Vida erótica y racionalidad imperfecta

Redes neurales

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Jolanta Shiloni, Beso romántico II, detalle.Fuente: fineartamerica.com
Por:
  • Jesús Ramírez-Bermúdez

Hace años tuve el privilegio de conocer a Francisco González Crussí. El eminente patólogo y ensayista mexicano, quien hizo en Chicago una larga carrera dedicada a la investigación del cáncer pediátrico, aceptó la figura de tutor en el programa Jóvenes Creadores del ahora fallecido Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. El grupo dedicado al ensayo literario estaba conformado por Vivian Abenshushan, quien escribía sus Escritos para desocupados (Sur+, 2013); Valeria Luiselli trabajó el libro Papeles falsos (Sexto Piso, 2010). Andrés Ríos Molina, historiador, escribió el ensayo Memorias de un loco anormal (Debate, 2010).

Éramos un grupo heterogéneo. Los debates teóricos eran frecuentes. Pero estábamos de acuerdo en la fortuna de contar con el doctor González Crussí. Su perspectiva era generosa y paciente, aunque no estaba exenta de ironía crítica y mordacidad a la hora de analizar nuestros textos (especialmente los míos: ensayos narrativos un tanto ingenuos sobre los problemas clínicos de la psiquiatría y la neurociencia). La calidad humana del doctor era comparable a su erudición, curiosidad científica y literaria hacia todos los aspectos de la condición humana y la cultura.

Quisiera pensar que seleccionó mi trabajo porque creía que mis posibilidades como ensayista eran comparables a las de mis compañeros, pero mi lado más sensato me ofrece una hipótesis alternativa: la elección se debió a su interés en la profunda irracionalidad de la conducta humana, que quedaba al descubierto en la historia clínica de mis pacientes.

Durante su carrera como investigador, al indagar las manifestaciones del cáncer en el cuerpo infantil, Francisco González Crussí usó las herramientas sistemáticas del método científico, pero debió quedar perplejo frente a la atrocidad de la patología celular y sus repercusiones en la vida humana. En su obra literaria, esa tensión entre el orden y las monstruosidades de la biología se ha abierto cada vez más para abarcar otro tipo de desconciertos: los del ser cultural que intenta controlar y capturar la esencia de la naturaleza. Su obra es muy vasta y no pretendo concentrarla en unas líneas. Sólo doy un paso atrás para comprender mejor su obra más reciente.

Las folías del sexo es una obra muy entretenida: ¿de qué otra manera podía tratar el problema de nuestras partes vergonzosas ?

Las folías del sexo (Editorial Debate, 2020) aborda nuestra vida sexual, y de manera más explícita, “las ideas y creencias sobre el sistema genital”. Es una obra muy entretenida, donde el autor lleva al mayor refinamiento la seriedad del enfoque académico para transformarlo en un recurso humorístico: ¿de qué otra manera podía tratar el problema de nuestras “partes corporales vergonzosas”? En el capítulo 1, “De la vara de Aarón y algunas de sus muchas desventuras”, González Crussí discute una teoría que atribuye a San Agustín el origen de esa cualidad emocional, la vergüenza, con la cual hablamos de la genitalidad. Pero el ensayo no es un aburrido compendio de obviedades acerca de la culpa incrustada en nuestra mente por la Iglesia Católica. “Son partes vergonzosas, dice esta versión, porque nos avergüenzan al hacernos ver que, mientras que ejercemos nuestro mando libremente sobre todas las partes externas del cuerpo, aquellas, en cambio, no nos obedecen. Son rebeldes, y por desgracia son ellas quienes nos sujetan y nos mandan”.

El doctor nos recuerda que los griegos se referían al útero como “un animal dentro de un animal”. Con respecto al órgano genital masculino, hace un recorrido por los significados culturales y por los extensos y variados campos de su nomenclatura: del “chile” a “el Padre Adán”. González Crussí medita con ironía sobre el hecho de que, en sus Notas de un anatomista, citó el trabajo de Peter Fryer, quien colectó más de cien términos en inglés para referirse al órgano masculino; cuando el escrito se tradujo a una docena de lenguas, cada traductor puso una nota al pie de la página para indicar que en su propio idioma había una sinonimia tan vasta como la de Fryer. Sin duda, las palabras del sexo son uno de los fundamentos de toda cultura, porque hacen referencia a esa zona de transición entre la naturaleza animal y nuestra vida simbólica. Quizá por eso el doble sentido sexual es un registro literario de la cultura popular: esa figura de estilo señala el doblez con el cual nos reconocemos como animales gobernados por instintos filogenéticos, y como sujetos de cultura cautivos entre normas morales. El equilibrio entre ambas nociones delinea nuestra racionalidad colectiva.

¿Somos seres eróticos con una racionalidad por siempre imperfecta? Dentro de su amplia obra literaria, González Crussí había visitado ya los dilemas morales, los sinsentidos de la conducta y los imperativos biológicos de nuestra sexualidad. On Being Born and Other Difficulties (tengo la versión inglesa) trata acerca del nacimiento y la vida uterina en su dimensión obstétrica; el autor debate los malos entendidos milenarios acerca de la concepción: camina junto a Aristóteles, Cervantes, Rabelais, Nietzsche... pero esa lectura se complementa con el libro de 1998, Sobre la naturaleza de las cosas eróticas (Editorial Verdehalago), donde aborda problemas como las condiciones de la seducción (según un antiguo texto chino) o el problema de los celos masculinos. En forma más reciente, La enfermedad del amor (Debate, 2016) aborda con humor y erudición una indagación más específica: ¿el mal de amores es o no es una enfermedad?

En ese contexto temático aparecen Las folías del sexo. Es una nueva oportunidad para elaborar una historia crítica de la cultura a partir de las construcciones fantásticas con las cuales nos mentimos y nos engañamos frente al hecho irreductible de la naturaleza erótica. El capítulo 3, por ejemplo, nos revela una sátira del siglo XVIII que fue tomada por muchos como una hipótesis plausible: Lucina sine concubitu, una carta “humildemente dirigida a la Royal Society, en la que se prueba, mediante evidencia incontrovertible, tomada de la razón y la práctica, que una mujer puede concebir y llegar hasta el parto, sin tener ningún comercio con un hombre”. No se alude a ningún ángel de Dios o de la lujuria: se trata del poder fecundante del viento.

Durante el invierno, visité a mi padre, quien ha sido un lector obsesivo desde que tengo memoria. Pero una condición de salud ha reducido drásticamente su energía corporal y no puede leer con la voracidad de antes. Por eso me llamó la atención encontrarlo en la sala de la casa, riendo. Tenía Las folías del sexo en la mano y no paró hasta terminar de leer el libro, al día siguiente. Entonces mi madre comenzó a leerlo y no me dejó tomar mi ejemplar para traerlo de regreso a la Ciudad de México. Es la tercera vez que pierdo los libros del doctor. Antes le regalé Día de muertos a mi maestra, la doctora Teresa Corona, y Los cinco sentidos a mi amigo Mario López, ambos médicos y neurólogos brillantes. Ojalá hayan valorado esos libros, porque no los encuentro en librería alguna y mi biblioteca está de malas por la ausencia. Por eso les digo: si van a leer Las folías del sexo consigan dos ejemplares; así podrán regalar uno y quedarse con el otro.