El siglo XXI nos ha brindado tres sorpresas, que, si lo pensamos bien, quizá no deberían haber sido sorpresas sino conclusiones inevitables de la lógica política y económica. Si no vimos venir estos desarrollos globales fue porque estuvimos embrujados por un discurso ideológico cuyo origen fueron los pactos mundiales de la posguerra y, luego, la caída del bloque soviético.
Hay una explicación de estas tres sorpresas que embona muy bien con la teoría marxista, lo que, a estas alturas, no deja de resultar irónico.
La primera sorpresa es la alianza reciente entre el capitalismo y el nacionalismo acérrimo, más ofensivo. Se pensó que el capitalismo llevaría a la globalización económica y política. Las naciones se volverían instituciones del pasado. El mundo se convertiría en un enorme shopping center en donde las compañías trasnacionales venderían lo mismo en todos los países. Las culturas nacionales, por añadidura, se irían disolviendo y lo que surgiría sería una cultura global. Seríamos, por vez primera, ciudadanos del mundo. Lo que ahora vemos, en cambio, es que la xenofobia, la soberbia imperial y el resentimiento histórico siguen siendo gasolina de la política.

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La segunda sorpresa, que de alguna manera se desprende de la primera, es que el capitalismo no nos alejó de las guerras, por el contrario, las ha alimentado. Lo que pensamos es que, en un mundo sin naciones, no habría ejércitos y, por lo mismo, ya no habría guerras. En el siglo XIX, Carl von Clausewitz dijo que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Pues bien, ahora podríamos decir que la guerra es la continuación de la competencia económica por otros medios. Lo que está en juego, en un caso o en el otro, es lo mismo: el poder. Por eso mismo, ya no podemos evitar la conclusión de que el capitalismo es, por su naturaleza, bélico, de que se alimenta de sangre.
La tercera sorpresa, también conectada con las otras dos, es que, la democracia liberal se ha convertido en un estorbo del capitalismo. Todo parecía indicar que, después de la derrota militar del fascismo y el comunismo, el matrimonio entre el capitalismo y la democracia liberal sería eterno. Sin embargo, como sucede incluso en las mejores familias, pronto surgieron desavenencias. El extraordinario progreso político y económico de China en las últimas décadas fue la muestra más contundente de que la democracia liberal no era una condición sine qua non del desarrollo del capitalismo. Por el contrario, la combinación de nacionalismo tradicional, férreo control estatal y capitalismo tecnológico demostró ser una conjunción imbatible.
Algunos están satisfechos con el mundo de hoy. Es exactamente lo que ellos querían. Otros, en cambio, están descontentos. Los poderes a los que habrán de enfrentar quienes quieran cambiar las cosas son gigantescos. Hasta el más tímido acto de resistencia requerirá de mucha determinación, de mucha valentía.

