TEATRO DE SOMBRAS

Los therian

Guillermo Hurtado. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Los niños pequeños juegan a ser animales: leones o elefantes o perros. Nos causa gracia. Se los aplaudimos. Pero cuando un adulto juega a ser un animal, hay algo sospechoso. Todo resulta más extraño cuando los adultos que se ponen máscaras o disfraces de animales, que caminan en cuatro patas, dan brincos para moverse, se arrastran por el suelo y ladran o aúllan o graznan, afirman que lo que hacen no se trata de un simple juego, sino de algo que va en serio.

Los llamados therian se identifican a sí mismos con los animales que representan. Aunque son seres humanos, lo que ellos afirman es que comparten con esos animales una suerte de espíritu, de talante, de forma de ser. Dicho de otra manera, un therian cree que lleva dentro de sí a un animal y que, por lo mismo, al expresarse como ese animal, lo que hace es reconciliarse con esa dimensión oculta de sí mismo.

En la sociedad primitiva los seres humanos se identificaron con animales para adquirir, de manera mágica, algunas de sus características o para conseguir un poder. El totemismo es un sistema de creencias y de prácticas rituales de una comunidad que adopta la protección de un espíritu animal. En México, un nahual es un animal que protege a un individuo desde el nacimiento. En casos excepcionales, el ser humano puede convertirse en ese animal, según se afirma. Hay que señalar, sin embargo, que esas creencias, con una base religiosa, están integradas a aquellas comunidades de manera congruente. Por lo mismo, en una sociedad como la nuestra, lo que dicen y hacen los therians nos resulta tan extravagante.

No entraré en los motivos psicológicos de quienes se identifican con un animal. Lo que me interesa es el fenómeno cultural. ¿Acaso se trata de una nostalgia del totemismo? ¿Es una manifestación inesperada del nahualismo mesoamericano? No parece que sea el caso. Los therians no viven en comunidades indígenas en lo más recóndito de la sierra, sino que son jóvenes urbanos que se enteraron de ese movimiento por medio del Internet. Por lo mismo, no es una tradición lo que defienden, sino una moda.

¿Acaso se trata de una fatiga cultural de vivir como un ser humano? ¿Se trata de una manera de retornar a nuestra naturaleza animal en un mundo tecnologizado? Los sociólogos, antropólogos y psicólogos podrán dar una respuesta. Lo que a mí me parece inquietante es que haya quienes quieran dejar de ser humanos para convertirse en animales, como si ser animal fuera mejor que ser humano. No podemos darnos el lujo de fracasar como seres humanos para convertirnos en animales o en máquinas. No hay reto alguno en ser un animal o una máquina. De alguna manera, ambos la tienen fácil. Ser humano, en cambio, es un reto gigantesco. Enfrentarlo es lo que nos brinda dignidad.

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