La reciente llamada entre Claudia Sheinbaum y Donald Trump volvió a encender el fantasma de una “incursión” estadounidense contra el crimen organizado en México. Trump amagó; Sheinbaum respondió con soberanía y cooperación. El fondo del asunto no está en la diplomacia ni en la firmeza de la Presidenta: Trump no se meterá en México porque no le conviene.
Trump es impulsivo y caprichoso. Le importa ganar, no respetar el derecho internacional ni la coherencia de su política exterior. Venezuela lo demuestra: allí no actuó por el narcotráfico, sino por dos premios mayores, el petróleo y el tablero geopolítico frente a China. Intervino donde vio botín y victoria simbólica. México es otra cosa: aquí no hay un trofeo rápido, sino una bandera fácil de vender a su público, pero una maraña de costos que en verdad no quiere asumir.
Trump sabe que el crimen organizado en México no es sólo violencia; es economía. Está incrustado en el agro, en la logística, en mercados legales e ilegales que cruzan fronteras. Tumbar a un gobierno o “limpiar” una región no expulsaría a los cárteles de esos circuitos. Sería una administración carísima, prolongada y políticamente tóxica, sin resultados inmediatos. No es una guerra que pueda vender como triunfo antes de las elecciones intermedias.

La estrategia de Claudia
Además, no necesita ensuciarse las manos. Tiene palancas más eficaces: el Tratado de Libre Comercio, aranceles, extradiciones, cooperación condicionada, entre otras. Sabe que una amenaza al T-MEC pone a los propios empresarios mexicanos a presionar al Gobierno. La retórica del “presidente duro” le rinde en casa; la presión económica le da frutos afuera.
Por otro lado, desmantelar de verdad al crimen organizado exigiría una guerra sangrienta y, peor aún, exhibiría la colusión que también existe del lado estadounidense —armas, dinero, consumo. Para erradicar esos mercados habría que matar a quienes los operan y construir instituciones que impidan que otros ocupen su lugar. Esto difícilmente ocurrirá en México. No sería una simple operación; es una transformación que difícilmente está dispuesto a pagar.
Por eso Trump amenaza, pero no cruza. No porque México esté blindado, sino porque el botín no justifica el incendio. Él sabe que su diálogo es con Sheinbaum, pero su enemigo no está en Palacio Nacional, sino esparcido en todo el territorio mexicano y también en el suyo.
Hay muchos intereses económicos con México, pero defenderlos va más allá de Sheinbaum. Tiene que lidiar con los empresarios y con el crimen organizado. Con los primeros hay una buena relación y, si se toca a los segundos, saldría más caro el remedio que la enfermedad.

