El vuelo de la bolsa de plástico

Fetiches ordinarios

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Belleza americana, Sam Mendes, 1999.Fuente: marketingdirecto.com
Por:
  • Luigi Amara

Si entre los restos del naufragio hubiera llegado a los pies de Robinson Crusoe una bolsa de plástico, no habría sabido qué hacer con ella. Muy lejos de todo como para salir de compras, apartado de la idea misma de basura como para anudarla por las noches en su pulcro envoltorio, acaso la habría confundido con una variedad desconcertante de medusa. Tras convencerse de que no está sujeta a la descomposición, quizá cortaría su base y se la pondría de camisa durante los días de lluvia; quizá la utilizaría para poner a buen resguardo los libros que se salvaron del desastre y que no tuvo ocasión de elegir para la isla desierta. Me temo que tarde o temprano habría leído en ella un mensaje de muerte y asfixia.

Si aquella célebre historia de supervivencia solitaria y silencio sobrehumano tuviera lugar hoy, más que una bolsa de plástico lo que se asomaría a la orilla sería la isla gigante de basura que flota en el Océano Pacífico: ese remolino tóxico, esa mancha deletérea y paradójicamente insondable, hecha de partículas de polietileno y jirones de polímeros, tan extendida que alcanza las proporciones de un país entero. Avistada desde las alturas desiertas, esa gran masa de detritos, ese auténtico continente artificial, se tomaría tal vez por una manada de ballenas mutantes o por una flota de barcos fantasma, antes que por lo que en realidad es: los restos del naufragio de la civilización.

LA BOLSA DE PLÁSTICO hizo su aparición masiva apenas en los años setenta, de modo que ha necesitado menos de cincuenta años para transformar el paisaje del planeta y alterar, quizás para siempre, nuestros hábitos cotidianos. Variedad etérea del costal, bisnieta desechable del odre, sofisticación invertebrada de la canasta, la bolsa de plástico se antoja el invento perfecto para la manía demasiado humana de trasladar objetos de un lado para otro. Es ligera, dócil e impermeable, y puede sostener un promedio de doce kilos. Sucedáneo adelgazado de la maleta, en ella podemos transportar casi cualquier cosa, desde artículos perecederos hasta restos humanos, y no falta quien le dé nueva vida incluso como cajón, guardando en ella la ropa fuera de temporada, las cartas de los amores marchitos, los cachivaches que no califican —o al menos no todavía— como basura. Una de sus funciones primordiales es la de contener otras bolsas de plástico.

A diferencia de las cajas chinas, la bolsa de las bolsas no alberga promesa alguna ni depara el vértigo de las muñecas rusas, pero se ha vuelto un pilar de los hogares contemporáneos. Concebida para una existencia cada vez más portátil, la bolsa cae fácilmente en la tentación de alojarse a sí misma, en una suerte de iteración marsupial o monumento a la promesa de disponibilidad. Hay quien ha aprendido a doblarlas pacientemente en forma de moño o quien las arruga y revuelve como si no merecieran la menor consideración. La bolsa de plástico encarna, como quizá ningún otro producto, la poética de lo efímero, la economía política de la insaciabilidad, de allí que deba compensar su destino desechable con un arsenal de repuesto que brota directamente de sus entrañas. Quizá porque en apariencia no desembolsamos ni un céntimo para adquirirla, la bolsa de plástico produce la ilusión de ser un recurso renovable; como si completara el acto de magia de lo sintético, es el pañuelo que hace aparecer de la nada otro pañuelo y otro y otro. Incluso en el esquema del reciclaje, su costo de producción es alto; aunque juega a lo imponderable, se vende por kilo.

Así como las asas de una bolsa invitan a sujetarlas y darles la mano, en una especie de pacto con el consumismo, su liviandad transmite liviandad y uno se descubre en el desplante de ir tirando bolsas a diestra y siniestra, como si se evaporaran en el aire.

La bolsa de plástico encarna, como ningún otro producto, la poética de lo efímero, la economía de la insaciabilidad

Por la forma que tiene de hincharse y de restregarnos su irresponsabilidad de un único uso, se ha ganado el odio y, a últimas fechas, también la persecución y la condena. ¿Que haya nuevos modelos que se asimilen a la composta es una razón más para dejarla en cualquier lado, repleta de desperdicios?

DE SU ENGAÑOSA insustancialidad deriva su relación compleja con la basura: después de batallar un rato en desprender sus hojas, luego de recurrir a medidas desesperadas para abrirla (la escena que más se repite en las cajas de los supermercados, aun en tiempos de Covid, es ensalivar los dedos ante su desafío), la bolsa por fin respira, se infla con una sacudida y, de golpe, se diría que ha cambiado de estatus ontológico. Receptiva y dispuesta a adoptar la forma de aquello que acogerá, es ya también la piel de lo que se convertirá en residuo, la epidermis de lo que se consume y se consuma.

A pesar de que, desde el pleistoceno hasta hace medio siglo, el Homo Sapiens se las ha arreglado muy bien sin ellas, las bolsas de plástico se han vuelto artículos de primera necesidad, sin las cuales no sabríamos cómo lidiar con los víveres ni con sus desechos. Incluso en ciudades en las que están prohibidas proliferan como si nada: en la caja de cartón o en la bolsa de tela de la compra asoman el queso o los limones arropados en sus fundas contaminantes. Por un malentendido que tiene algo de superstición aséptica y otro tanto de rito del capital, la adquisición de un producto no parece completarse si no va envuelto en una película translúcida, protegida tras un himen sin secretos. El plástico es el símbolo de lo nuevo y si no podemos arrancar el retractilado es como si debiéramos conformarnos con una mercancía de segunda mano.

Tal vez porque llegamos al mundo suspendidos en una placenta, la muerte nos espera en forma de bolsa de plástico. El ciclo se cerrará cuando nuestros despojos sean llevados en un receptáculo en el que otra vez pendamos y dependamos de los demás. El ataúd o la urna podrán ser nuestra última morada; para el traslado de nuestro cadáver se dispondrá, como no podía ser de otra manera en el imperio de lo desechable, de una bolsa negra.

MIENTRAS ESCRIBO sobre la vida y la muerte en asociación con la bolsa de plástico, veo una y otra vez la escena del vuelo de una bolsa en Belleza americana de Sam Mendes (1999). El viento la eleva y la estruja, la arrastra por el suelo y la hace bailar, la retuerce y la arremolina junto a las hojas secas del otoño. Alan Ball, guionista de la película, se empeñó en incluir esa escena hipnótica grabada en video como un ejemplo de la irrupción “de lo milagroso en lo mundano”. A pesar de que una bolsa tardará en degradarse aproximadamente cuatrocientos años, su vuelo también representa la melancolía del vacío y la danza de lo efímero. Según las estimaciones más recientes, el uso promedio de una bolsa de plástico apenas rebasa los diez minutos.