El Mundial de 1986 nos cayó de rebote. Colombia era la sede original, pero por un fuerte temblor las cosas tuvieron que cambiar. Para los colombianos no había manera de ser sede en medio de una tragedia, y ante la gran cantidad de dinero que se tenía que gastar, tuvieron que dedicarse a recuperar la vida de millones de personas.
La gran paradoja es que México en septiembre de 1985 vivió uno de los temblores más poderosos del siglo pasado. Fueron días aciagos, dolorosos y de profunda tristeza. La sociedad se puso de nuevo por encima del Gobierno y surgieron liderazgos de jóvenes, muchos de los cuales están en el poder, viven del poder y tienen cargos importantes.
El negocio llevó a que el Mundial no fuera cuestionado. Un día así, y otro también, doña tele insistía que no había por qué cambiar de sede y que México estaría preparado.

Cambios en la Defensa
Con innumerables dificultades el Mundial se hizo. Como había sucedido en 1970, pero ahora con el Presidente Miguel de la Madrid el anonimato del estadio se encargó de saludarlo con una sonora rechifla.
Habrá que preguntarse por qué la Presidenta ha decidido no asistir a la inauguración en un hecho que será inédito. Nunca en la historia de los mundiales ha faltado el presidente del país sede a la ceremonia de inauguración.
Quizá el fantasma de la rechifla ronda por la cabeza de la Presidenta y su entorno. Ni López Obrador pudo liberarse del grito anónimo. Recordemos cómo fue recibido cuando saltó al diamante para lanzar la primera bola en un partido de los Diablos Rojos del México, y eso que es su deporte favorito. Al día siguiente usó de nuevo la mañanera para lanzar diatribas.
El Mundial 86 de nuevo, como el del 70, fue la fiesta. Somos un país futbolero, aunque no hayamos salido de la mitad de la tabla a nivel mundial. El Azteca fue durante tres partidos la fiesta, con todo y que en el último partido de la primera ronda sólo se logró empatar con Paraguay. Decimos sólo porque hacia el final del partido se marcó un penalti a favor de México, el cual falló Hugo Sánchez. Pasó exactamente lo contrario al anuncio de Coca-Cola. En él se hacía un símil de este escenario, pero en el anuncio, obviamente, Hugo metía el penalti.
México terminó yéndose a Monterrey para jugar contra Alemania. El llamado “volcán” de los Tigres era un hervidero. Estaban dadas las condiciones para que por fin el Tri pasara a la siguiente ronda, a pesar de que enfrente estaba Alemania.
Al final de esta historia conocida, se nos vinieron encima los fantasmas que recurrentemente viven los jugadores mexicanos con los penaltis. Las miradas estaban en Hugo Sánchez, quien al parecer tenía calambres en las piernas, tomó la decisión de no entrarle a la siempre intimidatoria serie de penaltis.
Fue un partido duro y rudo, en donde a partir de la expulsión, en los tiempos extras, de Javier Aguirre, el juego adquirió su boleto directo a los penaltis. Como estaba el juego, parecía conveniente, pero no lo era para el imaginario futbolero colectivo. Los penaltis eran el curso intensivo de sufrimiento en grado mayor, eran más los temores que la confianza.
Lo que pasó después fueron de nuevo las promesas de que el futbol mexicano iba a cambiar. En algún sentido es la misma historia desde hace 30 años.
No se ve que las cosas vayan a ser diferentes en este Mundial. La esperanza, el ánimo y la juguetona incertidumbre de no saber lo que va a pasar, colocan a los aficionados con buena cara, pero si alguien sabe sobre inconveniencias es precisamente el aficionado.
Javier Aguirre ha de recordar muchos pasajes de su vida con el Mundial del 86. No es que tenga una revancha, pero si alguien sabe de lo que se trata y lo que se juega en la cancha es él. Veremos qué lecciones se aprendieron, si es que colectivamente se aprendieron.
Los fantasmas sólo se van si se deshacen de ellos. Habrá que ver si una vez más se asoman o de una vez por todas los sacamos de la cancha.

