Vida o historia: tres novelas cubanas

Durante la primera etapa de la Revolución Cubana en el poder, la adopción de su doctrina ideológica
y estética se impuso poco a poco, hasta desplazar el exuberante paisaje de escritores de la isla —obligados
al exilio, o bien al silencio. A medio siglo de distancia, la situación ha cambiado tras el periodo especial
—a raíz de la caída de la Unión Soviética— y el quiebre de su antiguo régimen: en consecuencia,
la narrativa actual perfila un capítulo nuevo en su literatura, que estas páginas revisan desde propuestas recientes.

Leonardo Padura (La Habana, 1955).
Leonardo Padura (La Habana, 1955).Foto:Lucía López Coll, oncubanews.com
Por:
  • Federico Guzmán Rubio

Cuba pasó de moda y con ella la literatura cubana, lo que es una buena noticia para la literatura. Me explico: mientras La Habana fue la capital de la Guerra Fría latinoamericana, un escritor cubano era, ante todo, revolucionario o antirrevolucionario, procastrista o anticastrista, oficialista o gusano, y en última instancia, escritor. De la misma forma en que los cubanos no tenían ocasión de vivir sus vidas como les placiera por la obligación de estar haciendo historia a tiempo completo, muy poco importaba lo que escribiera un escritor cuando era tan fácil catalogarlo simplemente sobre la base de su lugar de residencia, es decir, si vivía en la isla o en el exilio. Que Cabrera Infante haya escrito la prosa más radicalmente lúdica de la lengua era un hecho secundario frente a su figura de gran exiliado, palabra que lo mismo podía constituir un insulto y un motivo suficiente para censurarlo que un elogio y un motivo para premiarlo. Pero esos tiempos quedaron atrás y sospecho que, gracias en buena medida a que ya nadie se acuerda de ellos, los escritores cubanos escriben hoy con una libertad de la que no habían gozado en más de medio siglo.

Sobra decir que esta libertad tiene su costo: al hacer de la dispersión uno de sus involuntarios caballos de batalla, fuera de un par de excepciones, la literatura cubana parece deshacerse en el aire. No es fácil seguirles la huella a sus autores en el exilio, incluso a los que alguna vez gozaron de cierto prestigio. Al no contar con un mercado natural de edición (y sí, la palabra mercado es clave actualmente para entender cualquier literatura, como lo sabe mejor que nadie el escritor cubano), gozar de cierta continuidad editorial se convierte casi en un imposible. De esta forma, por ejemplo, uno tiene que empeñarse en buscar los libros del esencial Antonio José Ponte en las ediciones mexicanas, argentinas o españolas en que se publican casi en secreto, a pesar de ser uno de los mejores escritores latinoamericanos en activo, y lo mismo sucede con Octavio Armand, cuya poesía completa se publicó el año pasado en México.

Cuando finalmente se pudo leer a Cabrera Infante sin la sombra de la traición o el heroísmo, sus maravillosas novelas póstumas pasaron sin mayor pena ni gloria. En cuanto a lo que se escribe y publica en la isla, la situación es, si acaso, peor, empezando por el hecho de que se trata de una literatura desconocida y prácticamente inaccesible. Los contadísimos escritores que de pronto gozaron de cierta visibilidad gracias a su rotunda calidad, como Ena Lucía Portela, van desapareciendo poco a poco de las mesas de novedades de las librerías para, en el mejor de los casos, sobrevivir en el limbo de las editoriales universitarias.

Por ello, es una buena noticia que ahora estén circulando en México tres novelas para leerse no como si en ellas se jugara la caída del comunismo o del capitalismo, sino como lo que son: literatura. Se trata de Como polvo en el viento, de Leonardo Padura (La Habana, 1955); El hijo del héroe, de Karla Suárez (La Habana, 1969), y Los caídos, de Carlos Manuel Álvarez (Matanzas, 1989). Que las circunstancias biográficas de los autores sean tan distintas enriquece esta propuesta aleatoria, pues aparte de pertenecer a diferentes generaciones, Padura reside en La Habana, Suárez lleva al menos dos décadas exiliada y vive en Lisboa, mientras que Álvarez alterna su vida entre la Ciudad de México y Cuba. Además, las novelas de los tres, mediante diferentes estrategias narrativas, comparten un acercamiento realista a la vida actual, tanto de la Cuba condensada en la isla del Caribe como de las mil Cubas diminutas repartidas por todos los rincones del mundo donde hay un exiliado.

Como polvo en el viento de Leonardo Padura.Foto: Especial

DE IDA Y VUELTA

Las tres novelas se sitúan en una estricta contemporaneidad: la Cuba en la que coincidieron en 2016 los dos últimos rockstars entonces vivos del siglo XX, Jagger y Castro; la que recibe a Obama con una alegre resignación y la que, tras el recuerdo traumático del periodo especial, parece vivir casi en la normalidad. La llegada de esta normalidad tan relativa exigía un nuevo acercamiento literario, pues las escuelas del pasado resultaban demasiado voluptuosas, propagandísticas o sórdidas —dependiendo de los tiempos en que les haya tocado escribir— para enfrentarse a una cotidianeidad que por primera vez aspiraba a serlo. De hecho, si hay un rasgo estilístico que comparten las tres novelas, es liberarse de la voz fatídica de la que no podía escapar lo cubano, ésa que Octavio Armand definió como “demagogia y choteo, consigna y piropo, pachanga y paredón”, descripción que bien puede leerse como una brevísima historia de la literatura cubana.

Al barroco al que Lezama Lima, Carpentier, Sarduy, Cabrera Infante y hasta Arenas habían gloriosamente condenado a la literatura cubana, siguió una narrativa militante y comprometida, oficializada a golpe de decreto por Fernández Retamar en 1971. Pero conforme pasaron los años, el burócrata fiel tuvo que ir tachando uno a uno a los miembros de su combativo canon, a medida que lo traicionaban y partían rumbo al exilio, hasta quedarse solo, en su isla desierta de Casa de las Américas, como el Calibán que tanto lo inspiró, según lo documenta Rafael Rojas en La polis literaria.

En Cuba se siguió escribiendo una narrativa funcionarial y revolucionaria, intrascendente e irónicamente fantástica en sus buenas intenciones, empeñada en retratar al hombre nuevo del socialismo quien, para la década de los noventa, fabulosamente, se encontraba bastante envejecido a pesar de nunca haber acabado de nacer. Es entonces, en el periodo especial —como se le llamó desde el poder a la crisis surgida tras la desaparición de la URSS y de sus ayudas a los países amigos— cuando surgió una literatura protagonizada por personajes bastante ocupados en sobrevivir como para reflexionar sobre su descontado desencanto político. A ella pertenecen las sórdidas narracio-nes de Rolando Menéndez, cuyos personajes engordan cerdos en la tina de la casa o arriesgan la vida por robar una vaca y probar la carne; las historias de Pedro Juan Gutiérrez y su realismo sucio y tropical, en el que las carencias materiales de ninguna forma inhiben el deseo sexual, y los libros inclasificables de Antonio José Ponte quien, tras proclamarse el último habitante de La Habana y escribir páginas conmovedoras sobre su perpetua decadencia, no apagó la luz antes de marcharse porque en la ciudad había un apagón que ya duraba varios años.

Pero el periodo especial también pasó. Los cubanos que —despistados, fatalistas o perezosos— se quedaron en la isla, al igual que los exiliados —que cada vez huían menos de la asfixia ideológica y más de la crisis económica, como los de cualquier país latinoamericano—, empezaron a llevar una vida más normal y, con ella, al menos por lo que se lee en estas tres novelas, surgió una reflexión sobre la vertiginosa historia reciente de la isla.

COMO POLVO EN EL VIENTO, de Leonardo Padura (Tusquets, 2020), narra los destinos de los integrantes de un grupo de amigos, hijos incluidos, cuya disolución coincide con la del inicio del periodo especial. Intencionalmente, la novela no se centra en un protagonista, sino que cuenta una historia colectiva, cuyos personajes, uno a uno, representan un destino cubano. Si bien la propuesta es ambiciosa, como lo muestra una estructura compuesta por un puñado de nouvelles que dialogan entre sí, a veces resulta complicado distinguir a los personajes, unidos por situaciones un tanto inverosímiles que el narrador en tercera persona llama “casualidades cósmicas”. Por otra parte, inevitablemente hay alguna historia que opaca a las demás, como la de la novelesca Loreta y su hija, Adela, una trama melodramática impulsada por un pasado cubano del que no pueden desprenderse. Loreta y Adela se convierten en dos caras de la misma moneda: la madre huye obsesivamente de sus orígenes, mientras la hija busca averiguar cuáles son los suyos.

Parecería que Padura se siente más cómodo en los moldes de la novela histórica o policiaca que en una novela a secas, pues del Trotsky de la minuciosa El hombre que amaba a los perros cabe esperar que hable siempre ofreciendo un discurso, y del inspector Mario Conde resulta lógico que se enfrente a crímenes misteriosos, pero cuando estos componentes necesarios en la novela de género se trasladan a la realista resultan cuando menos forzados. No afirmo que la novela de género resulte menos compleja o de inferior calidad que la novela sin adjetivos, sino que hay recursos que funcionan en ciertos contextos y, cuando se trasladan a otros, no siempre resultan eficaces. Pero a pesar del esquematismo de los personajes y de lo inverosímil de ciertos pasajes, la incuestionable habilidad narrativa de Padura permite, una vez que el lector ha logrado identificarlos, seguir con interés la trayectoria de todo el grupo de amigos quienes, salvo por una pareja, terminan con mejor o peor suerte en el exilio.

Karla Suárez (La Habana, 1969).Foto: editorialcomba.com

LAS GUERRAS DE TODOS LOS DÍAS

La novela de Karla Suárez, por su parte, gira en torno a uno de los acontecimientos más extraños de la historia de América Latina, al que no se le ha dedicado la atención que merece: la intervención militar cubana en Angola en los ochenta, la década dorada, por cierto, de la revolución. Se trata de la única campaña militar de envergadura de un país latinoamericano en otro continente, en la que participaron más de trescientos cincuenta mil cubanos (en un país cuya población entonces era de unos diez millones de habitantes), con el objetivo de afianzar el gobierno comunista en Angola y derrotar a los ejércitos rebeldes apoyados por Estados Unidos y Sudáfrica, que también tuvo una participación directa en el conflicto. Discutiblemente, se ha afirmado que en Angola se peleó la última batalla de la Guerra Fría, y la ganaron los cubanos. Si la victoria de los comunistas angolanos, quienes gobiernan el país todavía hoy, en medio de vergonzosos escándalos de corrupción, no tuvo la influencia continental que esperaba Castro, pasó todo lo opuesto ante la derrota de Sudáfrica. Gracias a ella, Namibia consiguió su independencia y Castro pudo vanagloriarse en confianza de que él había vencido al apartheid sudafricano, lo que desde luego era una desmedida exageración, pero no una mentira completa.

Éste es el trasfondo de El hijo del héroe (Comba, Barcelona, 2017), que Suárez aborda con la sabiduría de la mejor literatura: la que narra un drama colectivo desde la subjetividad extrema de un personaje que se esfuerza por rescatar su vida del remolino de la historia. Si la sentencia de Padura es que la Cuba de Fidel Castro destrozó la vida de todos los cubanos y que lo único rescatable de la revolución fue haber formado emigrantes bien preparados, en Suárez, de hecho, no hay conclusión. Ernesto, su protagonista, simplemente se pregunta, pragmático, si valió la pena invertir tantos recursos y vidas en una guerra ajena en lugar de haber afianzado los logros de la revolución, todo en nombre de un esquivo ideal como lo fue la solidaridad internacional. Y en un sentido moral, cuestiona si un hombre tiene derecho a abandonar a su familia, a fin de marchar a una guerra del otro lado del mar para defender a la población de un país cuya existencia ignoraba hasta hace pocos meses.

La novela de Suárez gira en torno a uno de los acontecimientos más extraños de la historia de América Latina: la intervención militar cubana en Angola

Porque la novela trata sobre la partida y muerte del padre de Ernesto en la guerra, cuando este último apenas tiene doce años. Desde entonces, Ernesto se convierte en el hijo del héroe, y toda su vida girará en torno a ese honor en forma de orfandad, que repercutirá en una personalidad indecisa y frágil. Así, la infancia y la adolescencia de Ernesto transcurren en la Cuba de los años ochenta, cuando la revolución seguía siendo un sueño pero también un logro, como lo muestra la vida escolar y universitaria del protagonista, en la que si bien hay carencias, también hay una vida cultural riquísima y mucha alegría y diversión, interrumpidas cuando los jóvenes tienen que marchar a un campamento a cortar caña o cuando algún comisario del Partido los llama al orden. Más tarde, Ernesto parte de la isla junto con su esposa, una peruana con nacionalidad alemana, y es en su exilio europeo donde empezará a reflexionar con obsesión sobre su pasado, al grado que, sin querer confesárselo del todo, investigará qué fue lo que le sucedió a su padre en esa guerra africana de la que ya bien entrado el siglo XXI nadie tiene ganas de acordarse.

El hijo del heroe de Karla SuárezFoto: Especial

La novela está narrada por Ernesto en primera persona, y esa voz —al principio nostálgica y pusilánime, después reflexiva y entusiasta— es uno de sus logros. Suárez construye con total verosimilitud un personaje masculino que le sirve también para reflexionar sobre cómo el machismo puede arruinar la vida de todos: de Ernesto, a quien su abuela le prohíbe llorar, de su padre, quien marcha a la guerra porque cree en ella, pero también por temor a ser tachado de cobarde.

Y si el personaje resulta logrado, lo mismo sucede con la trama, armada con una astucia bien enmascarada por su aparente sencillez. Suárez aprovecha recursos de la novela de guerra, la de archivo, la de formación, la de exilio, la histórica y la policiaca para construir una novela que coquetea con todos estos géneros, pero cuyo resultado es más que la simple suma de ellos. No es casual que cada capítulo lleve el título de una obra clásica de la literatura, y no sólo porque Suárez dialogue con ellas de una forma no siempre irónica, sino también porque la narración de Ernesto puede leerse como la reivindicación de la vida sobre lo dado y lo impuesto o, lo que es lo mismo, como la reivindicación de la literatura sobre la historia. Construida a tres bandas, la narración salta de La Habana a Angola y de Angola a Lisboa con completa naturalidad, de la misma forma en que se alternan el pasado que se evoca, el presente desde el que se cuenta y el futuro hacia el que se proyectan los acontecimientos. Por último, el final es sorpresivo y a la vez abierto, cuando Ernesto deja de considerarse una víctima de la historia para tomar las riendas de su propia vida, lo que, de paso, hace que la novela resulte más intimista que histórica.

Carlos Manuel Álvarez (Matanzas, 1989).Foto: periodicocubano.com

TANTO POR SU ESTILO como por su densidad, Los caídos, de Carlos Manuel Álvarez (Sexto Piso, Madrid, 2018), es la más distinta de las tres. Mientras que las novelas de Padura y Suárez abarcan cuarenta años y medio mundo, la de Álvarez se concentra en un periodo de unos cuantos meses en una localidad costeña sin nombre. También contrasta el estilo: eficaz y evocativo en Padura y Suárez, el de Álvarez es tenso, en consonancia con la familia a la que retrata, con una frase a veces minimalista y a veces desbordada. Dicha familia en principio parece completamente normal: está formada por un matrimonio, una hija y un hijo, cuyos días transcurren sin sobresaltos hasta que la madre empieza a tener ataques epilépticos. Sin embargo, sabemos que en la literatura —esa realidad condensada y llevada al límite— no hay familias normales, y lo insólito de ésta radica en que el padre, en la Cuba del siglo XXI, todavía cree fervientemente en la revolución. El planteamiento podría haber derivado en una sátira, dadas las situaciones absurdas que enfrenta un utopista convencido de que ya habita en la utopía. Sin embargo, Álvarez decidió emplear el patetismo en una novela realista y cruel, en la que la única forma de llevar una vida pasadera dentro de la revolución cubana es traicionándola a diario en pequeñas dosis, a lo que se niega Armando, el padre de la familia, quien se considera algo así como el Che Guevara de la burocracia hotelera cubana.

En un país donde todas las familias encuentran la forma de no enviar a sus hijos al servicio militar, Armando obliga al suyo a cumplir su deber con la patria. En una burocracia en la que se sobreentiende que los pequeños robos están permitidos para sobrevivir, Armando se niega a cometer la más mínima infracción; en una sociedad que hace del humor la única vía de escape para el asfixiante ambiente político, Armando golpea a su hijo cuando éste osa hacer un chiste sobre la revolución; en un sistema económico que fomenta la ilegalidad como forma de supervivencia, la hija de Armando tiene que renunciar a la universidad para trabajar en un hotel y obtener un ridículo salario oficial.

Los caídos de Carlos Manuel ÁlvarezFoto: Especial

Por supuesto, el sistema no puede permitir la existencia de alguien que crea en él y aplica los mecanismos diseñados para desecharlo, extraídos de un manual redactado por un Kafka especialmente retorcido. De esta manera, cuando Armando, ante la evidencia de que forman parte de una célula corrupta, se niega a emplear a dos recomendados del Partido en el hotel playero que dirige, es acusado por el Partido de dirigir una célula corrupta, con la prueba de haberse negado a emplear a los dos recomendados. En un sistema viciado, uno será culpable de haber cometido el delito que impidió, a lo que se suma la máxima kafkiana de que se es culpable por haber sido condenado, y no a la inversa.

Nadie mejor que Álvarez para escribir sobre el autoritarismo cubano, aún amenazante, pero a estas alturas más bien grotesco y torpe. Él mismo también es director de la revista digital El Estornudo que, sobre todo mediante la crónica, le ha dado voz a una generación cubana que imagina, frente a las ruinas que dejó el ya lejano siglo XX, un futuro para habitar sin la obligación de encarnar ninguna bandera, lejos de la consigna pero también del eslogan. Junto con otros activistas del Movimiento San Isidro, Álvarez fue detenido y hostigado por las autoridades cubanas al declararse en huelga de hambre para exigir la liberación del rapero Denis Solís, quien al momento de su arresto cometió la afrenta de sostener un cartel con la leyenda “Pueblo de Cuba, decide tu futuro”.

Las tres novelas, de hecho, parecen encarnar el mensaje de Solís en sus protagonistas o bien mostrar su pertinencia. Aunque aún muy limitado, es de esperarse que se abra un nuevo espacio de libertad en la isla, el cual ya se respira en la literatura. Y si al principio de este texto afirmaba que ya nadie se acuerda de la literatura cubana, quizás eso significa que ha llegado el momento de releerla, ya sin las pasiones partidistas de la historia. Ojalá que Cuba vuelva a ponerse de moda, pero no por su protagonismo político, el cual por fin se convirtió en lo que siempre debió ser: un elemento más de la cultura cubana, pero de ninguna forma el único y ni siquiera el más importante.

Es momento de que la literatura latinoamericana retome el diálogo con la cubana, pues el continente no puede explicarse sin la isla y, sobre todo, porque los sueños y las pesadillas que de ella emanan y que en ella se contienen son en buena medida también los nuestros.