Destaca el valor de mujeres en las Fuerzas Armadas

Ana Lilia Chávez, disciplina y altura en la élite paracaidista del Ejército

Como Miembro de la Defensa Nacional afirma que para pertenecer a una corporación especial se deben romper los límites personales y sentir pertenencia; señala que de sus instructoras aprendió técnica, ejemplo y a dar lo mejor de sí

La paracaidista Ana Lilia Chávez habla sobre su profesión en entrevista con La Razón, esta semana.
La paracaidista Ana Lilia Chávez habla sobre su profesión en entrevista con La Razón, esta semana. Foto: Alejandro Galindo|La Razón

Para Ana Lilia Chávez Cruz la carrera castrense abrió una ruta que no pudo encontrar en la vida civil. Estudiar, portar insignias y saltar desde aeronaves forman parte de su trayectoria en uno de los cuerpos especializados del Ejército Mexicano.

Lo que comenzó como una necesidad económica para continuar sus estudios, terminó por convertirse en una vocación dentro de la Brigada de Fusileros Paracaidistas, donde la disciplina marcó su identidad profesional.

  • El Dato: La historia de las mujeres paracaidistas comenzó con María de los Ángeles Contreras Rebollar, quien en mayo de 1975 se convirtió en la primera de las Fuerzas Armadas.

El origen no tuvo épica de cuartel, sino apremio doméstico. Al terminar la preparatoria, quería continuar con una carrera universitaria, pero su familia carecía de recursos. Buscó información en el Campo Militar número 1, puerta 8, donde tres reclutadores le hablaron de artillería, policía castrense y paracaidismo.

La frase que decidió su futuro llegó sin rodeos: “¿Quieres saltar de un avión?”. Ella contestó desde su deseo de niña: “¿Gratis?”.

  • 12 mil 500 a 18 mil pies saltan en caída libre paracaidistas de élite

Su respuesta abrió el camino hacia una unidad donde el cuerpo no alcanza sin carácter: “Yo soy de aquí, yo pertenezco aquí”, enfatiza. Entró con el propósito de crecer, primero para sostener una meta académica y después para abrazar una profesión. A la par de los cursos y servicios militares, concluyó la licenciatura en contaduría pública.

La brigada no sólo le dio uniforme, le impuso una forma de vivir: “No lo veo como trabajo”, dice. Cada jornada incluye pase de lista, funciones, entrenamiento físico y adiestramiento. Carrera, gimnasio, alberca y evaluaciones semanales integran una rutina que mide tiempos, resistencia y repeticiones. Para ella, bajar un minuto en cinco kilómetros también cuenta como victoria personal.

Para una mujer en fuerzas especiales el primer obstáculo no siempre proviene de afuera. Chávez Cruz admite que llegó sin hábito deportivo. Fortalecer piernas, ganar condición y sostener ritmo costó más al principio que imaginar el salto: “Tú misma te pones límites”. Instructoras e instructores la acompañaron en esa etapa con una consigna que marcó su avance: “Si nosotros pudimos, tú también lo puedes hacer”.

Dentro de la Brigada la exigencia no se reduce al valor de lanzarse. El personal debe dominar procedimientos, cuidar equipo, calcular posición y actuar en conjunto. En cinta estática, el salto ocurre a unos mil 500 pies y el paracaídas se abre de manera automática. En caída libre, la altura sube a un rango de 12 mil 500 a 18 mil pies y cada elemento activa su propio sistema.

Frente al aire, no hay gesto individual que quede aislado. La cabo habla de velocidad, peso, overol, ubicación y distancia. Durante el descenso, el grupo puede alcanzar de 120 a 180 kilómetros por hora. Cada integrante debe llegar a su punto sin poner en riesgo la figura ni provocar una colisión “Si yo me equivoco, afecto el trabajo de los demás”, resume.

Con esa lógica de equipo, Chávez Cruz se prepara para el 80 aniversario de la Brigada de Fusileros Paracaidistas. El adiestramiento contempla una formación aérea con el número 80, con la posible participación de 14 paracaidistas. También habrá intercambio de alas internacionales y una figura de 35 elementos en Pie de la Cuesta, Guerrero, con personal extranjero invitado.

Ingresar como mujer a un cuerpo especial le exigió romper la duda propia antes que enfrentar una puerta cerrada: “No tanto por ser mujer”, aclara sobre el esfuerzo inicial. Su impulso surgió de una pregunta íntima: “¿Por qué yo no voy a poder y ellos sí?”. Ahí encontró una respuesta que repite como método: “Si ellos pueden, yo también puedo”.

Junto a esa convicción aparecen nombres que trazaron la ruta. La capitana retirada Elsa, la sargento Andrea Serrat Ulloa y la cabo Esperanza figuran entre sus referentes profesionales. De ellas aprendió técnica, trato, disciplina y ejemplo. Una maestra de salto con cursos, resistencia y liderazgo le dejó una aspiración concreta: “Yo algún día quiero ser como ella”.

Bajo el uniforme, la presencia femenina también cambia las condiciones del adiestramiento. Chávez Cruz explica que las instructoras facilitan la atención de situaciones biológicas durante cursos o prácticas, aunque recalca que el personal masculino de la brigada actúa con profesionalismo. Esa confianza, afirma, evita la timidez y permite concentrarse en el objetivo.

Más allá del paracaidismo, su capacitación incluye medicina táctica, combate cuerpo a cuerpo, montaña, comando e infiltración. También formó parte de la Primera Antigüedad Internacional del curso de Comando. En 2022 y 2025 viajó a Luisiana para entrenar con el Ejército estadounidense. Allí comprobó procedimientos similares y una exigencia adicional por clima, idioma y coordinación.

Ninguno de esos cursos, sostiene, queda sólo como logro personal. Para Chávez Cruz, el adiestramiento de alta demanda busca ampliar capacidades ante tareas de apoyo a la población: “El Ejército nos adiestra y nos capacita para poder ayudarlos en cualquier situación”, detalla. La frase muestra cómo interpreta su carrera dentro de una institución donde el servicio acompaña a la especialización.

Otra parte del perfil cuelga en el pecho. Las insignias nacionales e internacionales resumen cursos, saltos y entrenamiento. Al portarlas, otros elementos identifican capacidades adquiridas. Para ella, esos distintivos funcionan como reconocimiento a una ruta de esfuerzo constante, no como adorno del uniforme.

Quiere quedarse en el aire. Su siguiente meta apunta a la caída libre, área donde desea avanzar hasta ser instructora o maestra de salto en la Brigada de Fusileros Paracaidistas.

“A mí me gustaría seguir especializándome”, afirma Ana Lilia, por lo que no plantea una salida próxima ni un límite voluntario: “Hasta que yo pueda dar todo de mí, lo voy a dar”.

Ya no habla sólo de aquel sueño infantil ni de la pregunta casual que escuchó en una puerta de reclutamiento. Ana Lilia Chávez Cruz cuenta su historia desde una carrera militar que le dio estudios, oficio, cuerpo, carácter y lugar en una unidad especializada en seguridad nacional. Su mensaje hacia otras mujeres es inspirador: “El hecho de ser mujer no nos limita, así como los hombres pueden, nosotras también podemos”.


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