Un mapa de desigualdad definió el acceso a alimentos en México. Un total de 599 municipios no contaron con ningún tipo de mercado o tianguis local para abastecer a su población; esta cifra representó 23.8 por ciento del territorio nacional y afectó a siete millones 652 mil personas, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) correspondientes a 2024. Este panorama evidenció una carencia estructural en el acceso a los puntos de abasto básicos.
Dichos números se vincularon con la dificultad para conseguir alimentos sanos, frescos y a precios accesibles cerca del hogar para casi cuatro de cada 10 mexicanos. En el país sólo se registraron tres mil 238 mercados, 95 centrales de abasto y nueve mil 630 tianguis hasta hace dos años, una infraestructura que resultó insuficiente frente a la demanda nacional.
- El Dato: Con el aumento al salario mínimo a 315 pesos diarios autorizado a partir del 1 de enero de 2026, el Gobierno prevé que alcance más para alimentos de la canasta básica.
Monclova, en Coahuila, se ubicó como el municipio con mayor población sin ninguno de estos servicios instalados en su territorio. La ausencia de opciones cercanas elevó los costos de los productos, ya que amplió la cadena de intermediarios necesaria para que los insumos llegarán a los hogares.
En la misma condición se encuentra el municipio de El Marqués, en Querétaro, que, pese a formar parte de la zona metropolitana, no contó con tianguis registrados ni entregó información sobre mercados locales dentro de su territorio.
Otro caso relevante surgió en Cuajimalpa de Morelos, en la Ciudad de México, donde más de 200 mil habitantes quedaron sin registro de mercados o tianguis en la base oficial del Censo de Servicios Públicos. Esta alcaldía se mantuvo como la única demarcación de la capital sin reportar ningún servicio público entre 2022 y 2024.
Algunas demarcaciones figuraron sin datos dentro de los reportes oficiales debido a una situación administrativa, legal o territorial, en la que algunos mercados o tianguis aparecieron en otras demarcaciones o con otros giros comerciales.
Juan Carlos Anaya, especialista en mercados agrícolas, explicó en entrevista en Al Mediodía con Solórzano que “el margen de comercialización de productor al consumidor se paga 3.2 veces más por toda la cadena de intermediación que existe”. Añadió que este proceso “tiene su lógica porque hay que pagar fletes, mermas, almacenaje, pero hay márgenes muy altos que impactan al consumidor”.
El especialista explicó que a medida que aumentó la distancia entre los alimentos y los hogares, los costos se incrementaron de forma considerable. Incluso sin intermediarios adicionales, el gasto en transporte para acudir a puntos de venta lejanos a las comunidades afectó de manera directa el ingreso familiar.
Un kilo de jitomate puede llegar a costar hasta ocho veces su precio inicial sólo por su traslado a verdulerías ubicadas en colonias o municipios sin otros canales de distribución comunitaria o mayorista.
María Hernández, vecina de la periferia de Ecatepec, relató que cada semana debía destinar parte de su ingreso sólo para trasladarse a un punto de abasto: “Aquí no hay mercado ni tianguis, para hacer el súper tengo que tomar dos combis y gasto hasta 20 pesos sólo en el pasaje. A veces ya no alcanza para comprar toda la fruta o verdura que necesito”.
Destacó que el trayecto representó un desgaste físico, sobre todo cuando acudió con sus hijos: “No siempre puedo ir seguido, entonces compro para varios días. Eso hace que la comida ya no esté tan fresca. Si hubiera un tianguis cerca, sería distinto, compraría más seguido y mejor”.
La proporción de comunidades con pocas alternativas de abasto ascendió a 47 por ciento si se consideraron únicamente aquellas sin mercado fijo, mientras que 37.6 por ciento careció de acceso a tianguis o bazares semifijos para realizar compras.
Ana Sofía Martínez, nutrióloga y experta en comorbilidades, explicó que la falta de acceso cercano a mercados o tianguis impacta directamente en los hábitos alimenticios de la población: “Cuando una familia no tiene opciones próximas para comprar alimentos frescos, prioriza lo disponible y lo económico. Eso casi siempre deriva en el consumo de productos ultra procesados, con alto contenido de sodio, azúcares y grasas”.
A su juicio, esta dinámica no responde a una decisión individual, sino a una limitación estructural que condiciona la dieta diaria de las personas. Desde su experiencia clínica, la especialista observó un patrón constante en pacientes con menores opciones de compra.
“He atendido mucha gente que sabe qué debe comer, pero no pueden sostenerlo porque el tiempo o el presupuesto no lo permite. Si ir al mercado implica gastar en transporte, ese dinero se resta del presupuesto para alimentos y, entonces, se eligen opciones más baratas, aunque sean menos saludables”, dijo.
La especialista advirtió que el problema tiene implicaciones a largo plazo en la salud pública: “Estamos frente a un entorno que favorece dietas deficientes. No se trata sólo de calorías, sino de calidad. Si no se corrige el acceso al abasto de alimentos, veremos más casos de obesidad, diabetes e hipertensión en zonas donde, paradójicamente, la gente no necesariamente come más, sino peor”.