La primera, la de una nación que reaccionó entera ante un tuit. Amago de represalia comercial de Donald Trump que no cruzó canales diplomáticos para reestructurar al gobierno mexicano, al miniaturizar Gobernación y agigantar a una súper cancillería que trabaja contra reloj, para evitar que la amenaza regrese, pero que también dispone de un gabinete alterno a sus órdenes.
Rostro de un país que en una semana cambió su discurso de brazos abiertos por el del control migratorio; contención con base en leyes que nunca atendió, con un contingente inédito de fuerzas federales patrullando los 650 kilómetros de frontera sur en condiciones indignas, detenciones de históricos líderes de caravanas que pensarán dos veces antes de volver a lo suyo; congelamiento de cuentas bancarias de entidades particulares sospechosas de traficar con seres humanos, repentina astucia de autoridades para detener camiones (antes invisibles) repletos de migrantes, que pagan entre tres mil y cinco mil dólares por cruce y que pone al descubierto un negocio transnacional de miles de millones de dólares, corrupta derrama entre autoridades y bandas criminales que hoy están bajo asedio oficial.
Médicos sin Fronteras alerta sobre esta nueva política migratoria de México, que hace más vulnerables a quienes pretenden cruzar el país, los expone a una mayor clandestinidad, los orilla a nuevas rutas y por tanto, a nuevas amenazas. Desde Palacio Nacional se anunció que para comprar pasajes de transporte del sur al norte ya es necesario demostrar nacionalidad mexicana como mecanismo de control, que evite que indocumentados suban a autobuses-mula.
El otro rostro de México es el de una nación que le reclama a la ONU su ausencia en discurso y acciones; que convoca a liderazgos de la región centroamericana a asumir juntos acciones de protección a derechos fundamentales de las personas, expulsadas de facto de sus lugares de origen, y un gobierno que opera, a partir de hoy, reuniones de alto nivel en Chiapas para decidir nuevas políticas de inversión y desarrollo; un país que compromete por escrito al poderoso y vanidoso gobierno de Estados Unidos para invertir en la región, para poner dinero en la frontera sur de México que permita construir una frontera física de frente a flujos humanos que la diluyeron desde hace décadas.
Muestra la cara de un país que reacciona sí, pero que privilegia el respeto a los derechos elementales de todo ser que migra, no por gusto sino por necesidad, mientras apela al control y no a la represión; a la contención humanitaria, que se apega a las mejores prácticas en materia de refugio global, aunque ello le demande inversiones nunca realizadas para poder cumplirle a su propia historia. Y todo sin querer llegar al estatus de tercer país seguro que, tarde o temprano, demandará Estados Unidos.
Dos caras de nuestro país coexistiendo ante circunstancias inéditas en la región. Desafío mayúsculo, una nueva historia que se escribe, sobre la marcha.

