La política exterior no se construye con simpatías ni con ocurrencias; se construye con prioridades. En vísperas de una renegociación del T-MEC, México parece actuar no desde un mapa, sino desde la sed de popularidad política. No hay jerarquía clara de intereses, sólo decisiones de bote pronto que buscan quedar bien —con alguien— en el corto plazo.
El caso de Cuba es ilustrativo. La pregunta no es ideológica ni moral, es estratégica: ¿quién es más importante para México en términos de comercio, cruces fronterizos, seguridad y migración? ¿Estados Unidos o Cuba? La respuesta es obvia, pero el Gobierno insiste en comportarse como si no lo fuera. Mantener o insinuar apoyos energéticos a La Habana puede satisfacer afinidades políticas, pero ha irritado innecesariamente a Trump justo cuando México necesita certidumbre, no fricciones. La afinidad ideológica no debería imponerse sobre la conveniencia nacional, y menos cuando el costo potencial se mide en aranceles, presión migratoria o condicionamientos comerciales.
El problema no es Cuba. El problema es la incapacidad de priorizar. Una política exterior seria entiende que no todos los gestos valen lo mismo ni todos los interlocutores pesan igual. Confundir solidaridad con cálculo es una forma elegante de improvisar.
En el frente de seguridad ocurre algo parecido. La cooperación con EU es indispensable, por lo que no debe confundirse con herramientas mediáticas. El objetivo estratégico tendría que ser claro: aprovechar la colaboración bilateral para atacar problemas compartidos —tráfico de armas, lavado de dinero, la estructura del crimen organizado— y para desmantelar el sistema de violencia que México padece. Eso requiere inteligencia, planeación y respeto al debido proceso.
En cambio, lo que se ofrece es otra cosa: entregas aceleradas de “delincuentes”, encabezados en los medios y decisiones que parecen pensadas más para producir una “nota” que para construir una política sostenida. Sin embargo, los expertos indican que no se ha seguido el debido proceso en la extradición de dichas personas y que no obedece a una estrategia integral de seguridad. ¿Con base en qué se detuvieron a esas personas? ¿Lo conveniente es enviarlas a EU obviando el debido proceso? Cooperar no es complacer. Ayudar no es ceder.
Más allá de gestos, necesitamos objetivos y resultados. México tampoco gana nada con sacrificar procedimientos legales si eso no se traduce en una reducción estructural de la violencia. La cooperación estratégica fortalece; la cooperación improvisada sólo exhibe urgencia.
Mientras se prende una vela en La Habana y se entrega una ofrenda en Washington, México confirma el mismo problema en dos frentes distintos: decisiones tomadas al calor del momento, no como parte de un plan de política exterior coherente. En tiempos de renegociación, eso no es pragmatismo; es vulnerabilidad.
Porque si seguimos prendiendo velas en Cuba para luego apagar incendios en Washington, terminaremos sin luz… y sin casa.