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La Revolución será televisada

La Revolución será televisada Foto: Pexels

En su libro La pantalla y la cruz (El Colegio de México/ Banco de la República, 2025), sobre la televisión y la Iglesia católica en México y Colombia, a mediados del siglo XX, la historiadora Laura Camila Ramírez Bonilla, profesora de la Universidad Iberoamericana, reproduce un cuadro de gran interés. La información que ofrece este libro es de alta relevancia para pensar distintas maneras de administración de los medios de comunicación en América Latina, en el arranque de la Guerra Fría.

De acuerdo con el estudio de Ramírez, en 1958, un año antes del triunfo de la Revolución cubana, en Cuba había 315, 000 televisores, mientras que en México había 184, 000 y en Colombia, 140, 000. Las cifras estaban muy por debajo de Estados Unidos, pero en esos tres países eran de las mayores en toda la región. Cuba, el país con menor población de los tres, con menos de 7 millones de habitantes en la isla, era el que más receptores poseía.

En México se había creado un sistema televisivo a partir de empresas privadas familiares como las de los Azcárraga Vidaurreta, los O’Farrill o los González Camarena. Pero la elección del modelo privado no estuvo exenta de un debate fascinante sobre las opciones a seguir, que reconstruye la historiadora Ramírez, y en el que jugó un papel fundamental el poeta, cronista y dramaturgo Salvador Novo.

Novo había impulsado el departamento teatral en el Instituto Nacional de Bellas Artes, fundado y dirigido por el músico Carlos Chávez, durante la presidencia de Miguel Alemán Valdés. En 1948, el Gobierno mexicano encargó al escritor presidir una Comisión de Televisión en el INBA y viajar a Nueva York, París, Londres y otras ciudades europeas a estudiar los sistemas de televisión a nivel internacional.

En su informe, Novo propuso una visión positiva del sistema de la BBC británica, que veía como un monopolio cultural público, que trasmitiría valores cultos y laicos a la sociedad mexicana. El Gobierno mexicano optó, en cambio, por un sistema comercial, más parecido al de las cadenas (NBC, CBS, ABC) de Estados Unidos. El México postcardenista, de la doctrina de la mexicanidad, se inclinaba por una televisión empresarial y descentralizada en el arranque de la Guerra Fría.

Por el contrario, en la Colombia conservadora, posterior al Bogotazo de 1948, encabezada por el gobierno de Mariano Ospina hasta 1950 y luego por la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla entre 1953 y 1957, se optó por un modelo público y centralizado de televisión, más parecido al británico. La explicación que ofrece la historiadora de esa elección es que dicho sistema era el más conveniente para la agenda anticomunista de la derecha colombiana.

Pero el principal hallazgo de la investigación de la doctora Ramírez Bonilla es que ambos modelos, a pesar de sus diferencias, ofrecieron amplias oportunidades a la Iglesia católica para realizar su labor pastoral en los dos países, México y Colombia. Esa ofensiva confesional en la televisión respondió a un cambio en la percepción de la funcionalidad de los medios de comunicación masiva en el último tramo del pontificado de Pío XII, a partir de la encíclica Miranda Prorsus de 1957.

Un tercer modelo de televisión en América Latina y el Caribe, durante la Guerra Fría, que insinúa esta ambiciosa investigación de Laura Camila Ramírez, sería, precisamente, el cubano. En el cuadro citado, La pantalla y la cruz reporta que, de acuerdo con la Unesco, entre los años 60 y 70, la cantidad de televisores por habitantes en Cuba se multiplicó por diez, con tecnología soviética.

Cuba, país que experimentó una ofensiva atea, basada en la difusión de la ideología marxista-leninista, como ningún otro en América Latina y el Caribe, acabaría siendo, en los años 70, la mejor refutación del poeta y músico afroamericano de Chicago, Gil Scott-Heron, quien por aquellos mismos años cantaba el conocido verso: “the Revolution will not be televised”.

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