Una imagen perturbadora recorre el mundo: personas adultas mayores en Japón cometen pequeños delitos (hurtos, infracciones) con el objetivo de entrar a prisión para tener comida regular, atención médica y un techo. Buscan sobrevivir. La cárcel es su último Estado de bienestar disponible.
Japón es una sociedad rica y con una de las mayores esperanzas de vida del mundo. Pero si los sistemas de cuidados fallan, incluso allá las prisiones funcionan como asilos de ancianos desesperados.
En México, la pensión para el bienestar de las personas adultas mayores otorga un ingreso bimestral modesto (apenas suficiente para cubrir una fracción de la canasta básica) a una población que, en su enorme mayoría, carece de pensiones contributivas. No estamos hablando de jubilaciones cómodas, sino de un mínimo vital. Un piso.

Sacudida en el Balbuena
En México, millones de personas trabajaron toda su vida en la informalidad, en el campo, en el autoempleo, como cuidadoras. No fue por negligencia que no acumularon derechos pensionarios, sino por el diseño histórico del sistema. Frente a eso, la pensión universal es un correctivo a una falla estructural.
Hay quien sugiere que, mejor que las pensiones del bienestar, debemos prolongar la vida laboral de los adultos mayores (nos preguntamos si ello sería viable dado que la IA les roba empleos incluso a los jóvenes). También quien señala que “hay como un millón de personas que tienen ingresos altos y que el apoyo no se justifica absolutamente en nada. No se justifica que les den esos recursos”. Un caso actual que desata pasiones es el de un reconocido caricaturista. Al filtrarse que es beneficiario del programa, miles lo acusaron de incongruente por ser un férreo crítico de la política social. Salieron en su defensa la oposición y analistas.
Actualmente, la pensión es un derecho de todo adulto mayor, en eso tiene razón el caricaturista y quienes se solidarizan con él. Pero es aleccionador cuando lo cobran quienes llaman “dádiva”, “estirar la mano” o “medida clientelar” a la pensión.
Termino con una reflexión de un adulto mayor que hoy cuenta con 96 años de edad: Jürgen Habermas. En un libro publicado en 2025 en español, acerca del cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa, el filósofo alemán dice: “Una cultura política liberal no emana de actitudes libertarias, sino que requiere una orientación, por modesta que sea, hacia el bien común. Para que las decisiones de la mayoría sean aceptadas por la minoría derrotada en cada caso, no todos los ciudadanos pueden basar sus decisiones electorales exclusivamente en su propio interés a corto plazo”. Dicho con otras palabras, quienes repudian, de plano, los programas sociales, en nombre de la libertad, no ponen en la balanza el bien común… ni siquiera el bienestar de ellos mismos en el futuro, cuando necesiten de esos apoyos. Quienes no contribuyen a una deliberación democrática acerca del bien común, sino que sólo repiten “¡libertad, carajo!”, como Milei, sufrirán ataques injustos de sus adversarios políticos. Olvidar el bien común es olvidar que todos, tarde o temprano, seremos vulnerables.

