ENTRE COLEGAS

Carney y los saldos de Davos

Horacio Vives Segl. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Tras su creación, hace 55 años, y con su evolución y progresiva influencia, el Foro de Davos, en Suiza, se ha convertido en cita obligada para líderes políticos mundiales, empresarios trasnacionales e intelectuales prominentes.

A la importante agenda que históricamente se ha desahogado ahí —inversiones, comercio, globalización, cooperación, tecnología, cambio climático—, en la edición que recién concluyó, ocurrió algo de la mayor relevancia. El encuentro en Davos de 2026, para todo efecto práctico, fue la cumbre diplomática que dio un respiro al planeta, tras un vertiginoso y desconcertante inicio de año y, además, fue el escenario que Donald Trump escogió para atraer los reflectores, al cumplirse un año de su segundo gobierno.

La intervención militar unilateral de Estados Unidos en Venezuela para extraer al dictador Nicolás Maduro, el renovado ciclo de protestas en Irán y sus implicaciones internacionales, y la insistencia en la absurda pretensión de Estados Unidos de ejercer el control de Groenlandia, en clara afrenta a Dinamarca —Estado soberano al que pertenece el territorio groenlandés— y a un importante bloque de países aliados militares de Estados Unidos, fueron los hechos de contexto que pusieron los ojos del mundo en Davos. Sobre este último tema, la tensión entre Estados Unidos y sus socios europeos estaba llegando a extremos de tensión inconcebibles, con justificada razón. En ese contexto, un escenario de fractura dentro de la OTAN, algo impensable antes del actual gobierno de Trump, podía vislumbrarse como posibilidad en la víspera del encuentro de Davos.

Es indudable que estamos en presencia de un mundo donde las reglas y referentes vigentes, desde el término de la Segunda Guerra Mundial, cada vez son menos operantes, dado el voluntarismo de las potencias hegemónicas y, particularmente, de Donald Trump. En ese contexto, una idea que, en principio, funcionó para contribuir a desescalar el conflicto en Medio Oriente entre Israel y Hamas, la creación de un Consejo de Paz multilateral —que ciertamente podría hacerle sombra a la debilitada ONU—, mutó en un absurdo por la necedad de Trump de asumir el liderazgo unipersonal, empezando por el hecho de que las membresías del consejo serían por invitación del propio presidente estadounidense.

Dentro de todos los complejísimos procesos políticos que estaban ocurriendo al mismo tiempo en Davos, resaltó el liderazgo que quedó marcado en la comunidad internacional por parte de Mark Carney, primer ministro de Canadá, quien pronunció un discurso con solvencia y autoridad para confrontar el orden internacional que está impulsando Trump, con la elegancia de no referirse ni a él ni a Estados Unidos, históricamente su principal aliado.

Carney presentó un diagnóstico por demás sensato que, haciéndose cargo de que las grandes potencias no se someten al derecho internacional, y que el orden global, más que experimentar un periodo de transición, está frente a un ciclo de ruptura, propuso encontrar una alternativa. Como en el ámbito internacional es cada vez más cierto que los países afines se juntan para defender una agenda común, Carney llamó a que las potencias medias contribuyan a forjar un nuevo orden mundial, que se sustente en un pragmatismo con valores. Y aquí la frase retórica contundente: “quien no se sienta en la mesa, es parte del menú”.

En esa lógica, la lección para México es lapidaria: mientras se mantenga el vacío discurso de la soberanía, sólo para endulzar el oído de las bases internas, sin ser acompañado por acciones y propuestas concretas en coordinación con otros actores internacionales, muy difícilmente le irá bien al país en la relación con Trump y seguirá condenado a la irrelevancia internacional.

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