Aunque pareciera una eternidad, apenas ayer se cumplió el primer año de la segunda administración de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos.
A diferencia de su primer mandato, con sus acciones, hoy Trump parece determinado a hacer trizas el orden internacional que Estados Unidos contribuyó decididamente a edificar después de la Segunda Guerra Mundial y a redefinir la forma en que se relaciona con el mundo. Veamos algunas evidencias contundentes del voluntarismo de Trump en el ámbito internacional.
Empecemos con la “guerra arancelaria”. Trump ha herido de muerte al orden global en materia comercial, violando un sinfín de tratados y convenciones internacionales. Esa política la ha aplicado no sólo con sus adversarios comerciales —China en primerísimo lugar— sino con sus históricos vecinos, socios y aliados.

ROZONES
Al cumplirse el 80 aniversario de la ONU, el multilateralismo se encuentra en una importante crisis y Trump en mucho ha contribuido a ello. Es diáfano que no le interesa el mantenimiento de las organizaciones y alianzas multilaterales —a las que, incluso, recurrentemente ha amenazado con abandonar—, lo que inevitablemente profundiza la crisis del orden internacional vigente en las ocho décadas previas.
Sigamos con la declaración de distintos cárteles como organizaciones terroristas. Ello le ha dado la “justificación” —como un atisbo de legitimidad— a las acciones militares unilaterales emprendidas por su gobierno, bajo el argumento de que, ante la prioridad superior de la seguridad nacional de su país, se pueden emprender ejecuciones extrajudiciales e invasiones militares, sin contar con el aval ni de organismos internacionales ni del propio Congreso de Estados Unidos. Así, procedió a la destrucción de embarcaciones en el Caribe y el Pacífico —y la consecuente ejecución sumaria de sus pasajeros— que, supuestamente, transportaban drogas hacia Estados Unidos.
Las acciones militares unilaterales han sido múltiples, entre otras, la Operación martillo de medianoche, en junio de 2025, contra instalaciones nucleares del régimen teocrático iraní. Y, desde luego, el acontecimiento internacional más sobresaliente con el que inició 2026: la quirúrgica extracción y captura de Nicolás Maduro en Caracas. Este episodio es de lo más aleccionador en términos de la política internacional de Trump. Si bien Estados Unidos —como todas las naciones— vela por sus intereses, el hecho de que ni siquiera se haya apelado a la restauración de la democracia o los derechos humanos, sino que abiertamente se anteponga la agenda petrolera y se mantenga la estructura del régimen chavista, refleja con nitidez las acciones y discursos que se pretenden imponer.
Con la intervención en Venezuela —y si se considera la postura de Trump hacia la invasión de Ucrania y la pasividad con que las otras potencias reaccionaron al operativo militar en Caracas—, diera la impresión de que Estados Unidos está propiciando un tácito reparto neoimperialista de zonas de influencia y no intervención con Rusia y China; idea que se refuerza con la renovada y absurda pretensión de que Groenlandia se convierta en territorio estadounidense. Ello ha producido airadas reacciones, no sólo de Dinamarca, Estado soberano al que pertenece el territorio groenlandés, sino de un conjunto de países europeos que se supone son aliados militares de Estados Unidos. Hay, pues, un escenario de seria fractura dentro de la OTAN.
No todo ha sido enteramente negativo. Hay que reconocer que su plan de paz resultó el más eficaz para detener la escalada en el conflicto en Gaza entre Hamas e Israel.
En suma, lo que distingue a Trump en su primer año de gobierno en el orden internacional es el avasallamiento y el cambio de reglas, sin que hasta ahora nada ni nadie resulte eficaz para contrarrestar sus impulsos.

