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El progresismo como inquisición moderna: Fjord

El director Cristian Mungiu retrata el asedio de las divergencias de la moral en turno bajo el manto de “servicios sociales”; presenta a una familia religiosa perseguida por el Estado

RENATE REINSVE, Cristian Mungiu y Sebastian Stan, de Fjord, en Cannes
RENATE REINSVE, Cristian Mungiu y Sebastian Stan, de Fjord, en Cannes Foto: Reuters

En Cannes, Francia

Este año, varios filmes presentados en el Festival de Cannes utilizan la localización geográfica como esencia de sus argumentos, convirtiendo el lugar donde se desarrollan en un personaje más. El locus no sólo enmarca la trama, sino la explica. Aunque coincidan en espacio y tiempo, las historias de estas películas se revelan como ecos del pasado. Es decir, están desfasadas de su momento histórico. En ninguna esto es tan evidente como en Fjord, del rumano Cristian Mungiu.

Las espectaculares vistas aéreas del fiordo donde se asienta el poblado, en el extremo sur de Noruega, donde se ubica la trama, no hacen sino acentuar la impresión de frío aislamiento; de que nos encontramos en los confines del mundo; casi al borde del precipicio. Esta sensación replica los extremos del paisaje moral de los protagonistas. La rígida racionalidad con la que se aplican las leyes progresistas del Estado secular nórdico probará ser tan fanática —o más— que la religiosidad de los migrantes rumanos que se asientan ahí.

  • El Dato: La película se presentó el lunes en el Festival de Cannes como parte de la Sección Oficial a Competición de la edición 79 y recibió 12 minutos de aplausos.

Mihai Gheorghiu (Sebastian Stan), un ingeniero rumano, ha aceptado un trabajo en la pequeña localidad a pesar de estar sobrecalificado porque ahí vive la madre de su esposa. Lisbet (Renate Reinsve) es noruega y tener ayuda de la abuela se vuelve indispensable, dado que además de sus cuatro hijos púberos y adolescentes, acaban de tener un bebé.

La comunidad los recibe haciendo alarde de su mente abierta y simpatía a la migración. La familia intenta integrarse, pero su extrema religiosidad hace que los chicos sean vistos con cierto recelo por sus compañeros de escuela. Los padres no les dejan tener celular ni usar el Internet. En cambio, tienen lecturas diarias de la Biblia. Fuera de eso, los Gheorghiu se comportan como ciudadanos modelo y terminan por ser aceptados por todos.

Hasta que un día en la escuela, Frida (Lisa Loven Kongsli), una trabajadora social, nota que Elia (Vanessa Ceban), la hija adolescente del matrimonio tiene unos moretones en el cuello. Sus prejuicios contra el fanatismo religioso que tanto sufrimiento causó en el pasado, la llevan a sospechar inmediatamente que los hijos podrían ser castigados a golpes por la estricta educación del rumano.

Frida comparte sus inquietudes con una de las maestras que tampoco duda en llegar a las mismas conclusiones de Frida. Con celo fanático, las empleadas corren la voz de alarma entre los directivos de la institución, quienes “se ven obligados” a informar a las autoridades. Pronto, la policía y el aparato judicial y familiar del Estado persiguen a los padres como si fueran criminales. La cacería de brujas que se desata contra los Gheorghiu se parece demasiado al que en el pasado padecían sociedades bajo el yugo de la Iglesia —y que cineastas como Ingmar Bergman, otro nórdico, capturara tan bien en su obra.

  • El Tip: Cristian Mungiu ganó la Palma de Oro de Cannes en 2007 por su cinta 4 Meses, 3 semanas y 2 días.

En Fjord, Mungiu equipara el progresismo a ultranza como una forma diferente de fanatismo, donde la racional aplicación de las leyes se torna en una persecución a cualquier forma de divergencia de la moral en turno. Al mismo tiempo, sugiere que parte de la imposición de valores oculta un sentimiento de superioridad moral, comparado con países menos “avanzados”. Son tolerantes, siempre y cuando los valores coincidan con su progresismo certificado.

Es importante decir que, en conferencia de prensa, Mungiu aseguró que se inspiró para Fjord en casos reales que llevaba siguiendo en la prensa noruega. La persecución del Estado bajo el manto de “servicios sociales”, no es un invento suyo. Sin embargo, aplaudió el hecho de que, ante las críticas, el gobierno de Oslo ha revertido en el último par de años las prácticas extremas de su política de protección a la infancia. Además, agregó, por lo menos países como Noruega permiten la crítica y, muchos otros, como su natal Rumania en tiempos del comunismo, impedirían cualquier intento de protesta, y mucho menos, habría una rectificación.


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