EL ESPEJO

La operación militar especial gringa en Venezuela

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

El 24 de febrero de 2022, Vladimir Putin lanzó una invasión total contra Ucrania. El plan era simple y arrogante: avanzar por varios frentes, tomar Kiev en tres días y capturar al presidente Volodimir Zelenski.

Lo que el Kremlin no anticipó fue que la corrupción sistémica había convertido a su ejército en un tigre de papel, incapaz de ejecutar una operación compleja frente a una sociedad dispuesta a resistir una invasión ilegal. Hoy, casi cuatro años después, la guerra se ha convertido en un conflicto de trincheras, costoso y sin una victoria clara.

Para Putin era fundamental no llamar “guerra” a la guerra. El derecho internacional no es sólo semántica: nombrar un conflicto activa obligaciones, responsabilidades y costos políticos. Por eso el Kremlin habló de una “operación militar especial” y persiguió a cualquiera que se atreviera a decir que Rusia estaba en guerra. Técnicamente, el Congreso de Estados Unidos tampoco ha declarado la guerra a ningún país desde 1941: ni Corea, ni Vietnam, ni Afganistán ni Irak han sido reconocidas legalmente como guerras.

Ese antecedente es clave para entender lo que hoy ocurre en Venezuela. Si Donald Trump se ha lanzado a una operación tan arriesgada como ilegal para capturar al presidente venezolano Nicolás Maduro, no es por improvisación. Es porque percibió una oportunidad estratégica similar a la que Rusia creyó ver en Ucrania, sabiendo que no existe ninguna autoridad supranacional capaz de llamarlo al orden y que podía ejecutarla de manera rápida e impune. Por eso incluso ha dicho sin demasiado pudor que buena parte de esta decisión tiene que ver con el petróleo.

Las reservas probadas de crudo de Venezuela rondan los 303 mil millones de barriles, las mayores del mundo. Son más grandes que las de los países árabes, casi cuatro veces las reservas de Rusia y más de 40 veces las de México, que hoy no superan los 7 mil millones. Al ritmo actual de producción, México tiene petróleo para un par de décadas más; Venezuela, para varios siglos. Estados Unidos, aunque lidera la producción global, depende en gran medida del fracking, que genera crudo ligero. El problema es que muchas de sus refinerías están diseñadas para procesar crudo pesado, justo el que abunda en Venezuela. Tener acceso privilegiado a ese petróleo, sin importar cómo, es un activo estratégico.

Venezuela llegó a este punto por una combinación letal. PDVSA pasó de ser una de las petroleras más importantes del mundo a convertirse en la gallina de los huevos de oro que el chavismo exprimió hasta quebrarla. Durante años, los ingresos petroleros fueron la última fuente de dólares para sostener a un régimen clientelar que empujó a su población a la miseria mediante corrupción, represión y destrucción institucional. Por eso, para muchos venezolanos, la caída de Maduro genera esperanza y desconcierto al mismo tiempo: el dictador ya no está, pero no es claro qué sigue.

Rusia creyó que estaría unos cuantos días en Ucrania y hoy enfrenta una guerra larga y corrosiva. Trump puede subestimar el mismo factor. Destruir un régimen es rápido; gobernar el vacío que deja es otra cosa. El chavismo vació al Estado de capacidades, pero construyó con eficacia un aparato de miedo y control. Y a Trump no le interesa fingir que esto va de democracia o instituciones: mientras pueda hacer negocios, el régimen chavista puede aún sobrevivir. Mucho dependerá ahora de qué hagan los venezolanos.

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