Estrena Fatherland en Cannes

Paweł Pawlikowski: El cine es político, pero no debe ser propaganda

Después de presentar la cinta con la que aspira a la Palma de Oro, el realizador comparte con La Razón por qué llevó a Thomas Mann al filme; refleja colapso de ciertos sistemas de valores

EL REALIZADOR polaco, el sábado pasado en el Festival de Cine de Cannes, en Francia Foto: AP

En Cannes, Francia

Después de estrenar en el Festival de Cine de Cannes el primer avance de la cinta Fatherland, el director polaco Paweł Pawlikowski recibió a La Razón para hablar de esta película en la que recrea desde la ficción el viaje que el escritor Thomas Mann y su hija Erika hicieron en el año 1949 a Alemania tras la Segunda Guerra Mundial.

El realizador, quien es uno de los aspirantes a la Palma de Oro de esta edición del máximo encuentro fílmico, comparte qué paralelismos ve en la época actual y el desmoronamiento que percibe en Europa, además, reflexiona sobre el papel del séptimo arte: “El cine inevitablemente es político. Pero eso no significa que deba convertirse en propaganda”.

Se podría decir que esta es un filme para nuestro tiempo. ¿Qué buscaba expresar al hacerlo? Sí. Sentía una necesidad muy fuerte de contar esta historia y mostrar este mundo. Siempre intento hacer películas sobre algo que realmente me obsesiona. Ésta, en particular, nació de cosas que tenía muy presentes en la mente: la situación del mundo, el colapso de ciertos sistemas de valores y la búsqueda de otros nuevos. También habla de intentar ser honesto con quien eres y con lo que representas, para luego descubrir que quizá eso ya no tiene demasiada relevancia en el mundo actual. Aun así, queda la esperanza. Y, por supuesto, también habla del envejecimiento. Uno empieza a sentir que ciertas cosas se escapan, que ya no entiende del todo lo que sucede, pero sigue adelante.

  • El Dato: CON LA LLEGADA de Adolf Hitler al poder, el escritor Thomas Mann se exilió durante 16 años en Estados Unidos y volvió hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

La película también aborda la desintegración de la familia en Occidente. Aunque se centra en una familia muy específica, sentía que ese mundo era lo suficientemente distante para darle forma estética y dramática, pero al mismo tiempo lo bastante cercano como para resonar con el presente.

Parece muy deliberada la elección de este momento histórico de Thomas Mann, casi como si dialogara con el libro La montaña mágica: un mundo que se derrumba mientras otro aún no termina de definirse. Todo comenzó cuando unos productores me enviaron una biografía de Thomas Mann y me preguntaron si quería hacer una biopic o incluso una serie de televisión. Les dije que no. Pero al leer el libro, hubo algo que me atrapó: ese momento específico de 1949, cuando vuelve a Europa y luego a Alemania por primera vez después del exilio. Empecé a investigar muchísimo sobre esa visita: leí otras biografías, reportajes, testimonios, incluso textos del chofer que condujo a Mann durante el viaje. Poco a poco me fui sumergiendo en ese instante histórico y decidí que no quería hacer una reconstrucción literal de la familia Mann.

Quería una historia autónoma, viva, universal. Por eso cambié hechos históricos, eliminé personajes, añadí otros, condensé situaciones. Todo se mezcló para construir algo nuevo. No tiene que ver estrictamente con la biografía ni con la fidelidad histórica. Es una ficción libre construida a partir de elementos reales.

  • 7 filmes ha dirigido Pawlikowski, entre estos, Guerra Fría

¿Por qué era importante reunir en la película a las dos Alemanias? Thomas Mann intentaba evitar que Alemania quedara dividida únicamente por líneas ideológicas. Él creía profundamente en la cultura alemana y en la tradición humanista del siglo XIX como una posible vía para reconciliar ambos lados. También era bastante abierto respecto a ciertas ideas socialistas. Veía el proyecto de Alemania del Este con cierta esperanza, aunque comprendía sus contradicciones. Intentaba mantenerse por encima de todo, mirar desde una perspectiva “olímpica”, distante, casi como un narrador omnisciente. Su verdadero hogar era el lenguaje y la literatura. Por eso el exilio fue menos trágico para él que para Klaus o Erika. Su patria era la lengua alemana.

¿Por qué vuelve constantemente a la Europa de la posguerra? Porque crecí bajo la atmósfera de la Guerra Fría. Aunque no viví la posguerra directamente, ese mundo formó mi imaginación. Me atrae porque era un tiempo analógico, más físico, donde la experiencia todavía tenía peso. Hoy vivimos rodeados de información, pero muchas veces desconectados de la realidad concreta.

Como Thomas Mann, también usted dejó su país y vivió en el extranjero durante muchos años. ¿Siente que esta cinta también habla de usted? No conscientemente, pero siempre me atraen historias sobre el exilio. Es un tema central en mi vida. Thomas Mann era un hombre completamente formado cuando abandonó Alemania. En mi caso fue distinto. Pero sí comparto esa sensación de no saber exactamente dónde está el hogar. Y hoy mucha gente vive esa experiencia: no sólo perder físicamente un país, sino sentir que pierde su cultura, su idioma compartido, sus referencias. Es una experiencia profundamente dolorosa.

  • 10 millones de euros fue el presupuesto del largometraje

¿Siente que la película también habla del presente y de nuestra incapacidad para dialogar políticamente? Absolutamente. Hoy las discusiones públicas funcionan como dos burbujas que chocan constantemente sin producir ninguna luz. Mucho ruido y poca claridad. Internet y la cultura digital hacen que todo el mundo tenga opiniones sobre absolutamente todo. Las personas viven encerradas en pequeñas cámaras ideológicas. Incluso cuando uno busca información sobre un tema, el algoritmo inmediatamente decide de qué lado estás y te inunda con una sola narrativa. Haber vivido en distintos países me permitió ver cómo las narrativas cambian radicalmente dependiendo del lugar y del momento histórico. La película intenta expresar precisamente eso: que la historia es complicada, que las personas son contradictorias y que nada es tan simple como parece.

El filme parece rechazar los discursos simplistas. Sí. Hoy uno entra a una exposición o escucha ciertos discursos culturales y todo se reduce a consignas: “esto es malo”, “esto es patriarcal”, “esto es opresión”. Está bien, ya lo entendimos. Pero eso no genera aire fresco ni más claridad. El arte debería abrir puertas, no cerrarlas. Debería obligarnos a mirarnos a nosotros mismos y aceptar la complejidad humana.

¿Cree que hoy se les exige demasiado a los artistas expresar opiniones políticas directas? Hoy en los festivales constantemente les preguntan a los directores qué opinan sobre Israel, Ucrania o cualquier conflicto del momento. Pero yo intento hacer películas que sean más grandes que la noticia del día. Creo que el arte debe describir la complejidad de una situación con honestidad, no limitarse a repetir consignas.

Una montaña mágica fílmica

| Por Anne Hoyt |

En Cannes, Francia

AUNQUE no alude directamente a la trama de La montaña mágica, la nueva película de Paweł Pawlikowski logra replicar la misma sensación de inquietud suspendida: la impresión de vivir —literal y espiritualmente— al borde del abismo. En la novela de Thomas Mann, el sanatorio en los Alpes suizos servía como una metáfora de la fatal intersección de cultura, política y sociedad que desembocaría en la Primera Guerra Mundial. Fatherland traslada esa atmósfera a 1949, cuando Alemania ya no se encuentra al borde del desastre, sino entre sus ruinas. La guerra ha terminado, pero las fracturas ideológicas que devastaron Europa han cristalizado en un nuevo orden bipolar.

El protagonista del filme es Thomas Mann (Hanns Zischler). Pawlikowski elige una anécdota real para definir al Premio Nobel de Literatura. Exiliado desde 193, a sus 68 años regresa a Alemania para recibir el premio Goethe. Acompañado por su hija y asistente Erika (Sandra Hüller), viaja a Frankfurt en la parte Occidental, donde es celebrado como una gloria nacional.

Pawlikowski captura la desesperanza que se respira en ambos lados de la frontera. Junto con Mann descubrimos imágenes desoladoras de las ruinas de una ciudad bombardeada. El color sepia contribuye a que Frankfurt parezca aún más fantasmal, pero la fotografía en el acostumbrado blanco y negro del director funciona para mostrar los interiores del lado soviético. Las paredes frías, la simetría perfecta y las grandes columnas de mármol han sustituido a las del convento en Ida (2013) para albergar una nueva forma de religión que produce fanáticos de convicciones férreas que no permiten la menor fisura. Mann no cree que Estados Unidos, país del que ya es ciudadano, tenga la respuesta a los dilemas del momento, pero menos que la solución esté en el totalitarismo comunista.

  • El Tip: Su largometraje Ida (2013) fue la primera obra polaca en ganar el premio Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa.
LOS PROTAGONISTAS de la película. ı Foto: Especial

Fatherland observa el nacimiento de la Guerra Fría como si se tratara de una enfermedad espiritual que continúa contaminando el presente. Nuevamente parecemos postrados como los pacientes del Berghof, expuestos a fuerzas ajenas a nuestro control. Nos encontramos nuevamente en una era convulsionada en la que se baten a muerte ideologías extremas. El desplazamiento geográfico es un periodo de formación moral y filosófica; un bildungsroman, ya no del joven Hans Castorp (alter ego de Mann en La montaña mágica), sino del escritor consagrado.

La cinta es el ejemplo perfecto de lo que toda biopic debería arriesgarse a ser: una apuesta personal a alguna arista del personaje, en algún momento específico de su vida que sirva para definir el todo. Pawlikowski no intenta resumir la vida de Mann, sino capturar un instante que resuma sus contradicciones. El gran humanista que permanece impasible ante la noticia de la muerte de uno de sus seres más queridos. El padre amoroso que, sin embargo, no entiende el dolor de su propia hija.

Fatherland es, en muchos sentidos, un entreacto. No sólo por su corta duración (apenas 82 minutos), sino porque está suspendida en el tiempo. Nos remonta a ese portento, a esa pausa de expectación cargada de angustia en la que se encuentran los pacientes del Berghof en La montaña mágica, quienes se saben a expensas de circunstancias que los rebasan. Funciona más bien como un ensayo cinematográfico sobre el agotamiento espiritual de Europa.

La película encuentra uno de sus momentos más reveladores cuando Mann rechaza apoyar el resurgimiento del festival de Bayreuth y afirma que el mismo teatro wagneriano debería ser reducido a escombros. La escena no sólo remite al problema de Wagner y el nazismo, sino al dilema central de Fatherland: ¿puede sobrevivir la cultura a la barbarie? La alusión a Wagner también nos lleva indirectamente al tema de la música y del arte en general.


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