Dedicado con apandado
cariño a José Antonio Valdés
El 5 de agosto de 1976 se estrena en los cines Dolores del Río, Tlalpan, Galaxia, París, Plaza Satélite 70, Tlalnepantla, Soledad, Virgo, Las Américas, Tepeyac, Variedades y Villa Coapa la segunda parte de lo que sería conocida, con el paso del tiempo, como la “Trilogía de la Violencia” —o “la Trilogía Alarma”, como tuvo a bien puntualizar mi querido amigo y colega Javier Quintanar—, llamada El apando (1976), de Felipe Cazals, que tuvo la extraordinaria corrida comercial de 18 semanas en cartelera.

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NADIEN; ESTE PLURAL TRISTE. Basada en la obra homónima del imbatible escritor de la auténtica izquierda mexicana, José Revueltas, Felipe Cazals decide que ésta sería su siguiente obra después de Canoa, incluida en el sistema de coproducción de “paquete” creado por los trabajadores del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (STPC) y Rodolfo Echeverría, como director del Banco Cinematográfico.
- El Dato: Este filme representó a México en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián en 1976, pero se le negó la oportunidad de ser galardonada por ser considerada repulsiva.
Dado que diez años antes el director y Revueltas vendieron los derechos de comercialización audiovisual de El apando a Gustavo Alatriste, Cazals recibe la ayuda de Rodolfo para recuperar esos derechos y poder realizarla sin trabas legales; cosa que se logra con éxito, pero abriendo otra dificultad, que era la adaptación de tan cruda obra. Debido a que el trabajo de guionista de Revueltas no era del agrado de Cazals, éste se vio en la necesidad de encontrar a otro que la adaptara, dando como resultado a otro escritor que también estuvo preso en Lecumberri y que conocía la obra de Revueltas a la perfección: José Agustín.
Revueltas estuvo de acuerdo, permitiendo que el autor —que pertenecería más adelante al movimiento de “la onda”— plasmara algunas libertades que aportaron de forma impecable la adaptación a la pantalla, permitiendo a Cazals no dejar nada fuera de la esencia de la misma y sí llevar en imágenes lo que las palabras de Revueltas describían. Agustín aportó todas las escenas fuera de Lecumberri, con lo que la película crece exponencialmente, facilitando a Felipe Cazals dar un contexto más complejo a los personajes.
- 83 minutos tiene de duración la cinta de Felipe Cazals
CALLA TRISTEZA. Inicialmente, la película comenzó a filmarse en la aún activa cárcel de Lecumberri y sus alrededores, previo permiso del entonces regente del Distrito Federal, Octavio Sentíes, a quien le fue entregado un oficio donde se le informó que se iba a filmar un documental “didáctico sobre el sistema penal” —la misma trampa de falsa descripción que se utilizó para engañar al cura de Santa Rita Tlahuapan y poder filmar Canoa en ese pueblo—, pero debido al ambiente no controlado de la misma, las cosas no salieron como se tenía planeado, por lo que se tuvo que dejar el escenario realista para trasladarse a los Estudios Churubusco y reproducir lo mejor posible los entornos sórdidos y lúgubres del propio apando y de las crujías, además de los uniformes e infinidad de detalles de presos y celadores por igual.
Y aun cuando esto parecería un contratiempo, se transformó en que la narrativa de la película se centraría no sólo en Lecumberri como un actor más, sino en la crudeza de los diálogos y el salvajismo de las actuaciones de Salvador Sánchez, Manuel Ojeda, Delia Casanova, María Rojo y, por supuesto, José Carlos Ruiz como protagonistas; pero también resaltan las actuaciones de Álvaro Carcaño como el alcaide, de la siempre confiable Ana Ofelia Murguía como la celadora que hace revisión a las visitantes mujeres, un exquisito Tomás Pérez Turrent como el preso que se la pasa comiendo y la inigualable y NO actriz Luz Cortázar como la sempiterna mamá del Carajo.
- El Tip: Luz cortázar, quien interpretó a la madre del Carajo en la película, era en realidad vendedora en una yerbería.
PARECE QUE AÚN NO TE TERMINO DE PARIR. La afortunada fotografía de Alex Phillips Jr., que sacó la casta frente a las adversidades de los escenarios hechos como mejor se permitió el ingenio de Salvador Lozano y Carlos Granjean, para acoplarlos con la luz y que no se viera el cartón ni el yeso; y, por supuesto, la bestial escena final, coreografiada por Hernando Name, donde se desató el infierno, saliendo lastimados más de uno, incluyendo los actores, y que sirvió como catarsis de María y Delia, que habían sufrido una real agresión sexual mientras filmaban la escena de la valla, al ir a los apandos a ver a Polonio y Albino, en manos de los reales presos que hacían la valla.
Fue entonces cuando el propio director Felipe Cazals las llamó aparte y les dijo: “Ustedes juéguensela en serio”, por lo que ambas actrices arañan, muerden, golpean y tiran patadas a los testículos con toda naturalidad, sorprendiendo a los dobles de riesgo que interpretaban a los celadores y que no se lo esperaban.
Todo da como resultado una secuencia de brutal realismo donde todo termina con el salvaje grito de Polonio y la alta traición del Carajo, cuando llega arrastrándose para decirle al guardia que dejen de golpearlo y que la droga la trae su mamá “metida en las verijas”.
TODO EL MUNDO LE TIENE MIEDO A LA CÁRCEL. El apando es una película por la que el tiempo no pasa, y no solamente porque visualmente no ha envejecido un solo cuadro, sino porque narrativamente sigue tan fresca como hace 50 años.
Esto debido a que, en primer lugar, los personajes de Albino y Polonio están encarcelados por drogadictos, no por ser presos políticos, como hubiera sido normal dada la época en que se escribió y posteriormente filmó, lo que la vuelve una historia atemporal; incluso el detestable personaje del Carajo no tiene tiempo, por ser un ente sin moral, sin arrepentimientos ni apego a nada que no sea poder estar completamente drogado.
En segundo lugar, es el siempre latente miedo a ser privado de la libertad; de caer en prisión con razón o, lo más aterrador, siendo realmente inocente.
Y, por último, a que no hay gobierno —y menos ahora— cuya rampante corrupción no sea el motor de todo lo que ocurre dentro, afuera o alrededor de los actuales Centros de Readaptación (SIC) Social; orgullosos herederos del Palacio Negro de Lecumberri.
Ahí radica la fortaleza y desgarradora frescura de El apando: en ser una película que entra directamente a nuestros miedos hechos realidad en pantalla, donde lo peor que nos puede pasar está ahí, a la vista de todo espectador que ve pasar toda la miseria, la violencia sin fin y la vida sórdida dentro de las cárceles, donde no existe la readaptación social, sino la supervivencia, no sólo del más fuerte, sino del que más tiene para continuar viviendo.
Y en eso, tanto Revueltas como Cazals crearon una obra que ha echado raíces en la psique del mexicano desde hace 50 años y que seguirá haciéndolo entre las nuevas generaciones que la descubren, epistolar o visualmente.

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