Las divergencias persistentes en las tasas de ahorro entre China y Estados Unidos constituyen uno de los factores estructurales más relevantes detrás de los desequilibrios macroeconómicos globales. Estas diferencias no responden a fluctuaciones cíclicas, sino a modelos de crecimiento profundamente distintos, y se reflejan de manera sistemática en las posiciones externas, los flujos internacionales de capital y la configuración del comercio mundial.
China mantiene de forma sostenida un exceso de ahorro nacional respecto a la inversión. La tasa de ahorro agregado —que incluye hogares, empresas y sector público— se sitúa en torno a 40-45% del PIB, una de las más elevadas a nivel internacional. Este patrón responde a factores estructurales bien identificados: una red de protección social limitada, una elevada propensión al ahorro precautorio, altos márgenes de rentabilidad corporativa y un modelo de desarrollo históricamente intensivo en inversión y orientado a la demanda externa.
Estados Unidos presenta el patrón opuesto. Su tasa de ahorro nacional, cercana a 18-20% del PIB, es insuficiente para financiar los elevados niveles de consumo e inversión que caracterizan a su economía. El bajo ahorro de los hogares, combinado con déficits fiscales persistentes, genera una insuficiencia estructural de ahorro interno. Como resultado, la economía estadounidense mantiene déficits en cuenta corriente de carácter crónico, financiados mediante la absorción de ahorro del resto del mundo.

La 4T se agarra fuerte para no soltarse
Desde la clásica identidad macroeconómica ahorro-inversión, estas configuraciones se traducen directamente en desequilibrios externos persistentes. El exceso de ahorro chino ha dado lugar a superávits recurrentes en cuenta corriente y posiciona al país como exportador neto de capital. Estados Unidos, en contraste, se ha consolidado como un importador neto de ahorro externo a escala global. En términos agregados, China actúa como prestamista neto global, mientras que Estados Unidos absorbe una fracción significativa del ahorro excedente mundial.
El elevado ahorro chino implica un nivel de consumo relativamente bajo frente a su capacidad productiva, lo que ha favorecido un sesgo exportador, superávits comerciales persistentes, acumulación de reservas internacionales y presiones estructurales hacia una depreciación real del tipo de cambio.
El patrón estadounidense es simétricamente opuesto. El bajo ahorro interno sostiene una demanda interna elevada, impulsa las importaciones y consolida déficits comerciales crónicos. Este esquema ha sido viable gracias al papel central del dólar como principal moneda de reserva, de facturación comercial y de denominación financiera. La demanda estructural de activos seguros denominados en dólares, en particular bonos del Tesoro, ha permitido a Estados Unidos financiar desequilibrios externos prolongados sin enfrentar restricciones inmediatas de balanza de pagos, reforzando el llamado privilegio exorbitante.
De cara al mediano plazo, no se anticipa una corrección ordenada de estos desequilibrios. En China, el consumo continuará expandiéndose de manera gradual, pero seguirá siendo insuficiente para absorber el exceso estructural de ahorro, condicionado por el envejecimiento demográfico, la debilidad del sector inmobiliario y la elevada incertidumbre sobre ingresos futuros. Aunque las autoridades han impulsado una mayor orientación hacia la demanda interna, la inversión mantendrá un papel central, con rendimientos marginales decrecientes y un mayor énfasis hacia sectores estratégicos, lo que incrementa las presiones deflacionarias.
En Estados Unidos, el consumo mostrará cierta resiliencia en el corto plazo, pero enfrentará límites derivados del bajo ahorro, el elevado endeudamiento y condiciones financieras más restrictivas. Las políticas industriales y de infraestructura pueden favorecer la inversión, aunque su sostenibilidad estará cada vez más ligada al apoyo fiscal, en un entorno de déficits públicos elevados.
En síntesis, China enfrenta el desafío de reducir su exceso de ahorro sin desestabilizar su economía, mientras que Estados Unidos busca sostener un modelo de crecimiento intensivo en consumo con una base de ahorro insuficiente. Estas restricciones estructurales refuerzan las tensiones macroeconómicas y geoeconómicas del sistema internacional.

