EL ESPEJO

Bad Bunny, el nacionalismo y el Super Bowl

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Bad Bunny en el show de medio tiempo del Super Bowl no fue sólo música: fue política con ritmo.

El espectáculo fue tan controversial como potente. Mientras Donald Trump endurece el lenguaje y la maquinaria xenófoba con políticas que vuelven a tratar la migración como una amenaza, la transmisión más vista del planeta tuvo a un puertorriqueño en el centro del espectáculo nacional estadounidense por excelencia. El imperio celebró, sin quererlo, a una de sus periferias más incómodas.

Ahí está la clave: Puerto Rico no es “extranjero”, pero tampoco es plenamente “adentro” para los Estados Unidos. Sus ciudadanos tienen pasaporte estadounidense, pero no pueden votar para elegir al presidente ni pueden elegir a su gobernante local, pues no son considerados como un estado, sino como un territorio. Los puertoriqueños no son, pero al mismo tiempo son tratados por muchos como si lo fueran, “ciudadanos de segunda”.

Bad Bunny entendió antes que muchos analistas que el nacionalismo del siglo XXI no siempre usa traje conservador. A veces se viste de baile, de barrio y de memoria. Su disco más reciente, DeBÍ TiRAR MáS FOToS, no sólo fue un giro estético, fue una representación de las tensiones de no ser bienvenido, pero querer ser conquistado. Cuando canta que no quiere que a Puerto Rico le pase lo que a Hawái, está hablando de gentrificación, desplazamiento, lengua, playa, tierra. Por eso el Super Bowl funciona como un termómetro de la situación local y global en la era Trump. Si hace unos años el reguetón podía ser tratado (o incluso despreciado) como ruido exótico, hoy aparece como idioma central de una época. La cultura pop siempre ha sido un espejo imperfecto del poder, pero en momentos de cambio de era se vuelve más nítida: lo que se oye, se baila y se premia suele anticipar lo que se vota y se pelea.

En la cumbre de Davos hace unas semanas, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, dijo en un magnífico discurso que el viejo orden se está rompiendo y que toca construir otro, menos ingenuo que el “fin de la historia” y menos cínico que la fuerza bruta. Lo llamó realismo con principios, sin nostalgia y sin ingenuidad. No era un llamado a encerrarse, sino una advertencia: el mundo se reordena alrededor de Estados que vuelven a proteger capacidades y soberanías. La pregunta no es si habrá nacionalismo, sino qué nacionalismo.

Trump ofrece el nacionalismo como garrote: el “nosotros” contra “ellos”. Bad Bunny lo encarna como escudo, un “nosotros” que no pide permiso para existir, pero tampoco pretende borrar al otro. Carney, desde un país que convive con la asimetría estadounidense e intenta traducir ese impulso en reglas y así coordinar soberanías para que la ley del más fuerte no sea el único idioma.

La lección para México no es elegir bando cultural, sino entender la disputa. En el derrumbe del modelo neoliberal, la identidad puede ser refugio democrático o instrumento de exclusión y represión. La misma palabra puede organizar cuidados y defensa de la comunidad o justificar crueldades y violaciones de derechos. En 2026, esa pelea ya no ocurre sólo en cumbres y conferencias de prensa: también aparece en el escenario más mainstream del planeta, cuando un artista de una colonia del imperio demuestra, sin discursos y sin consignas, que el nacionalismo no está condenado a servir al populismo y que, a veces, puede ser una manera eficaz de resistirlo.

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