Perel trabaja con parejas en todo el mundo, desde hace muchos años, en el consultorio, en talleres y conferencias. Siempre se dirige “a todos aquellos que hayan sentido amor alguna vez” porque la infidelidad es una experiencia humana, aunque “la monogamia sigue siendo la norma oficial y la infidelidad la norma clandestina”. Universalmente prohibida y universalmente practicada.
El discurso cultural dominante no admite la duda: ser infiel es síntoma de una falla en la relación, los hombres se aburren o tienen miedo a la intimidad, las mujeres engañan por soledad y hambre de intimidad, siempre ha de contarse la verdad y es mejor el divorcio que el perdón para recuperar el respeto por un mismo. Se habla de apegos inseguros, evasión de conflictos, incapacidad para estar solo o años de conflictos maritales. Generalizaciones muy útiles para no reflexionar ni pensar por uno mismo. Perel, en cambio, sostiene que cada caso tiene es único y por tanto imposible de etiquetar. Ha observado que infidelidad a veces significa libertad, rebeldía contra las normas, buscar otro yo que es distinto y que desea vivir otras vidas o probar que no se le pertenece a nadie.
La libertad sexual ha de ser puesta en la mesa por las parejas, que son las únicas que pueden definir los limites de su relación. El erotismo personal y el derecho a las fantasías, no desaparecen con el ideal romántico que decreta que cuando amamos a alguien no podemos amar a nadie más. La posibilidad de ser otro con alguien más también es una de las fuerzas que llevan a algunos a la relación extradiádica: “El ensayista mexicano Octavio Paz describe el erotismo como sed de otredad. Con frecuencia, el otro más embriagante que las personas que descubrimos en el amorío no es una nueva pareja: es un nuevo yo”.
A la relación amorosa se llega con muchos fantasmas personales y con fantasías de completarse o de reparar lo que está roto adentro, creyendo que ese otro será el remedio universal de todos los males. La expectativa de ser especial y único para la pareja es humana pero puede ser exagerada. Esto es cierto sobre todo para niños y niñas que no tuvieron la mirada atenta y amorosa del cuidador primario y que la buscan en la pareja. “Cuando el matrimonio era un acuerdo económico, la infidelidad amenazaba la seguridad económica; hoy el matrimonio es un acuerdo romántico y la infidelidad amenaza nuestra seguridad emocional”.
El consumismo romántico es algo más común en esta época. Que las necesidades no sean satisfechas se ha vuelto una desgracia de grandes proporciones y la novedad algo fundamental. El miedo de perderse de algo acompaña las decisiones de muchos que, aunque estén contentos con su vida amorosa, se descubren pensando que quizá haya algo mejor para ellos.
La infidelidad es una pérdida del sí mismo. Es “una ladrona de identidades” y quien la padece ya no sabe quién es después de la traición. Se desconfía de uno mismo y del sentido existencial, aunque cada experiencia del engaño es única.

