A pocos kilómetros de donde miles de aficionados celebraban la fiesta del futbol, Abraham observaba la larga fila de camiones detenidos sobre la autopista México-Cuernavaca. De 22 años y estudiante en la Normal Rural de Ayotzinapa, vestía una camiseta negra con el número 43 estampado al frente. En sus pies llevaba unos tenis de una marca famosa, aunque admitió entre risas que eran una versión pirata. Para él, el lujo y los reflectores del Mundial parecen pertenecer a otro país.
“Nosotros también queremos ser parte del Mundial, queremos que nos escuchen y que dejen de deslegitimizar el movimiento. No nos financia ningún partido; se volvieron como lo que decían que iban a destruir”, dijo, mientras permanecía varado junto con otros estudiantes y padres y madres de los 43 normalistas desaparecidos en Iguala, Guerrero.
- El Dato: La Comisión Nacional de los Derechos Humanos llamó a que sea respetada la garantía de la protesta pacífica de los normalistas de Ayotzinapa y de las madres y padres de los 43.
La escena contrastó con la imagen que México busca proyectar al mundo. Dentro de los estadios, la atención está puesta en el espectáculo deportivo, mientras que en la entrada sur de la capital, decenas de jóvenes reclamaban que el caso no desaparezca de la conversación pública.
Abraham perdió interés por el futbol “desde que se hizo un negocio tan grande. Nos quitaron la pelota a los de abajo”.
El estudiante miró hacia los autobuses detenidos. Eran 12 unidades en las que viajaban normalistas con la intención de ingresar a la Ciudad de México, para pegar carteles sobre la desaparición de sus compañeros. Sin embargo, el trayecto se detuvo en la caseta de Tlalpan.
Las autoridades federales y capitalinas desplegaron un operativo para revisar los vehículos. De acuerdo con la versión oficial, la medida tenía como propósito garantizar la seguridad de los propios estudiantes y de la población en general.
Los normalistas rechazaron la inspección y, como consecuencia, las unidades fueron inmovilizadas.
- 5 horas fue bloqueada la circulación en la México-Cuernavaca
Detrás de los autobuses comenzó a crecer una fila interminable de automóviles. Conductores y pasajeros observaban con incertidumbre el desarrollo de los acontecimientos, mientras decenas de policías formaban un cerco en los alrededores.
Con el paso de las horas llegaron los padres y madres de los 43. Algunos descendieron de vehículos particulares y caminaron por la carretera. Otros aprovecharon espacios entre los carriles para avanzar a pie. Su objetivo era continuar hacia la capital para mantener viva una exigencia que, a más de una década de los hechos ocurridos en Iguala, sigue sin respuesta definitiva.
Entre ellos también había molestia por las acusaciones que recientemente los vincularon con supuestos apoyos políticos. Los familiares rechazaron categóricamente que el senador Manuel Añorve Baños, del PRI, financiara sus movilizaciones y acusaron que esos señalamientos buscan desviar la atención del caso.
Consideraron que se intenta desacreditar un movimiento que, aseguran, se ha sostenido por años con la fuerza de las familias y de los estudiantes.
La tensión aumentaba conforme avanzaba la tarde. Los autobuses permanecían inmóviles y el acceso a la Ciudad de México seguía cerrado para los manifestantes. Del otro lado, cientos de elementos policiacos mantenían el operativo.
Mientras tanto, en las pantallas y transmisiones deportivas continuaban apareciendo imágenes de estadios llenos, cánticos y celebraciones. En la autopista, en cambio, los rostros eran distintos: madres con fotografías colgadas al cuello, jóvenes con mochilas al hombro y pancartas que recordaban un caso que se niega a desaparecer.
Para el normalista, el objetivo es el mismo que hace años. “Lo único que queremos es que nos escuchen”.
En una ciudad que hoy concentra la atención mundial por el futbol, un grupo de estudiantes y familiares intenta recordar que, detrás de la fiesta, todavía hay una herida abierta llamada Ayotzinapa.
Para la doctora Marisol López Menéndez, académica del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana, el Mundial se ha convertido en una plataforma excepcional para que grupos que se perciben abandonados o ignorados encuentren visibilidad pública y coloquen sus demandas en la agenda nacional e internacional.
“Cada vez más grupos sociales encuentran en estos eventos internacionales el único espacio en donde, por necesidad, se les mira”, señaló.
La académica consideró que las movilizaciones convocadas en torno al Mundial no deben entenderse únicamente como acciones dirigidas contra el evento deportivo, sino como una manifestación del desencanto de sectores que no han encontrado respuestas satisfactorias a demandas que, en muchos casos, llevan años sobre la mesa.
Entre ellas mencionó las exigencias de la CNTE respecto a la Ley del ISSSTE de 2007 y las demandas de colectivos de búsqueda ante la crisis de desapariciones que vive el país.
López Menéndez explicó que, cuando las instituciones no ofrecen canales eficaces para atender problemas sociales, las personas suelen recurrir a formas de protesta más visibles para atraer la atención pública.
