En Cannes, Francia
AUNQUE no alude directamente a la trama de La montaña mágica, la nueva película de Paweł Pawlikowski logra replicar la misma sensación de inquietud suspendida: la impresión de vivir —literal y espiritualmente— al borde del abismo. En la novela de Thomas Mann, el sanatorio en los Alpes suizos servía como una metáfora de la fatal intersección de cultura, política y sociedad que desembocaría en la Primera Guerra Mundial. Fatherland traslada esa atmósfera a 1949, cuando Alemania ya no se encuentra al borde del desastre, sino entre sus ruinas. La guerra ha terminado, pero las fracturas ideológicas que devastaron Europa han cristalizado en un nuevo orden bipolar.
El protagonista del filme es Thomas Mann (Hanns Zischler). Pawlikowski elige una anécdota real para definir al Premio Nobel de Literatura. Exiliado desde 193, a sus 68 años regresa a Alemania para recibir el premio Goethe. Acompañado por su hija y asistente Erika (Sandra Hüller), viaja a Frankfurt en la parte Occidental, donde es celebrado como una gloria nacional.
Pawlikowski captura la desesperanza que se respira en ambos lados de la frontera. Junto con Mann descubrimos imágenes desoladoras de las ruinas de una ciudad bombardeada. El color sepia contribuye a que Frankfurt parezca aún más fantasmal, pero la fotografía en el acostumbrado blanco y negro del director funciona para mostrar los interiores del lado soviético. Las paredes frías, la simetría perfecta y las grandes columnas de mármol han sustituido a las del convento en Ida (2013) para albergar una nueva forma de religión que produce fanáticos de convicciones férreas que no permiten la menor fisura. Mann no cree que Estados Unidos, país del que ya es ciudadano, tenga la respuesta a los dilemas del momento, pero menos que la solución esté en el totalitarismo comunista.
- El Tip: Su largometraje Ida (2013) fue la primera obra polaca en ganar el premio Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa.
Fatherland observa el nacimiento de la Guerra Fría como si se tratara de una enfermedad espiritual que continúa contaminando el presente. Nuevamente parecemos postrados como los pacientes del Berghof, expuestos a fuerzas ajenas a nuestro control. Nos encontramos nuevamente en una era convulsionada en la que se baten a muerte ideologías extremas. El desplazamiento geográfico es un periodo de formación moral y filosófica; un bildungsroman, ya no del joven Hans Castorp (alter ego de Mann en La montaña mágica), sino del escritor consagrado.
La cinta es el ejemplo perfecto de lo que toda biopic debería arriesgarse a ser: una apuesta personal a alguna arista del personaje, en algún momento específico de su vida que sirva para definir el todo. Pawlikowski no intenta resumir la vida de Mann, sino capturar un instante que resuma sus contradicciones. El gran humanista que permanece impasible ante la noticia de la muerte de uno de sus seres más queridos. El padre amoroso que, sin embargo, no entiende el dolor de su propia hija.
Fatherland es, en muchos sentidos, un entreacto. No sólo por su corta duración (apenas 82 minutos), sino porque está suspendida en el tiempo. Nos remonta a ese portento, a esa pausa de expectación cargada de angustia en la que se encuentran los pacientes del Berghof en La montaña mágica, quienes se saben a expensas de circunstancias que los rebasan. Funciona más bien como un ensayo cinematográfico sobre el agotamiento espiritual de Europa.
La película encuentra uno de sus momentos más reveladores cuando Mann rechaza apoyar el resurgimiento del festival de Bayreuth y afirma que el mismo teatro wagneriano debería ser reducido a escombros. La escena no sólo remite al problema de Wagner y el nazismo, sino al dilema central de Fatherland: ¿puede sobrevivir la cultura a la barbarie? La alusión a Wagner también nos lleva indirectamente al tema de la música y del arte en general.
