Retrato íntimo

Susana López Aranda

El matrimonio de Thérèse con su acaudalado vecino Bernard Desqueyroux, nada tiene que ver con el amor. Heredera ella misma de una considerable extensión de tierras, el enlace tiene como principal finalidad extender las propiedades familiares.

En la Francia de entre guerras, la vida de una esposa en la campiña de Landes, es simple y rutinaria.

El espíritu inquieto de Thérèse, no encuentra paz ni sosiego, las costumbres y las viejas tradiciones, la abruman y aburren mortalmente; su secreta intención de casarse con Bernard, para ordenar sus pensamientos y poner fin a su intranquilidad con los deberes maritales, resulta un fracaso total. Guardar las apariencias y proteger la honra es lo único que importa a las familias de abolengo, así que no hay muchas salidas para esta mujer atrapada en las redes del tejido social de la época; como el divorcio o la separación ni siquiera pueden considerarse, quizás, tal vez, acaso, un poco de veneno ayudaría…

La discutida novela Thérèse Desqueyroux, del Premio Nobel Francois Mauriac, publicada en 1927, ha sido adaptada dos veces al cine: la primera, en 1962 dirigida por Georges Franju, con Emmanuelle Riva (la extraordinaria actriz de Amour) y esta nueva versión que significó la despedida del veterano Claude Miller (La pequeña ladrona, Garde á vue) tanto del cine como de la vida, pues casi al tiempo de terminarla, murió a los 70 años. Dotado para la dirección de actores y con una especial predilección por los personajes femeninos, Miller realiza en esta su obra póstuma, un retrato particularmente detallado y sensitivo de su protagonista. La observa mientras ella languidece en la insatisfacción y deja atisbar al espectador, en las ensoñaciones e imágenes creadas por su mente, el interior de esta mujer.

Nunca cabalmente explicadas, las acciones de ella, como la tentación del crimen o el desinterés por la maternidad, e incluso el deseo de ocupar vicariamente el lugar de su cuñada y mejor amiga desde la infancia Anne, en la pasión amorosa, componen un retrato de Therese, que está hecho con trazos de profunda infelicidad y desesperanza. Una escena lo resume magistralmente, mientras los pinares de la familia se consumen en el fuego, ella fuma e imagina incluso, que incendia la casa. La oscura intimidad de la protagonista, por elección del director, permanece oculta. Tras padecer la condena del clan familiar y el encierro, en la última parte del relato, Therese es liberada y se queda sola en París. Es ahí que por única vez, la mujer deja que una sonrisa plena le baile en el rostro.

Se trata pues de un producto clásico del cine francés de calidad, que en honor a su realizador, cerró el año pasado, la programación del Festival de Cannes y que por sus cualidades como cine inteligente y bien urdido, merece ser visto y apreciado.

suslopez@hotmail.com

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