ENTRE COLEGAS

Aún es de noche en Caracas

Horacio Vives Segl. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

El fin de semana pasado fue el estreno comercial en México de Aún es de noche en Caracas, una película importante, incómoda y muy oportuna, dados los hechos que actualmente están ocurriendo en Venezuela.

Bajo la dirección de Mariana Rondón y Marité Ugas —quienes también son autoras del guion, junto con Karina Sainz Borgo, autora de la novela La hija de la española, en la que está basada la película—, la historia es un thriller trepidante que recrea un puñado de días en torno al ciclo de protestas realizadas contra la dictadura de Nicolás Maduro en 2017, con manifestaciones que fueron brutalmente reprimidas, dejando una estela de sangre y muerte, como ha sucedido con otros ciclos de violencia perpetrados por el chavismo en lo que va del actual siglo.

Tras su presentación en varios de los más importantes festivales de cine del mundo, el estreno comercial en nuestro país se da poco más de un mes después de la captura y extracción —por fuerzas militares de Estados Unidos— del tirano Nicolás Maduro, la imposición de un gobierno interino que administra la agenda dictada por Washington y los hercúleos esfuerzos por parte de la oposición venezolana —encabezada por la heroica activista María Corina Machado y por Edmundo González— para incidir en que se dé la tan anhelada transición política y la reconciliación en Venezuela.

La película cuenta con las destacadas actuaciones de Natalia Reyes, Moisés Angola y Édgar Ramírez —quien tiene bien ganado su lugar como un actor importante en Hollywood y que, además, es productor de la película—. Aún es de noche en Caracas tiene varios méritos. Siendo una historia ficticia, tiene el acierto de representar el drama experimentado en la realidad por millones de venezolanos, que han sufrido la pauperización en su calidad de vida. Se muestra la actividad de los “colectivos”, que no son otra cosa que grupos paramilitares que expolian hasta el último recurso de la vida y el patrimonio de la gente en nombre y beneficio de la mal llamada “revolución bolivariana”. Dada la imposibilidad de filmar la película en Venezuela por las condiciones de opresión del régimen de Maduro, uno de los aciertos de las realizadoras es que permite que se integren armónicamente las locaciones, realizadas en la Ciudad de México, con las aterradoras imágenes reales ocurridas en Caracas durante los disturbios de 2017.

Tal vez el mayor acierto de la película es que funciona tanto para un contexto puntual —la situación de la tiranía venezolana en 2017— como para la Historia universal: cualquier régimen despótico y opresor, ávido de concentrar el poder y que, con ese fin, no tiene reparo alguno en ensañarse contra su población, puede reflejarse en ese espejo —incluyendo, por supuesto, toda versión de populismo demagógico autoritario ya sea que se identifique como “conservador” o como “progresista”—. En esa misma lógica, el modesto departamento donde ocurre la gran mayoría de la historia sirve como extensión y metáfora de la situación en Venezuela: ni siquiera en un ámbito privado, íntimo, que se supone debería proporcionar seguridad, se está a salvo de las atrocidades del régimen. Esto lleva irremediablemente al espectador a juzgar a los personajes (dados los dilemas éticos que todos enfrentan) y, de manera más íntima, a preguntarse qué haría uno en su situación. Y es que la crueldad de la tiranía lleva, en la esfera privada de quienes la sufren, a romper vínculos sociales, familiares y convicciones personales.

Una película que merece ser vista y analizada, por las importantes reflexiones que deja en el espectador sobre uno de los dramas políticos y sociales más graves y cercanos que se hayan experimentado en América Latina.

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