La Ciudad de México pasó de la euforia al silencio en apenas unos segundos. Durante más de dos horas, cerca de un millón 350 mil personas ocuparon plazas, avenidas y calles para seguir el duelo de la Selección contra Inglaterra en los dieciseisavos de final del Mundial.
Cuando el árbitro marcó el final y el marcador quedó 3-2 a favor de los ingleses, la fiesta terminó de golpe.
Eran las 21:05 horas cuando el silbatazo dejó sin voz al Ángel de la Independencia. Los gritos que durante semanas acompañaron la ilusión mundialista se transformaron en murmullos, lágrimas y miradas perdidas.

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El sueño de ver a México romper la barrera de los octavos de final volvió a quedarse en el camino, como ocurrió en 1998, 2002, 2006, 2010, 2014 y 2018.
“Nos vamos contentos, 3-2 no es fácil, pero por ahí faltó un poquito más”, dijo Jesús, mientras observaba cómo decenas de aficionados comenzaban a retirarse sin ánimo de permanecer un minuto más frente al monumento.
Diez minutos después del partido, el Ángel ya lucía semivacío. Cinco horas antes había sido un mar de camisetas verdes, matracas y banderas. Incluso la intensa lluvia que cayó durante la tarde había sido tomada como una simple anécdota. Al final, para muchos terminó pareciendo un presagio.
En el Zócalo la escena fue similar. Miles de personas siguieron el encuentro desde el Fan Fest instalado frente a Palacio Nacional. Conforme avanzaba el partido, cada llegada de México levantaba a la multitud; cada ataque inglés provocaba silencios cada vez más largos.
Cuando cayó el último gol y terminó el encuentro, hubo quienes no pudieron contener las lágrimas. Otros descargaron su frustración criticando las decisiones del técnico Javier Aguirre.
“La selección recuperó la entrega, pero no entendimos los cambios”, comentaban varios aficionados mientras caminaban hacia las estaciones del Metro. Muchos coincidían en que la salida de Julián Quiñones y Gilberto Mora cambió el rumbo del partido.
En Paseo de la Reforma, donde desde temprano se instalaron miles de seguidores, la celebración también se apagó rápidamente. A pesar del operativo implementado por el Gobierno capitalino, todavía era posible encontrar vendedores que ofrecían cerveza de diferentes marcas entre 50 y 100 pesos cerca del Monumento a la Revolución.
Hasta las 19:00 horas, la Secretaría de Gobierno de la CDMX reportó el decomiso y destrucción de ocho mil 154 latas de cerveza y 463 botellas de bebidas alcohólicas en Paseo de la Reforma; además, se suspendieron nueve estacionamientos utilizados para almacenar bebidas destinadas a la venta clandestina.
Mientras la multitud comenzaba a dispersarse, la jefa de Gobierno, Clara Brugada, informó que el operativo continuaba para garantizar el regreso seguro de los asistentes. “Seguimos con el trabajo para que todas y todos regresen con bien a casa”, publicó en redes sociales.
La salida fue ordenada. No hubo cánticos ni festejos. Sólo conversaciones en voz baja sobre lo que pudo ser. Durante 21 días, una pregunta acompañó a millones de mexicanos en calles, oficinas y redes sociales: “¿Y si sí?”.
La respuesta llegó este domingo, entre el silencio del Ángel, las lágrimas del Zócalo y una ciudad que, una vez más, vio terminar el Mundial con la esperanza intacta de que algún día la historia pueda escribirse diferente.


