La sociedad mexicana ha cambiado, atrás quedaron aquellas épocas de buena voluntad, apoyo y solidaridad genuina. Hoy, la ayuda tiene precio y el ciudadano se muestra cada vez más insensible y ajeno a la realidad que nos rodea. El tejido social se ha ido deteriorando con el paso de los años. Lo triste es que cada vez está más podrido, más torcido. Lo trágico es que somos parte del problema, no de la solución. Durante muchos años escuché sobre las hazañas del pueblo mexicano en el fatídico terremoto de 1985 y cómo “nos unimos” para ayudar ante la ineficiencia del propio gobierno.
Diez años después, también era común escuchar las historias de contención y apoyo entre la sociedad ante la crisis económica de 1995.
Todavía al inicio de este milenio, aún quedaban vestigios de ese pueblo que siempre se mostraba unido contra la adversidad y que se indignaba y señalaba cualquier abuso del poder.

No es cercano de Harfuch
Pero, poco a poco, esas muestras de empatía entre los ciudadanos fueron desapareciendo. La violencia e inseguridad —a niveles insospechados— permearon en el país apoderándose de él.
Tal vez esa normalización de la violencia sea uno de los principales motivos del cambio y del hartazgo social. Probablemente ahí radique la frialdad e indiferencia que en la actualidad nos caracteriza como sociedad.
Para muestra un botón.
El miércoles de la semana pasada, la organización Human Rights Watch, dedicada a la investigación, promoción y defensa de los derechos humanos, reveló un informe perturbador.
Advirtió que México mantiene altos niveles de violencia, desapariciones e impunidad.
El documento enfatizó sobre el marcado retroceso y deterioro democrático —heredado desde la administración de Andrés Manuel López Obrador—, así como la terrible crisis de desapariciones (de más de 130 mil personas) las graves violaciones a los derechos humanos, la falta de justicia, la tortura generalizada y los abusos militares.
Lo anterior, exhibe un panorama nada alentador para nuestro país, pero, sobre todo, desnuda una cruda realidad que deja en evidencia las fallas en la estrategia de seguridad.
Se tiene que virar el timón y no podemos voltear para otro lado o hacer como si no pasara. Estamos obligados a levantar la voz, a exigir seguridad, a procurar el bienestar.
Así, y sólo así, podremos empezar a recomponer nuestro tejido social.
Basta por hoy, pero el próximo lunes… regresaréeeeeeeeee!!!

