En política, como en biología, el crecimiento suele alterar la dinámica de poder de manera irreversible. La historia de la coalición de partidos gobernante en México, liderada por el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), ofrece un estudio fascinante sobre este fenómeno.
Lo que en el año 2018 comenzó como una alianza de supervivencia para el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), se ha transformado hoy en una relación de dependencia mutua, donde los antiguos “pequeños” han cobrado una estatura que incomoda a su mentor. La ironía es clara: Morena alimentó a quienes ahora, crecidos, cuestionan su hegemonía y ponen en duda su apoyo en la reforma electoral de la Presidenta Claudia Sheinbaum, así como el seguimiento de los principios de Morena.
Hay que recordar que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) perdió la elección de 2006, entre otras cosas, por no haber hecho alianzas con otros partidos; principalmente con Alianza Cívica, que aun siendo un partido pequeño le hubiera dado los votos necesarios para ganar. Por ello, en 2018, AMLO no quiso correr los mismos riesgos que en 2006 y sumó a partidos como el PT, aliado histórico de la izquierda, y al PVEM, un partido creado por el salinismo que históricamente se ha unido al mejor postor. Así, conformó una coalición con un sincretismo ideológico criticable, pero que arrasó en las urnas.
En aquel entonces, Morena dictaba la agenda y los partidos minoritarios aceptaban las migajas con tal de lograr su sobrevivencia. Era, en la narrativa popular, la “chiquillada” que se resguardaba bajo la sombra del gigante para no ser devorada por el sistema; aceptaba las pocas candidaturas que les dejaban, así como el presupuesto mínimo para que sus líderes y dueños mantuvieran la franquicia vigente.
Sin embargo, el ejercicio del poder y el diseño del sistema electoral mexicano permitieron una metamorfosis. A través de la transferencia de votos, la asignación estratégica de distritos y la disciplina legislativa, el PT y el PVEM no sólo sobrevivieron, sino que se institucionalizaron y parece que han logrado consolidar una agenda propia.
Hoy el panorama es distinto. El PVEM se ha posicionado como la tercera o cuarta fuerza política en términos de votos reales y gubernaturas, mientras que el PT mantiene una base fiel que resulta decisiva en elecciones cerradas. La ironía reside en que Morena ha dejado de ser el eje absoluto de la coalición. El crecimiento de la “chiquillada” ha sido tal que posee las “llaves” legislativas: votos sin los cuales las reformas constitucionales propuestas por Morena no transitan, poniendo de cabeza al Gobierno.
Este crecimiento ha provocado que cobren facturas más altas y que el chantaje político sea más frecuente; ya no aceptan fácilmente las propuestas de Morena, pues ahora priorizan sus propios intereses. Aprendieron que su valor no reside sólo en su tamaño real, sino en su capacidad para ser el factor que inclina la balanza. Al final del día, Morena creó un sistema que permitió que esa chiquillada creciera y se rebelara contra el gigante que le dio de comer y la protegió.
Morena enfrenta un dilema: si la “chiquillada” no se doblega, puede intentar asfixiarlos y buscar otro aliado, o ir solo en las próximas elecciones jugándose su capital político de forma más coherente con su ideología para buscar el voto indeciso. Vaya dilema.