido violada por su padre adoptivo.

ACABO DE TERMINAR de leer la autobiografía de Woody Allen, Apropos of Nothing (A propósito de nada, supongo que la llamarán en español). En sus páginas, la primera vez que Allen menciona el asunto, dice: “Llegaré ahí más adelante, y espero que no hayan comprado el libro por eso”. Yo no. Pero mucha gente sí lo hizo o lo hará. ¿Con qué se van a enfrentar? Con la prosa de un alquimista, capaz de convertir una broma en un poema. Con anécdotas deliciosas sobre su vida personal y profesional. Hasta que, de pronto, de una página a la siguiente, Apropos of Nothing se convierte en una historia de horror; una especie de El bebé de Rosemary en la que descubrimos a una Mia Farrow poseída por la ira, con una sed de venganza insaciable.

Pero, como Woody Allen fue mago en la adolescencia y la magia es un tema recurrente en su filmografía, su teatro y su prosa, hagamos un acto de magia: desaparezcamos al elefante. Abracadabra, ¡listo! Hablemos de Woody Allen como lo que es: uno de los tres grandes comediógrafos de todos los tiempos —los otros dos son Aristófanes y Molière, por supuesto. Aunque, tal vez, el escritor que más similitudes tiene con Allen sea Chéjov, cuya intención era escribir obras cómicas. No le salió, pero accidentalmente inventó la tragedia moderna, también conocida como pieza, en la que el personaje trágico no está condenado a morir, sino a seguir viviendo.

En su autobiografía, Allen dice que se siente un autor de tragedias atrapado en un comediógrafo: el antiChéjov. Dice que quisiera jugar en la liga de O’Neill, Arthur Miller y Tennessee Williams, pero le falta talento. Difiero: O’Neill se habría sentido orgulloso de Interiores, y tanto Miller como Williams le dijeron, en su momento, cuánto les gustaba su trabajo como cineasta. Pero Allen sigue dudando: piensa que le mintieron o lo confundieron con alguien más.

"Tanto Arthur Miller como Tennessee Williams le dijeron cuánto les gustaba su trabajo. Pero Allen sigue dudando: piensa que lo confundieron con alguien más".

POR QUÉ ENLATAR MANHATTAN

Todo mundo sabe que el ídolo cinematográfico de Woody Allen es Ingmar Bergman. La última noche de Boris Grushenko (Love and Death) termina con Allen bailando con la Muerte, es decir, un homenaje a El séptimo sello. En la misma película hay un close-up de Diane Keaton (de frente) y Jessica Harper (de perfil). Sus bocas forman una sola, al igual que las de Ingrid Thulin y Gunnel Lindblom en El silencio.

Cuando el genio sueco publicó su autobiografía, Linterna mágica, se le encargó a Allen que escribiera una reseña. Todos pensamos que el resultado sería una larga alabanza, pero no: hizo un texto desenfadado, en el que “hay muchos dolores de estómago”. Bergman amaba a su madre y ella era fría con él, excepto cuando se enfermaba. Así que el pequeño Ingmar decidió enfermarse del estómago a cada rato.

Si yo tratara de escribir una reseña de Apropos of Nothing en el mismo tono que Allen escribió la de Bergman, diría que está llena de amores imposibles: las chicas aceptan salir con el joven Woody pero, al regresarlas a casa, ellas se convierten en ninjas que se escurren por la puerta, matando la esperanza de un beso de buenas noches.

El libro también está lleno de una autocrítica implacable de Allen, quien le atribuye a la suerte casi todos sus logros. Cuando vio el resultado final de Manhattan dijo a sus productores que, si la enlataban, filmaría otra película gratis. Es increíble que haya querido enlatar la obra maestra de diálogos como estos:

MARY (DIANE KEATON): ¿Qué estás pensando?

ISAAC (ALLEN): Pensaba que algo debe estar mal conmigo, porque jamás he tenido una relación con una mujer que dure más que la que tuvieron Hitler y Eva Braun.

En Manhattan, la segunda exesposa de Isaac, Jill (Meryl Streep), lo dejó por otra mujer. “Mi analista me advirtió sobre ti, pero eras tan bella que cambié de analista”, señala él. Además, Jill está escribiendo un libro de su relación con él. Tienen un hijo llamado Willy.

JILL: Willy ha estado dibujando.

ISAAC: Qué raro. Yo no dibujo, tú no dibujas...

CONNIE (LA NUEVA PAREJA DE JILL):

Yo dibujo.

ISAAC: Sí, pero no creo que tú seas el verdadero padre.

La noche en que Isaac se enamora de Mary, él la acompaña a pasear a su perro, Waffles:

MARY: Voy por mi perro. Es un salchicha. Creo que es un sustituto

del pene.

ISAAC: En tu caso, pensé que sería un gran danés.

Pero Manhattan no sólo tiene diálogos ingeniosos y un final conmovedor. También es una de las películas más bellas de la historia del cine, gracias a la fotografía en blanco y negro de Gordon Willis: la icónica imagen en que Isaac y Mary están sentados bajo el puente de Queensboro, ante el East River, es imborrable.

Manhattan es de 1979. Poco antes, en 1977, Woody Allen inventó la comedia romántica contemporánea en Annie Hall. El escritor, dramaturgo y director David Mamet, cuyos ídolos son Allen y Winston Churchill, escribió que en las historias de amor del cine clásico, los amantes tienen el mundo en contra, pero luchan por estar juntos. En cambio, en las historias actuales los protagonistas lo tienen todo para amarse y lo único que los separa es la neurosis. Annie Hall es insatisfacción perpetua: “Las relaciones son como los tiburones; si no avanzan, se mueren... Nuestra relación es un tiburón muerto”, le dice Alvy (Allen) a Annie (Diane Keaton).

A pesar del pesimismo y la obsesión con la muerte, Allen es un romántico. Y Annie Hall, a pesar de su sarcasmo, resulta una película entrañable, cuyos personajes siguen creyendo en el amor hasta el absurdo. El final es un montaje de distintos momentos en la relación de Annie y Alvy, mientras se escucha una voz en off:

ALVY: Un tipo llega al psiquiatra y le dice: “¡Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina!”. El psiquiatra responde: “¿Por qué no lo mete al manicomio?”. El tipo responde: “No puedo, necesito los huevos”. Creo que así me siento respecto a las relaciones de pareja. Son totalmente locas, irracionales y absurdas, pero seguimos intentándolo porque... necesitamos los huevos.

PIADOSO CON LOS GÁNGSTERS

Allen Stewart Konigsberg creció en Flatbush, una zona de Brooklyn que recuerda idílicamente, porque había muchos cines. Odiaba la escuela con toda su alma y se iba de pinta cada vez que podía. Su abuelo paterno había tenido dinero, por lo que el padre de Allen era un consentido, hasta que llegó la Gran Depresión y se vio obligado a rascarse con sus propias uñas. Lo hizo poniendo un billar y corriendo apuestas, entre otras actividades ilegales. Por eso los gángsters de las películas de Allen son tratados con piedad. El más entrañable de todos es Cheech (Chazz Palminteri) en Balas sobre Broadway (Bullets Over Broadway). Ubicada en los años veinte, es la historia de un dramaturgo (John Cusack) que busca que su obra sea producida en Broadway. Su productor (Jack Warden) obtiene el dinero; un gángster (Joe Viterelli) está dispuesto a invertir lo que sea. A cambio exige que su amante, Olive, salga en la obra.

Interpretada por la gran Jennifer Tilly, Olive es una mujer corrientísima con voz de pito, que no sabe de teatro y llega a los ensayos custodiada por Cheech, quien permanece callado, viendo a los actores desde una butaca. Algo en la obra no funciona. Los actores no entienden a sus personajes. Hay discusiones constantes con el dramaturgo, que también dirige la obra.

Un día, Cheech abre la boca y sugiere un cambio. El dramaturgo y director monta en cólera, pero el elenco y el productor están de acuerdo en que la propuesta del mafioso es brillante. Escenas después, Cheech está corrigiéndole la plana al dramaturgo, quien es capaz de reconocer el enorme talento del gángster. Un matón con alma de poeta. Capaz de matar, literalmente, por su arte.

Las películas favoritas de Woody Allen cuando era adolescente eran las que bautizó como comedias champagne: gente guapa, vestida elegantemente, bebiendo martinis en sus penthouses y disfrutando la vida nocturna de Manhattan. El propio Allen dice que, de todos los personajes que ha escrito, el más parecido a él es Cecilia, la mesera de La rosa púrpura de El Cairo, que pasa cada segundo de su tiempo libre metida en el cine, evadiendo la realidad. “¡No quiero realidad, quiero magia!”, grita Blanche DuBois, la heroína trágica de Un tranvía llamado Deseo, de Tennessee Williams. Para Woody Allen, esa pieza teatral y su versión fílmica son “la gran obra de arte de mi tiempo”. La influencia del Tranvía en Woody Allen es enorme: en su cinta El dormilón (Sleeper) hay una secuencia en la que él se convierte en Blanche y Diane Keaton en Stanley Kowalski, su némesis. En la obra en un acto Dios aparece Blanche, quejándose de la brutalidad de su creador, Tennessee Williams. En Jazmín azul (Blue Jasmine), el personaje de Cate Blanchett va a buscar a su hermana a otra ciudad, al igual que Blanche busca a Stella, y evade la realidad hasta alcanzar la locura. En Wonder Wheel (La rueda de la maravilla), Kate Winslet es otra Blanche, al igual que Cecilia, la mesera obligada a elegir entre el personaje de celuloide y el actor que lo interpreta. “Siempre he despreciado la realidad y he deseado con lujuria la fantasía”, declara Allen en Apropos of Nothing.

"Todo mundo parece recordar el juicio Allen vs. Farrow, pero en Apropos of Nothing queda claro que Jamás hubo un juicio".

LAGUNAS CULTURALES

A diferencia de sus personajes, la realidad casi siempre ha tratado bien a Allen: vivió durante décadas en un penthouse del Upper East Side, idéntico a los que veía en los cines de Brooklyn. ¿Cómo es que ese chamaco insolente, que sólo leía cómics, logró retratar como nadie la sofisticada infelicidad de la gente culta y adinerada de Manhattan? El impulso para lograrlo fueron las chicas que le gustaban en la preparatoria: eran misteriosas, vestían de negro y leían a Kafka. Así que el joven Woody tuvo que cultivarse.

En Apropos of Nothing insiste en que es “un ignorante que sabe fingir”. De hecho, hace una lista de sus varias lagunas culturales:

Nunca he visto una puesta en escena de Hamlet. Nunca leí Ulises, Don Quijote, Lolita, Trampa 22, 1984, nada de Virginia Woolf, ni de E. M. Forster, D. H. Lawrence, las hermanas Brönte o Dickens. [...] En cuanto a películas, nunca he visto Armas al hombro de Chaplin ni El navegante de Buster Keaton. [...] Jamás vi ¡Qué verde era mi valle! ni Cumbres Borrascosas ni Camille ni Ben-Hur ni muchas otras.

Allen aclara que no quiere desacreditar estas obras de arte, sino hacer evidente su propia incultura. Pero, como dice Lex Luthor encarnado por Gene Hackman: “Hay quienes leen La guerra y la paz y piensan que sólo es una historia de aventuras. Otros, en cambio, leen la envoltura de un chicle y descifran los secretos del universo”.

Es increíble ver al director adentrarse en la oscuridad de los personajes de Interiores o Septiembre, que han tenido la cultura, el arte y todo tipo de belleza al alcance de la mano, y aun así acaban recurriendo al suicidio. La de Mia Farrow es una de esas familias trágicas. Damas y caballeros, ¿recuerdan al elefante que desapareció al principio? ¡Helo aquí!

[caption id="attachment_1158037" align="alignnone" width="696"] Cate Blanchett en Jazmín azul (2013). Fuente: imdb.com[/caption]

UN JUICIO QUE NO FUE

Solamente mencionaré los hechos: Mia Farrow acusó a Woody Allen de haber violado a sus hijas adoptivas Soon-Yi y Dylan. Dijo que la primera era menor de edad y padecía retraso mental. Falso. Soon-Yi tenía 22 años cuando comenzó su romance con Allen y es muy inteligente. En cuanto a la presunta violación de Dylan en un ático, cuando tenía siete años, dos instancias afirmaron que jamás ocurrió: el Departamento de Bienestar Infantil del Estado de Nueva York y la renombrada Clínica de Abuso Sexual Infantil del Hospital Yale-New Haven. Los investigadores de Yale incluso declararon que era posible que Dylan hubiera “sido entrenada o influida por su madre, la señora Farrow”. Todo mundo parece recordar el juicio Allen vs. Farrow, pero en Apropos of Nothing queda claro que “jamás hubo un juicio. Jamás se presentó ningún cargo en mi contra”.

Ahora, el horror ha vuelto. Dylan asegura que sí fue violada por su padre adoptivo (es fácil inocular un recuerdo falso en una niña, según todos los especialistas que he consultado). Su hermano, Ronan Farrow, compara a Allen con verdaderos predadores sexuales, como Bill Cosby o Harvey Weinstein. Muchos actores dicen estar arrepentidos de haber trabajado con él, pero el cineasta señala en el libro: “Algunos de ellos dicen que ahora su política es siempre creerle a la mujer. Espero que la mayoría de la gente pensante rechace semejante simplismo”.

Ronan casi logra que Apropos of Nothing no se publicara. Allen comprobó “que la verdad vale para muy poco”. Desde hace 27 años no ha visto a su hijastra Dylan. Pero la amargura no lo ha tocado. Lleva 25 años casado con Soon-Yi, con quien tiene dos hijas adoptivas. Acaba de concluir su más reciente película, Rifkin’s Festival. Sigue escribiendo a diario y, aunque también le gusta el reconocimiento, asegura: “Más que seguir vivo en los corazones del público, prefiero seguir vivo en mi departamento”.

Nota

1 Ésta y todas las traducciones que siguen de textos y películas son mías.