El Festival Hipnosis siempre tiene algo. Lo habían dado por muerto. Y el cambio de venue causó un poco de desconfianza. Sin embargo, no es tan fácil matar lo vivo. Y en su edición 2026 ha vuelto a levantar la mano. Y contra todo pronóstico, continúa en la pelea.
Llega el sábado y una pregunta late en el aire. ¿Quién está en el Hipnosis? ¿Quién no quiere estar en el Hipnosis? Y la oferta roquera que uno cree ahogada se refresca.
Y aquí viene el Hipnosis con una atracción 5 estrellas. The Wine Lips, unos canadienses que nadie peló, o bueno, unos cuantos, con su espectacular debut. Y llegaron a arrasar. En la carpa del rayito a las seis de la tarde lucía vacío, con la banda haciendo sound check in situ, nada fuera de lo normal para una asunto de festivales. Lo anormal es que la gente no supiera que The Wine Lips estuvieran por primera vez en México. Pero nada más alejado de la verdad, pero en cuanto la banda enchufó los amplis, la gente se volcó y empezó la turbulencia.
Mitad acid rock, mitad garage y con dos guitarras que hablan entre sí como si fueran un partido de ping pong de los que juega Martin Supreme, la banda se apodera de la tarde-noche. Y no exagero al decir que es una de las atracciones de la noche. Y la mejor banda joven del evento.
Los canadienses, con su look de sureños borrachos, mostachos y cachuchas rednecks, pusieron a todo mundo a bailar y en medio de la fiesta surgió un slam. Para después levantar una pared de sonidos que dialoga con Aurora Evans, la baterista. De una personalidad que rompe con el look de camionero de los otros integrantes. Y así, con semejantes madrazas, empezó esta nueva edición del Hipnosis.
Una de las dudas más imperantes, era saber si el Hipnosis podría sostener esa atmósfera de cordialidad que lo había caracterizado en ediciones anteriores. Y esa magia que siempre ha ostentado, no sólo continuaba intacta, sino que se refrendó con Kim Gordon. No se sabe si obedece al clima; la noche era benévola, o a que siempre acude gente que, antes que otra cosa, quiere escuchar música.
Pero el temperamento del festival era el de cientos de amantes de la música a la busca de la experiencia total. Y no se sabe si la conseguimos, pero muchos estuvimos cerca.
Con el hotel boutique detrás del escenario Hipnosis, como una escenografía disparatada de todo lo que representa la ciudad. Ese noise, ese ruido al que estamos hermanados. Kim Gordon, de la cadencia al trap al minimal, justo como obedece a los ruidos de esta ciudad.
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cehr

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