Hay muchas maneras de esperar la llegada del año nuevo. Una de ellas es leer poesía en silencio, debajo de las cobijas; otra, es leerla en voz alta, con un grupo de amigos, alrededor de una mesa. Hay un poema de Octavio Paz que se ajusta a la perfección a esta ocasión.
En Árbol adentro (Seix Barral, 1987), el último de sus poemarios, Octavio Paz incluyó un texto que lleva el título de “Primero de enero”. Éste es, en mi opinión, uno de los mejores poemas de ese libro y, quizá, de su último periodo como escritor. El poema está fechado en Cambridge, Mass., el primero de enero de 1975 y fue traducido al inglés por Elizabeth Bishop. El poema comienza con una frase memorable:
Las puertas del año se abren,
Como las del lenguaje,
Hacia lo desconocido.
La analogía entre el año y el lenguaje nos ofrece un manantial de intuiciones. El lenguaje humano, como decía Noam Chomsky, tiene la característica de generar un numero potencialmente infinito de oraciones significativas. Por más oraciones que hayamos escuchado en el pasado, el lenguaje siempre tiene la capacidad de sorprendernos con una nueva. Lo mismo puede decirse del año venidero: por más cosas que hayamos visto en el pasado, el futuro siempre puede depararnos destinos desconocidos, inimaginables.
Paz entonces nos cuenta lo que su esposa le dijo antes de dormir:
Anoche me dijiste:
mañana
habrá que trazar unos signos,
dibujar un paisaje, tejer una trama
sobre la doble página
del papel y del día.
Mañana habrá que inventar,
de nuevo,
la realidad de este mundo.
La analogía que ahora propone Paz, a sugerencia de su mujer, es la que se da entre el año que comienza y la repetición de un conjunto de tareas creativas: escribir, dibujar, tejer. Sin embargo, la idea de que para que el tiempo siga su marcha los seres humanos tenemos que ejecutar ciertos actividades deja abierta una posibilidad espeluznante: ¿qué sucedería si falláramos?
A decir verdad, no depende de nosotros la continuidad de la existencia. El mundo acaba el último instante del 31 de diciembre y se reinventa por sí solo en el momento exacto en el que comienza el primero de enero. ¿Pero que sería de nosotros si el mundo no volviera a nacer? Paz recuerda la ceremonia del fuego nuevo en Tenochtitlán:
Ya tarde abrí los ojos.
Por el segundo de un segundo
sentí lo que el azteca,
acechando
desde el peñón del promontorio,
por las rendijas de los horizontes,
el incierto regreso del tiempo.
El poeta se tranquiliza. Todo sigue igual, como si no hubiera sucedido algo misterioso: la exacta continuidad de la creación.
El tiempo, sin nuestra ayuda,
había puesto,
en un orden idéntico al de ayer,
casas en la calle vacía,
nieve sobre las casas,
silencio sobre la nieve.
Entonces el poeta voltea y ve a su amada dormida. El milagro de la recreación del mundo no sólo involucra a las cosas sino a las personas. La amada duerme como si todavía estuviera en el año anterior, sin darse cuenta de que un nuevo mundo había sido gestado. Dice así Paz:
Tú estabas a mi lado,
aún dormida.
El día te había inventado
pero tú no aceptabas todavía
tu invención en este día.
Quizá tampoco la mía.
Tú estabas en otro día.
El año nuevo le ha dado al poeta el mayor de los dones: la permanencia de la persona amada. Las posibilidades que se abren no sólo son infinitas, también son portentosas. Juntos, el poeta y su mujer, tienen un año entero para vivir una nueva aventura compartida. No saben qué es lo que les depara el destino, pero abrirán la puerta del año nuevo con alegría.
Cuando abras los ojos
caminaremos, de nuevo,
entre las horas y sus invenciones
y al demorarnos en las apariencias
daremos fe del tiempo y su
conjugaciones.
Abriremos las puertas de este día,
entraremos en lo desconocido.
Estimado lector, lo invito a que usted también entre con paso firme en las puertas de lo desconocido. Si se descubre con vida el primero de enero reciba ese regalo con gratitud. No hay palabras para describir la maravilla de la existencia. O mejor dicho, sí las hay, pero para conocerlas tenemos que escuchar a los poetas.
guillermo.hurtado@3.80.3.65
Twitter: @Hurtado2710