Desde Washington D.C.
El pasado mes de enero, el Senado de Estados Unidos confirmó a Sara Carter como la décima directora de la Oficina de Política Nacional para el Control de Drogas de la Casa Blanca, cargo también conocido como el de “zar antidrogas”.
La directora Carter fue nominada por el presidente Trump para ayudar a encabezar la lucha de su administración contra las drogas ilícitas y los cárteles del narcotráfico.

No es cercano de Harfuch
Es la primera mujer en ocupar este cargo en la historia de Estados Unidos. Sara Carter es una de las figuras más influyentes en la estrategia antidrogas de la administración de Donald Trump. Ha estado detrás de investigaciones clave sobre los productores y distribuidores de fentanilo y es una de las voces más fuertes contra el Cártel Jalisco Nueva Generación y el Cártel de Sinaloa. Como referente antidrogas, ha trabajado duramente para actuar contra organizaciones terroristas y atacar sus finanzas, rutas y redes dentro de Estados Unidos.
En el seminario contra el narcoterrorismo organizado por CPAC en Washington, Sara Carter habló muy firme frente a funcionarios y políticos mexicanos y estadounidenses, con un mensaje que deja claro hacia dónde se moverá la estrategia antidrogas de Estados Unidos y, sobre todo, qué nivel de confrontación se prepara contra los cárteles.
Carter explicó que, durante los últimos meses, ha trabajado con un equipo que define como el más sólido de su carrera en la elaboración de la Estrategia Nacional de Control de Drogas del presidente. Una estrategia que, subrayó, aborda tanto el lado de la demanda como el de la oferta, y que será enviada al Congreso una vez que se presente el presupuesto presidencial.
Recordó que lleva casi veinticinco años cubriendo la crisis de las drogas: desde la frontera entre México y EU, pasando por Centroamérica y Sudamérica, hasta Afganistán, donde documentó cómo organizaciones como Al Qaeda, el Estado Islámico y los talibanes financiaban armas y operaciones con dinero del narcotráfico. Para Carter, esa experiencia le permitió entender que las drogas no son sólo un problema de salud pública, sino un fenómeno que alimenta estructuras criminales y terroristas.
Puso un dato muy duro sobre la mesa: hace unos años, cuando surgió la preocupación inicial por las drogas en Estados Unidos, las muertes por sobredosis rondaban entre nueve mil y doce mil al año. Hoy, dijo, superan las cien mil. Y explicó cómo ocurrió ese salto: primero heroína, después la crisis de opioides y, finalmente, el fentanilo.
NUEVO ORDEN

Explicó que miles de jóvenes mueren creyendo que consumen un medicamento común, como un analgésico o un estimulante, cuando en realidad ingieren una pastilla hecha únicamente de fentanilo ilícito. Para Carter, eso no es una sobredosis: es asesinato.
Afirmó que los adversarios de Estados Unidos observaron la crisis de opioides y la utilizaron como una guerra por encargo. “La convirtieron en un arma”, dijo.
Y señaló que, tras el cierre de la frontera impulsado por Trump, las muertes por fentanilo y sobredosis han caído casi 21 por ciento en el último año. Lo calificó como un avance importante pero insuficiente.
“Queremos que esa tendencia siga bajando”, afirmó. No sólo para salvar vidas, sino para proteger la seguridad nacional.
Uno de los momentos más emotivos de su discurso fue cuando habló de las familias que ha conocido: padres y madres que nunca volverán a ver a sus hijos, que nunca podrán acompañarlos al altar o decirles “te amo” otra vez. Insistió en que muchos de esos jóvenes no eran adictos, sino chicos que tomaron una sola pastilla.
Carter fue clara: éste no es sólo un problema de Estados Unidos. Es un problema del hemisferio occidental. Y mientras los países se echen la culpa unos a otros, no habrá solución.
Contó que al recorrer comunidades en México escuchó a personas que se sienten prisioneras de los cárteles que controlan sus zonas. Dijo que esas organizaciones ya no son sólo criminales: son narcoterroristas.
Aseguró que los cárteles tienen el poder que tienen porque se les permitió operar con impunidad, y que ahora ese poder debe ser recuperado por los Estados.
Enumeró tres grandes ejes de acción.
Primero: Nunca volver a ser sorprendidos. Monitorear amenazas emergentes y adelantarse cinco, diez o quince pasos a los cárteles.
Segundo: Dar a padres, maestros y tutores herramientas y recursos para proteger a los niños.
Tercero: Hacer que sea más fácil obtener tratamiento que conseguir drogas en la calle.
Carter relató una escena que vivió en Ohio, durante el pico de la crisis de opioides. Preguntó a un grupo de padres qué harían si recibieran un mensaje diciendo que un depredador está en la escuela de su hijo. Todos respondieron que correrían a protegerlo. Entonces les dijo: “Ese depredador ya está ahí. Está en el teléfono de sus hijos, en las redes sociales, buscándolos”.
Además, explicó que las drogas entran por todos lados: correo, barcos, aviones y cadenas de suministro. Por eso, uno de sus objetivos es asegurar esas cadenas y exigir cuentas a las empresas que no cooperen.
Señaló que México y Estados Unidos tienen una relación comercial enorme y que ambos países se beneficiarían de limpiar esas rutas.
Carter también habló de dignidad. Dijo que nadie nace soñando con vivir en la calle, drogarse y morir olvidado. Que cualquier persona sin hogar podría ser nuestro hijo, hermano o hermana. Y que merecen respeto.
Cerró con un mensaje directo a los narcotraficantes: sus días están contados. Que esta administración va en serio. Que no volverán a controlar la vida de los niños.
Cuando le preguntaron por los principales cárteles, sin titubeos dijo que son CJNG y Sinaloa, y que serán tratados como organizaciones terroristas extranjeras.
Su mensaje final fue de cooperación hemisférica: aseguró que la ayuda viene en camino y que el hemisferio occidental puede convertirse en una región ejemplar si se le arrebata el poder al narcotráfico.
Un discurso duro y sin rodeos. La zar antidrogas de Trump lanzó una advertencia clara: la confrontación contra los grupos del narcotráfico apenas comienza.

