En el mes que ha seguido al arresto de Nicolás Maduro en Caracas, tras la operación militar de Estados Unidos, la presión sobre Cuba se ha incrementado notablemente. Las amenazas verbales de Donald Trump y el secretario de Estado, Marco Rubio, se han vuelto rutinarias. Pero hasta la orden ejecutiva del 29 de enero, esas amenazas giraban en torno al impacto del cese del suministro petrolero venezolano.
Durante estas semanas, en Cuba —y en Miami, aunque por razones contrarias— se ha dado por inminente una intervención militar de Estados Unidos. El gobierno consideró un tránsito al “estado de guerra”, aunque nunca se supo exactamente si se completó, y se iniciaron una serie de ejercicios militares y preparaciones para la resistencia armada a la invasión.
También circularon todo tipo de rumores sobre una operación en Cuba, similar a la ejecutada en Venezuela. En medios y redes de todo el mundo se especuló quién podría ser la Delcy Rodríguez de la nomenclatura cubana y qué tipo de transacción podía acordar con Washington. Se repitió, con razón, que Cuba, a diferencia de Venezuela, tenía poco que ofrecer a la voracidad extractivista de Trump.

Cambios en la Defensa
En los últimos días ha quedado más clara la forma en que esta peligrosísima administración está imaginando su acción en Cuba. La orden, muy parecida a una que aplicó Barack Obama en 2015 a Venezuela, parte de la declaración de la isla como “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional de Estados Unidos”. Una declaración falsa y retórica, como la de Obama, porque ni Venezuela en 2015 y menos Cuba en 2026 han constituido verdaderas amenazas para Washington.
Luego la declaración se interna en una extraña teología macartista en la que la isla se presenta como un agente maligno que contamina a sus vecinos. Se habla de la relación de La Habana con rivales de Estados Unidos como Rusia, China e Irán, y de su apoyo a organizaciones yihadistas como Hamas y Hezbollah. Ninguno de esos rivales de Estados Unidos es comunista, salvo China, si se entiende como comunista el proyecto capitalista de mayor crecimiento en el siglo XXI. Pero la orden ejecutiva de Trump sostiene, en una de esas fabulosas pirotecnias doctrinales de las nuevas derechas, que, gracias a esos aliados, Cuba es un promotor de ideas comunistas en el hemisferio occidental.
En su parte operativa, sin embargo, las medidas anunciadas por Trump no son tan extremas como las propuestas por los congresistas cubanoamericanos y varios líderes del exilio en Miami. No se propone un bloqueo naval petrolero, como el que se aplicó a Venezuela durante meses a fines de 2025. Tampoco se propone un cierre del espacio aéreo de la isla, una cancelación de viajes o una supresión de remesas, ahora mismo la principal fuente de ingresos de la maltrecha economía cubana.
Lo que se propone es lo mismo que dijeron Trump y Rubio en la conferencia de prensa de Mar a Lago, el pasado 3 de enero: que Cuba vaya perdiendo sus subsidios petroleros, primero los de Venezuela, y luego los de otros proveedores como México y Rusia. Ahora se entiende mejor toda la presión sobre la Presidenta Sheinbaum, en los últimos meses: presión de Estados Unidos, pero también del gobierno cubano y las redes bolivarianas, que tienen mucha influencia en las bases del partido oficial.
Trump y Rubio están buscando una respuesta de esos dos países con los que, en estos mismos días, Washing-ton está negociando: con México el nuevo T-MEC y con Rusia la guerra en Ucrania. México ya ha adelantado la suya: suspender las ventas de Pemex y mantener el subsidio por razones humanitarias. El asunto es que la orden de Trump se refiere tanto a las ventas como a las donaciones.
Al igual que México, Rusia ha incrementado sus suministros de petróleo a Cuba en los últimos años. Pero como a México, el amago de aranceles importa poco al Kremlin en estos momentos. Rusia está atiborrada de sanciones y México libra la amenaza arancelaria con el T-MEC.

