Muy triste ha sido el resultado del quinto partido de la Selección Nacional, ayer, sobre todo cuando le faltó muy poco para alcanzar el sueño. Y aunque hay muchos aspectos para rescatar de esta experiencia —la destacada actuación de los jugadores mexicanos en primer lugar— nos advierten que habrá que hacer varias revisiones en términos de la conducta de la afición, que en la emoción desbordada dejó algunos amargos momentos por la falta de civilidad, incluso por la mala imagen que algunos eufóricos dieron, por ejemplo, con la mala recepción en las calles a las selecciones de Ecuador e Inglaterra. Ahí, nos recuerdan, vimos un país del que nadie puede sentirse orgulloso. Valdrá la pena aceptar la invitación a reflexionar, más que a un refuerzo a nivel deportivo, a una mayor conciencia de celebrar que recuerde la preocupación por el otro y la mejor voluntad para ser los mejores anfitriones. Por lo pronto, como dice Serrat: “el Sol nos dice que llegó el final, por una noche se olvidó que cada uno es cada cual… Vamos bajando la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la fiesta”.
