LA VIDA DE LAS EMOCIONES

El diagnóstico como instrumento de control

Valeria Villa<br>*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Valeria Villa*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

El baile de las locas (Mèlanie Laurent, 2021) es una película sencilla con un guion adaptado de la novela Le bal des folles de Victoria Mas, que denuncia la violencia y los abusos de la psiquiatría y la neurología, cometidos en el Hospital de la Salpêtrière, en París, a finales del siglo XIX y principios del XX.

El Hospital de la Salpêtrière, que durante la segunda mitad del siglo XIX estuvo bajo la dirección de Jean-Martin Charcot, considerado el padre de la neurología, constituye un caso para analizar la relación entre saber, poder y cuerpo, tal como la formula Michel Foucault. Más allá de su importancia en la historia de la neurología y la psiquiatría, la Salpêtrière funcionó como un dispositivo de control donde la misoginia estructural de la medicina moderna se manifestó de manera sistemática en la patologización del cuerpo femenino.

La mayoría de las pacientes diagnosticadas con histeria en la Salpêtrière eran mujeres pobres, marginadas o consideradas socialmente anormales. En este contexto, la histeria operó como una categoría médica totalmente asociada al género, que permitió inscribir en el cuerpo femenino lo que el orden social no podía tolerar: el exceso emocional, el deseo no regulado o la resistencia a las normas de género.

Foucault señala que el saber médico no es neutral, sino que se construye en estrecha relación con el poder. En la Salpêtrière, esta intersección se hizo visible en las famosas leçons du mardi (lecciones de los martes), donde Charcot exhibía a las pacientes ante una audiencia masculina de médicos e intelectuales. Estas demostraciones transformaban el cuerpo femenino en un objeto de espectáculo científico, legitimando una mirada que despojaba a las mujeres de agencia y voz. El discurso médico hablaba por ellas, fijando sus gestos y convulsiones como signos de patología, mientras sus experiencias subjetivas quedaban excluidas del registro del saber.

La producción de archivos visuales, fotografías, dibujos, descripciones clínicas refuerza esta lógica foucaultiana del poder como algo que se ejerce a través de la mirada. Tal como Foucault analiza en “Vigilar y castigar”, ver es una forma de dominar. En la Salpêtrière, la observación constante del cuerpo femenino no sólo buscaba curar, sino establecer un régimen de verdad sobre lo que una mujer era y debía ser. La misoginia se normalizaba al presentarse como ciencia objetiva.

Desde esta perspectiva, la histeria puede entenderse menos como una enfermedad y más como un discurso de la época. Foucault sostiene que las categorías médicas producen realidades y no sólo las describen. Al nombrar ciertos comportamientos como histéricos, la medicina del siglo XIX transformó expresiones de sufrimiento social y opresión de género en signos clínicos. El cuerpo femenino se convirtió así en un campo donde la desviación era corregida mediante el encierro, el castigo, la observación y la repetición ritual del diagnóstico.

La arquitectura de la Salpêtrière reforzaba este dispositivo disciplinario. El espacio hospitalario organizaba los cuerpos en salas, tiempos y recorridos que facilitaban la vigilancia y la docilidad. Siguiendo a Foucault, el poder no se ejerce sólo a través de leyes o prohibiciones, sino mediante la disposición del espacio.

La medicina moderna colaboró activamente en la construcción de un orden misógino bajo la apariencia de conocimiento científico. El hospital no fue únicamente un lugar de cura, sino una maquinaria de producción de verdad que disciplinó el cuerpo femenino y legitimó su control. La revisión crítica de este episodio busca incidir en los supuestos de género que aún atraviesan las prácticas médicas y los discursos sobre el cuerpo de las mujeres. El diagnóstico ayuda a nombrar, pero también puede rigidizar la identidad, dejando fuera lo singular. Jamás una etiqueta podrá definir la vida entera.

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