Jueves 24.09.2020 - 00:03

Zen Bradbury en dos tiempos

Este sábado 22 de agosto se cumple un siglo del nacimiento de Ray Bradbury. Pese a las restricciones impuestas por la emergencia sanitaria, infinidad de mesas redondas, conferencias y publicaciones lo celebran alrededor del mundo, así como al universo narrativo que construyó a partir de alusiones míticas, que refieren tanto a la historia y la literatura como a su trayecto personal. Su obra no tiene fronteras y puede leerse a cualquier edad (no sólo por especialistas). La vena popular impulsó su aventura imaginaria, no exenta de advertencias para la especie humana, ante los desafíos de su destino. Un corpus que permite múltiples abordajes y puntos de vista, como lo muestran estas páginas de El Cultural.

Ray Bradbury
Ray Bradbury (1920-2012).Fuente: twitter.com
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Mil novecientos veinte fue un año prodigioso. La maldición del Covid-19 nos ha impedido festejar como se debe todos los centenarios que se cumplen ahora. De todos ellos, el de Ray Bradbury es especialmente entrañable para el gran público lector.

Nacido en el pueblito de Waukegan, Illinois, el 22 de agosto de hace un siglo, Ray Douglas Bradbury se enamoraría desde muy niño del cine y los cómics, dos formas de arte aún jóvenes entonces. Un poco más grande descubriría el amor por los libros, enganchándose para el resto de su vida con el vicio de la lectura, acaso el único que vale la pena promover.

Su familia, de origen modesto, se mudó a Los Ángeles cuando Ray era adolescente. Desde ese momento se enamoró de la ciudad, que jamás abandonó. Ahí estudiaría hasta terminar la high school. Ya para ese momento era un ávido lector. Ante la imposibilidad de inscribirse en la universidad, Bradbury visitó durante varios años la Biblioteca Pública de Los Ángeles, donde completó su formación.

FASCINADO CON LOS SERIALES de aventuras del cine y las tiras cómicas de los periódicos, Ray se aficionó a las revistas de crimen y misterio pulp, llamadas así por el papel corriente en el que se imprimían, al que los impresores llamaban pulp. Eran revistas populares dirigidas al gran público en esa era previa a la televisión, donde el cine y la radio eran medios dominantes. Pronto, el joven Ray empezaría a escribir y mandar cuentos a ese circuito editorial. En pocos años se volvió un autor habitual de ese tipo de revistas y comenzó a vivir el sueño de convertirse en un escritor profesional. El ritmo de publicación en las revistas, hoy desaparecidas, lo dotó de una férrea disciplina creativa que habría de conservar el resto de su vida.

Si bien comenzó publicando cuentos policiacos, fue en las revistas de fantasía y ciencia ficción donde habría de encontrar su espacio natural. Así, Bradbury se insertó, acaso sin saberlo, en la tradición del cuento norteamericano iniciada por Edgar Allan Poe y continuada por Ambrose Bierce y H. P. Lovecraft. Se trata de la narrativa del asombro, comúnmente aderezada con elementos fantásticos o estrambóticos. Quizá el último heredero de tal estirpe sea Stephen King.

Con excepción de Bierce, todos estos autores sufrieron el ser incluidos dentro de los subgéneros del terror, la ciencia ficción o el policiaco. Bradbury lamentaría toda su vida haber sido catalogado con la etiqueta de escritor de ciencia ficción. Pero ese hecho no le impidió ejercer su grafomanía compulsivamente, fructificando en cientos de cuentos cortos a los que se añadieron un puñado de novelas, guiones de cine, poemas y dramaturgia.

La capacidad de conciliar la alta cultura con la popular le ganó un lugar privilegiado en el corazón de los lectores, que devendría en un nicho inmortal. De su vasta bibliografía, destaco un título peculiar que, curiosamente, no es una obra narrativa.

Bradbury

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En 1990 el mito de Ray Bradbury estaba consolidado, sus libros fundamentales se habían convertidos en clásicos contemporáneos, dentro y fuera de la literatura fantástica: Fahrenheit 451, Crónicas marcianas y El hombre ilustrado. Otros, menos conocidos pero tanto o más potentes, abultaban ya su bibliografía: El vino del estío, La feria de las tinieblas, Las doradas manzanas del sol, El país de octubre y El árbol de las brujas, entre otros. Y eso sin hablar de su relación con la pantalla y los cómics.

Consciente de ser ya una leyenda, Bradbury decidió en el otoño de su carrera reflexionar sobre el oficio del escritor, tema que le obsesionaría toda su vida, quizá por el hecho de ser autodidacta a partir de la high school.1

Durante unos veinticinco años, el tío Ray publicó aquí y allá una serie de artículos sobre la creación, la importancia de la lectura y las bibliotecas, la disciplina del oficio; habrían de compilarse con cierta cohesión bajo el sonoro título Zen en el arte de escribir. Al tratarse de textos escritos a lo largo de cinco lustros, el volumen resulta ante la mirada rigurosa un poco irregular.

Las menos de 150 páginas parecen embutidas con calzador entre las dos tapas. Inclusive se anexan unos poemas, espantosamente traducidos en la edición de Minotauro de 1994, que de ser fieles a los originales son la irónica evidencia de que la sensibilidad poética de sus historias no se traduce en su obra lírica. Pero en medio de la paja brillan varias agujas de oro. Entre un par de esbozos autobiográficos, una entrevista promocional para una cinta hoy olvidada y los horrendos poemas, asoman un par de textos brillantes sobre el oficio de escribir.

En ambos textos se habla de la importancia de la repetición casi mecánica.Bradbury aboga por una constancia monástica en el ejercicio de la escritura 

NO SE TRATA DE UN MANUAL de escritura creativa. Para ello uno debe remitirse a Mientras escribo, el espléndido volumen de Stephen King,2 heredero de Bradbury en más de un sentido. Zen en el arte de escribir es, ante todo, una declaración de principios. El título alude al libro Zen en el arte de la arquería (1948), del alemán Eugen Herrigel, autor que explora la iluminación interior que permite a tiradores vendados acertar en una diana. El homenaje no es frívolo, como se verá a continuación.

En ambos textos se habla de la importancia de la repetición casi mecánica. Bradbury aboga por una constancia monástica en el ejercicio de la escritura. Propone a sus lectores escribir unas mil palabras diarias durante las jornadas laborales. En medio de la cantidad, razona el autor, obligadamente asomará la calidad. Del mismo modo que el atleta practica durante kilómetros para correr cien metros, el narrador, sea hombre o mujer, debe arrancar al teclado centenares de malas páginas antes de que siquiera aparezcan las primeras frases publicables.

Se debe escribir un cuento, un capítulo de novela o un acto teatral cada semana, aconseja el autor, y sugiere no caer en tentaciones de dinero o fama literaria que, señala, distraen al escritor de aquello que en verdad importa: narrar una historia. “¿Cuál es la mayor recompensa para un escritor?”, pregunta. “¿No es que un día alguien se le abalance, con la cara estallando de franqueza y los ojos ardientes de admiración, y exclame: ¡Su último cuento era buenísimo, realmente maravilloso!?”.

Junto con la persistencia monástica, el autor comparte una extravagante peculiaridad: sobre su máquina de escribir pegó un letrero que decía en tinta roja: No pienses. Bradbury echa mano del inconsciente y también de la libre asociación de ideas. Incluso propone elaborar listas de palabras escritas automáticamente, sin reflexión, para después construir historias a partir de ellas. “Hace años aprendí que entre más pensaba, empeoraba mi trabajo. Todos creen que debes ir por el mundo pensando todo el tiempo. No, yo voy por ahí sintiendo y escribiendo, sintiendo de nuevo y escribiendo y reflexionando sobre ello al final del día. Pensar viene después”, escribió en su novela La muerte es un asunto solitario (1985). El protagonista, un joven escritor que habla en primera persona, alter ego del autor, resuelve un crimen utilizando exactamente ese mismo método intuitivo.

AL FINAL VIENE la corrección. “A los amigos que escriben siempre he intentado enseñarles que hay dos artes: primero, terminar una cosa; el segundo gran arte es aprender a cortarla sin matarla ni dejarle heridas [...] Tomar el escalpelo y cortar al paciente sin matarlo es un reto intelectual”, apunta.

Trabajo, Relajación y No pensar son los conceptos que resumen su método de trabajo, aunado a un severo ritmo de trabajo que le exigía escribir el primer borrador de un cuento el lunes, pulirlo durante la semana y remitirlo a algún editor el sábado, sólo para pasar el domingo buscando alguna idea para empezar el ciclo de nuevo.

Llega el momento, dice, en que al saber escribir a máquina los dedos se sueltan automáticamente, derramando sobre el teclado un torrente de palabras. Si este método es útil o no, corresponde juzgarlo a los lectores; sin duda es una delicia leerlo. Quizá exista un método de escritura distinto para cada escritor o escritora. Zen en el arte de escribir se revela a treinta años de su publicación como un bello legado en el ocaso de la vida de su autor; a cien años de su nacimiento sigue resultando pertinente.

Muy pocos tienen la generosidad de compartir sus secretos profesionales. Muchos menos pueden hacerlo con la elegancia poética y el asombro lúdico de Bradbury.

¡Gracias, tío Ray!

Notas

1 Dato curioso: Bradbury fue compañero de generación y amigo de toda la vida de su tocayo Ray Harrihausen, mago de los efectos especiales del cine y maestro de la técnica de animación llamada stop motion.

2 He descubierto que mucha gente que detesta al viejo Stephen nunca lo ha leído y lo único que sabe de él es que no le gusta.