EL ESPEJO

El año sin frenos

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

El año empezó sin calentamiento. Donald Trump decidió arrancar su segundo mandato con un mensaje inequívoco: el poder, cuando se ejerce sin límites, también es una forma de política exterior. La captura de Nicolás Maduro y su traslado a tribunales estadounidenses no fue sólo una operación espectacular; fue una declaración de método. El resto del mundo tomó nota.

Desde entonces, la sensación dominante no es la sorpresa, sino la anticipación. Lo que venga en los próximos seis meses importa más que lo que ya ocurrió. Trump gobierna hoy sin contrapesos reales: controla el Congreso, domina su partido y ha dejado claro que no reconoce reglas externas que lo limiten. Su único foco rojo en 2026 son las elecciones intermedias de junio, donde los demócratas podrían arrebatarle la mayoría y empezar a cerrarle el paso.

Ese cálculo explica buena parte de su conducta reciente. Para Trump, la política es una carrera contra el reloj. Antes de que el electorado pueda imponerle un freno institucional, busca consolidar ventajas difíciles de revertir. De ahí la intensidad de las maniobras de redistritación electoral, como las impulsadas en Texas para asegurar distritos favorables a los republicanos.

California respondió con su propia reconfiguración, no por convicción, sino por defensa. La lógica ya no es democrática: es preventiva. En ese contexto, cada amenaza que Trump lanzó como candidato hoy suena creíble. No porque todas vayan a cumplirse, sino porque el costo de ignorarlas se ha vuelto demasiado alto. Cuba y Nicaragua observan con nerviosismo la forma en que Washington trata ahora a los regímenes que considera hostiles. México, mencionado de manera directa y reiterada, ya no puede darse el lujo de asumir que se trata sólo de retórica. Ni en Groenlandia pueden creer que se trata sólo de un chiste.

El problema de fondo es más amplio. El sistema internacional que durante décadas funcionó como dique (imperfecto, lento, pero real) es un zombie. Estados Unidos confirmó la semana pasada su salida de 66 organismos y mecanismos multilaterales, muchos de ellos vinculados a derechos humanos, medio ambiente y cooperación internacional. El mensaje es claro: fuera de casa no hay reglas; dentro, manda el más fuerte. Eso desplaza el conflicto hacia el interior de Estados Unidos. Si no hay límites internacionales, la única contención posible es doméstica: tribunales, elecciones, opinión pública. Pero ahí también hay fisuras. La oposición demócrata sigue atrapada entre la indignación moral y la confusión estratégica. Sabe que Trump avanza demasiado lejos, pero no logra articular una respuesta que conecte con una sociedad cansada y polarizada. Mientras tanto, la tensión se siente en la calle. La actuación del ICE en operativos migratorios se ha vuelto más violenta y descontrolada, al punto de provocar muertes de personas que ni siquiera eran migrantes. No son excesos aislados: son síntomas de un Estado que ha decidido probar hasta dónde puede llegar.

Visto desde fuera, el mundo parece desordenado. En realidad, está entrando en una fase más cruda y legible: la del poder ejercido sin intermediarios. Trump no está desafiando un orden internacional robusto, sino administrando su vacío. En un escenario donde las reglas ya no obligan y las instituciones ya no contienen, la política se vuelve una secuencia de hechos consumados. La pregunta no es qué tan lejos está dispuesto a llegar Trump, sino cuánto tiempo puede sostenerse un sistema donde el único límite real es la reacción interna. Hasta entonces, el freno no existe; sólo la inercia.

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