Clásico del cine nacional

50 años de México, México ra, ra, rá: La corrupción seguimos siendo todos

La película de Gustavo Alatriste es una narrativa salvaje y desgarradora de la otra cara del “desarrollo estabilizador” del PRI; es parte de la “otra Época de Oro”

Héctor Suárez y Manuel Flaco Ibáñez en la cinta.
Héctor Suárez y Manuel Flaco Ibáñez en la cinta. Foto: Especial

La primera mitad de los años setenta podría considerarse una suerte de “otra época de oro”, no sólo por el importante surgimiento de cineastas que se alejaban de los estándares del ya moribundo “cine de oro” tradicional, sino también por la gran cantidad de películas que recibieron apoyo institucional. Muchas de ellas son hoy clásicos imprescindibles de la cinematografía nacional, gracias a la variedad de temas que abordaban en historias donde la censura rara vez intervenía. Curiosamente, estas obras navegaban en un océano de libertad argumental, presentando en su mayoría un discurso anti-gubernamental que perduró durante todo ese sexenio: el de Luis Echeverría, el cerebro detrás de la matanza de Tlatelolco en 1968, como se ha confirmado con el paso de los años en muchos documentos.

Esta nueva época dorada del cine mexicano se debió a dos factores clave. Por un lado, a la creación por parte del Estado de la Corporación Nacional Cinematográfica (Conacine) y de la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica (Canacine). Por otro, a la creación del Banco Nacional Cinematográfico, la institución estatal especializada en financiar cintas mexicanas mediante créditos, dirigida por Rodolfo Echeverría desde 1970. Con la llegada de su hermano a la Presidencia, se consolidaron los planes de desarrollo fílmico mexicanos.

Casi para cerrar este momentum del cine mexicano de los setenta —del que hablaremos en otro texto con mayor profundidad—, surge una película, cuyo argumento oscila entre la denuncia y la justificación (conocido popularmente como “golpe y sobada”), con culpables y víctimas atrapados en un círculo sin fin, llamada México, México, ra-ra-rá de Gustavo Alatriste.

Imagen promocional de la película de 1976.
Imagen promocional de la película de 1976. ı Foto: Especial

SI EL PUEBLO INSISTE EN NO APRENDER. Dirigida por Gustavo Alatriste, con un guion propio apoyado por Fernando Cesarman y Héctor Suárez, la película se estrenó el 4 de febrero de 1976 en las desaparecidas salas de cine Kubrick, Bergman, Buñuel, Chaplin, Godard, López Velarde y Ferreri 1. Tuvo una corrida comercial de ¡8 meses ininterrumpidos! sólo en el Distrito Federal.

Aunque su duración supera las dos horas (137 minutos), la cinta se va hilvanando con un elemento común que cierra y abre las historias, sin un solo momento de pausa o disolvencia entre las diferentes situaciones que se despliegan ante el espectador. De hecho, la secuencia inicial nos recuerda sutilmente a Mondo Cane (1962) de Cavara, Jacopetti y Prosperi, al mostrar sin filtros la podredumbre del tejido social en el personaje de Librado, interpretado magistralmente por un pletórico Héctor Suárez que agrede verbal y físicamente todo lo que representa un avance que él, por ladino y perezoso, no consigue, regodeándose en la auto-conmiseración, la mentira y la justificación ante la imagen de autoridad que representa su estoica esposa, madre de sus catorce hijos y receptora de todo familiar o vecino que pide posada. Al llegar la noche, todos se hacinan en un reducido espacio, formando una escena —tomada desde arriba— donde los cuerpos se confunden entre la promiscuidad, la suciedad y, nuevamente, la justificación de que su situación se debe a la pobreza y la mala suerte.

A partir de este momento, la película adopta una narrativa salvaje y desgarradora, tratando de abarcar todos los escenarios sociopolíticos posibles para mostrar la otra cara del “desarrollo estabilizador” que el PRI mantenía en su momento más álgido, luego de la masacre del 68 y del “halconazo” del 71.

Y EL GOBIERNO INSISTE, A SU VEZ, EN NO USAR LOS MEDIOS CON QUE CUENTA. Alatriste no da descanso al espectador luego de la historia inicial, ya que ésta se une de forma natural con la siguiente, donde se denuncia la corrupción en el aparato de justicia. Dos policías que arrestan a una mujer reciben una propuesta de ella: sexo a cambio de su libertad. Al estar embarazada, uno de ellos le pide que consiga a una amiga, o la remiten al Ministerio Público. Esta escena deja claro que la corrupción nace de ambos lados y será una constante en las demás historias que se van entrelazando. Así, surgen personajes de contraste entre las clases preponderantes de la sociedad mexicana, mezclándose de manera fluida para perjuicio mutuo.

De este modo, el director nos presenta casos, además de evidente corrupción a todos los niveles, de irresponsabilidad, machismo, lambisconería, burocracia, drogadicción, abuso de poder, censura mediática, populismo, conservadurismo, infidelidad, falta de ética, violencia sistemática contra la mujer, manipulación, chantaje, miedo al comunismo, crímenes de Estado, falta de libertad de expresión, resistencia al cambio vanguardista, opacidad institucional, represión a la oposición y, en síntesis, todas las aristas que muestran un Estado fallido y una sociedad que aprovecha esos vacíos para comportarse de forma irresponsable, abusiva y oportunista con quien se deje.

Sin embargo, la película no llega a ser un documento plenamente crítico, ya que sutilmente justifica, desde el discurso, la labor del Estado, recargando la culpa de todos esos males en una sociedad que “requiere ser educada” y respetuosa de las leyes para salir del hoyo en que se ha metido. No sólo no condena la corrupción de raíz, sino que muestra cómo los personajes se valen de ella para salir adelante a costa de sus congéneres. Es decir, la culpa no es sólo del Gobierno, sino de todos los mexicanos que solapamos y usamos la corrupción como un vehículo personal de desarrollo, irónicamente, “estabilizador”.

MÉXICO SEGUIRÁ SIENDO MÉXICO… MÉXICO… RA-RA-RÁ. Pero, pese a esta ambigüedad en el mensaje, la realidad es que es una película que atrapa desde la primera secuencia y no suelta la atención hasta el final. Éste se resume en un discurso paternalista y regañón, expuesto por Jorge Russek, para cerrar la cinta, y que se repite de inmediato en los créditos finales. El resultado es una película con una frescura que no ha perdido ni un cuadro de su fortaleza para demostrar que, dolorosamente, seguimos regresando al mismo sitio del que supuestamente habíamos salido.

Para cerrar con orgullo, el reparto está repleto de actrices y actores que se consolidarían, al igual que directores y guionistas de esa camada de la “otra Época de Oro”. Ellos dieron voz y figura a un cine nacional que aprovechó el impulso creativo generado por los apoyos y coproducciones de esa primera mitad de la gloriosa cinematografía de los 70 en México.