Todo el mundo habla hoy de “tierras raras” como si se tratara de un nuevo petróleo. El nombre engaña. No son tierras, no son raras en sentido estricto y no aparecen en vetas espectaculares. Son diecisiete elementos químicos —como el neodimio, el disprosio o el lantano— indispensables para la vida tecnológica contemporánea: baterías, turbinas eólicas, autos eléctricos, paneles solares, misiles guiados, satélites, teléfonos móviles. Sin ellas, la transición energética y la seguridad nacional se quedan, literalmente, sin hardware.
La clave no es tanto su escasez como su concentración geopolítica. Hoy, China controla alrededor del 60–70% de la producción global y, sobre todo, domina el procesamiento y la refinación. Otros actores —Australia, Estados Unidos, Chile o la Unión Europea— cuentan con reservas o proyectos, pero siguen dependiendo de cadenas de suministro que pasan por Asia. Ucrania aparece en el debate no sólo por la guerra, sino por su potencial minero estratégico.
Las tierras raras se vinculan así a dos agendas críticas: energía y defensa. Quien controla su acceso tiene una palanca directa sobre la economía verde y sobre capacidades militares avanzadas. No es casual que formen parte de listas de materiales críticos ni que se hayan convertido en objeto de disputas comerciales abiertas.
Producirlas, sin embargo, tiene costos. La minería de tierras raras es intensiva en agua, genera residuos tóxicos y puede devastar ecosistemas. Por eso muchos países prefieren importar antes que extraer. El riesgo inverso es evidente: quedarse fuera del suministro implica dependencia tecnológica y vulnerabilidad estratégica. El dilema es incómodo pero inevitable: o se asume el costo ambiental con regulación estricta, o se acepta la subordinación geopolítica.
La política global ya internalizó esta lógica. Sanae Takaichi ganó recientemente las elecciones en Japón con un mandato claro: asegurar el abastecimiento de tierras raras como eje de seguridad nacional y económica. La experiencia japonesa —marcada por presiones y restricciones provenientes de su vecino chino— exhibe con nitidez lo que está en juego cuando la industria avanzada depende de un solo proveedor.
En ese mismo mapa empieza a aparecer el Cuerno de África. Aunque aún no hay un acuerdo formal firmado, Israel y Somaliland han avanzado en conversaciones que vinculan reconocimiento político, cooperación económica y acceso a minerales estratégicos. Más que contratos aislados, lo que se perfila es un patrón: alianzas diplomáticas que ya no se negocian sólo en términos de fronteras o votos, sino de cadenas de suministro y control material del futuro tecnológico.
Las tierras raras no son el futuro: son el presente. Y mientras el mundo se reorganiza en torno a ellas, en México seguimos conformándonos con las rarezas de la tierra. Si el poder hoy se juega bajo el suelo, aquí seguimos discutiendo en la superficie.