TRES DÉCADAS atrás, en 1996, el japonés Satoshi Tajiri y Nintendo hicieron realidad un videojuego inspirado en su infancia en el que cualquier persona pudiera capturar pequeñas criaturas —como él hacía con insectos— y guardarlas en un artefacto de bolsillo.
De esa sencilla idea nació Pokémon, una franquicia que hoy domina la cultura popular y es la marca de entretenimiento más valiosa del mundo, con un valor estimado de 288 mil millones de dólares, por encima de gigantes como Star Wars y Marvel juntos.
Su impacto va mucho más allá de lo económico: a lo largo de los años, la franquicia ha demostrado una capacidad excepcional para leer el mercado y adaptarse a nuevas formas de consumo. Desde el popular fenómeno global de la realidad aumentada con Pokémon GO hasta la reciente inauguración del PokéPark Kanto en Tokio, la marca ha logrado trascender la pantalla para integrarse en la vida cotidiana de millones de personas.
También ha construido un ecosistema donde cada producto alimenta al otro y fortalece su universo narrativo, estableciendo un estándar que hoy replican franquicias contemporáneas.
En el corazón de su permanencia está la nostalgia. Con más de mil criaturas en su catálogo, Pokémon ha tejido un vínculo que conecta a distintas generaciones, demostrando que su verdadero poder reside en su capacidad de evolucionar junto con su público

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