En Guadalajara, Jalisco
Edgar Ramírez desmonta de golpe una idea muy repetida sobre el éxito artístico. “En el arte no hay progresión. Si la hubiera, Hamlet se habría escrito veinte veces y Don Quijote quinientas”, lanza el actor venezolano en entrevista con La Razón, durante su visita al Festival Internacional de Cine en Guadalajara, donde fue homenajeado con el Premio Mayahuel por su trayectoria.
“No estoy seguro de merecer esto, pero lo agradezco profundamente”, dice. “Es la primera vez que recibo un premio así y eso lo vuelve muy especial por el contexto en el que sucede”.
- El Dato: Edgar Ramírez ha interpretado a múltiples figuras reales, desde el diseñador Gianni Versace hasta el boxeador Mano de Piedra Durán.
Lejos de asumirse como figura consolidada, Ramírez se piensa todavía en tránsito. Su historia, insiste, no comenzó en un set de filmación. “Yo no soy un actor formado. Yo era periodista, me especialicé en comunicación política y tenía una carrera cuando decidí cambiar de rumbo”, recuerda. “Tenía 26 años. Fue un salto al vacío absoluto”.
Ese punto de quiebre tuvo un detonante claro: el guionista mexicano Guillermo Arriaga. “Fue él quien me vio en un cortometraje y me dijo que lo intentara. A partir de ahí todo fue poner un pie delante del otro”, relata. “Por eso digo que todo lo que ha pasado ha sido ganancia pura, porque nada de esto estaba planificado”.
Esa ausencia de certezas define su manera de entender el oficio. Para Ramírez, el arte no responde a una lógica de progreso ni acumulación. Incluso cuestiona la idea de aprendizaje estructurado dentro del cine. “Me parece curioso cuando hablamos de master class. No hay ninguna clase maestra. Lo único que hay es intercambio de experiencias, porque cada proceso es distinto”, sostiene.
- 34 proyectos conforman su filmografía
En ese terreno incierto, el actor encuentra también una de las mayores exigencias: la vulnerabilidad. “Trabajar con tus emociones es un riesgo. El actor está en un lugar muy expuesto y necesita confianza, necesita un director que sepa hacia dónde va, pero que también te deje crear”, explica. “Es una línea muy delgada entre guiar y soltar”.
La conversación inevitablemente deriva hacia la política, un eje constante en su vida y en su filmografía. Ramírez no evade la discusión. “Todo arte es político. Toda manifestación humana lo es, y en América Latina eso es inevitable porque nuestras vidas están atravesadas por lo público”, afirma.
Sin embargo, marca una distancia clara con el cine de discurso explícito. “Las películas de propaganda me aburren. No me interesan. El cine no tiene que decirle al espectador qué pensar”, señala. “A mí me interesa más interrogar la realidad, intentar entender al otro, incluso cuando no comparto sus decisiones”.
Ese interés por la complejidad lo ha llevado a interpretar personajes marcados por conflictos ideológicos. “Hay decisiones humanas que son difíciles de comprender, pero el cine te permite acercarte a ellas, incomodarte”, dice.
Sobre el reconocimiento recibido en Guadalajara, insiste en que lo vive con asombro. “Es algo que no me había sucedido antes. Venir en calidad de homenajeado es una experiencia que me sobrepasa un poco”, admite.
Actualmente, el actor prepara el estreno de Next Life, película que presentará en el Festival de Tribeca junto a Emilia Clarke. “Es una historia de amor muy bella entre dos músicos de la escena underground de jazz en Londres”, adelanta.
A la par, celebra su vínculo con Aún es de noche en Caracas, una producción que conecta con la realidad venezolana desde una mirada íntima. “Son historias que sientes necesarias y por las que vale la pena hacer el esfuerzo”, afirma.
Lejos de hablar de metas alcanzadas, Ramírez regresa siempre a la idea del movimiento: “Aquí seguimos”.