CONTRAQUERENCIA

Año Trump

Eduardo Nateras*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

Se cumplió un año del segundo mandato de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Y vaya que fue un año complicado para el resto de los gobiernos del mundo.

Desde el inicio de esta nueva gestión era de esperarse que su segundo mandato fuera mucho más radical, por diversos motivos: por no tener ya nada que perder al no tener que buscar la reelección; por contar con mayoría legislativa en ambas cámaras; y, simplemente, por la experiencia adquirida en sus primeros cuatro años como presidente.

Baste recordar el discurso pronunciado en su toma de posesión, en el que enarboló los principales ejes de su nueva administración y que hoy, a un año de distancia, cobran todo el sentido: la reivindicación de la Doctrina Monroe, la extracción y explotación de combustibles fósiles, el uso de aranceles como método de presión y el combate a la migración ilegal y a las organizaciones terroristas.

Si bien, el que avisa, no engaña, muy probablemente cualquier pronóstico de entonces se quedó corto respecto a lo que realmente podría vivirse en tan sólo el primer cuarto de su administración. A un año de distancia, los diversos gobiernos hacen lo que pueden ante una forma de gobernar tan acomodaticia y caprichosa, pero con el poder suficiente para deponer gobernantes, tener a regiones enteras a su merced, generar incertidumbre comercial y caos en las bolsas del mundo con tan sólo un tuit y crear conflictos diplomáticos de la nada.

Por lo que respecta a nuestro país, no ha sido un año sencillo. Medianamente se han capoteado las diversas exigencias y presiones del vecino del norte, sin que a sus ojos nada de lo realizado sea suficiente. Sin embargo, la más reciente presión puesta sobre nuestro gobierno —a raíz de la intervención estadounidense en Venezuela—respecto al ineficaz combate y control del crimen organizado, enciende las alarmas de lo que podría ocurrir en este año que comienza.

A ello, habrá que sumar la renegociación del T-MEC, lo cual no pinta nada sencillo, particularmente después del destacadísimo discurso pronunciado por el primer ministro canadiense, Mark Carney, en el Foro Económico Mundial, en Davos, Suiza, en el que puso suficiente distancia de por medio con la forma de hacer política de su vecino sureño —y que, en muchos sentidos, podría considerarse como el tono de las posturas que en adelante adoptarán las principales potencias del mundo, ante las acciones del magnate norteamericano—.

En su intervención, no sólo se desmarcó de la política comercial basada en la obtención de concesiones so pena de imposición de aranceles, sino que respaldó abiertamente a Groenlandia y al gobierno de Dinamarca —al igual que el resto de Europa—, a propósito de uno de los más recientes capítulos de “América para los americanos”. Así, podríamos estar viviendo el final de dos alianzas históricas: el acuerdo comercial trilateral de América del Norte y la OTAN con Estados Unidos como uno de sus integrantes.

Momento de definiciones para nuestro país y para el mundo entero, en donde la postura de los principales liderazgos será crucial, en lo que pinta para ser el reacomodo de un nuevo orden mundial, en el que ya todos saben de lo que el presidente y magnate es capaz.

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