Julián Andrade
Hace unas semanas terminó de transmitirse en México la serie televisiva Pablo Escobar, el patrón del mal. Basada en el libro de Alonso Salazar, La parábola de Pablo, la serie producida por Caracol es una muestra de cómo una buena realización puede servir para mostrar uno de los fenómenos criminales más importantes de la historia colombiana y, por sus alcances, de todo el continente.
Tres años demoró la grabación de los 113 capítulos, que tuvieron como protagonista principal a Andrés Parra, quien interpreta al jefe del cártel de Medellín.
En Colombia rompió récord de audiencia y reconocimientos.
El eje principal de la trama, aunque no el único, se refiere, y quizá no podría ser de otra forma, a los asesinatos del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, el candidato liberal Luis Carlos Galán y el periodista Guillermo Cano.
Tres personalidades distintas que percibieron y denunciaron el riesgo que representaba el avance de Escobar en la vida pública colombiana y que pagaron el atrevimiento con su vida.
El caso de Cano, el director de El Espectador, da pistas de cómo se puede complicar la cobertura de temas de riesgo.
El Espectador se convirtió en un referente de la prensa de investigación y del compromiso con valores como el respeto a la legalidad y del papel que pueden jugar los medios de comunicación en la construcción de ciudadanía.
Cano sabía que se estaba arriesgando al denunciar las fechorías de Escobar, pero fue más grande su indignación que su propia seguridad.
No hay nada más peligroso que un narcotraficante antes de ser descubierto, cuando todavía cuenta con una fachada de honorabilidad y de altos contactos económicos y políticos.
Galán, Lara y Cano, cada uno en su ámbito, supieron que se estaban enfrentando a un criminal muy peligroso y dueño de un negocio en crecimiento.
Escobar nunca entendió que existían límites, inclusive para él, quien se consideraba, junto con el papa Juan Pablo II, como una de las personalidades de mayor relevancia en el planeta.
Su mundo, sustentado en la violencia y el dinero, le hizo perder de vista que en la sociedad colombiana existían las reservas de dignidad suficientes para evitar que un criminal controlara, inclusive, el poder político.
Fue escalando una guerra sin futuro y plagada de errores cada vez más graves, logísticos y tácticos.
La muerte de Cano, quien fue asesinado por dos sicarios fuera de las instalaciones del diario en diciembre de 1986, significó un parteaguas para los medios de información, porque entendieron que se enfrentaban a un poder desbocado y que se requería de acuerdos profundos para mantener la libertad de expresión y para continuar con la publicación de historias que dieran cuenta de lo que estaba ocurriendo.
Narrar la historia del narcotráfico es una tarea compleja y se puede caer, con relativa facilidad, en una suerte de apología.
Los productores y guionistas de Pablo Escobar, el patrón del mal, lograron, por el contrario, el efecto de sumergirse en el personaje, con toda su complejidad, pero dejando claro el tamaño del criminal y el sendero de sangre que cubre su biografía.
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