Irán no está peleando una guerra convencional. No puede hacerlo. No tiene la aviación, la marina, la tecnología ni la capacidad de destrucción de Estados Unidos. Tampoco puede medir fuerzas de manera pareja con Israel. Por eso está recurriendo a una de las fórmulas más antiguas de la guerra: la guerra asimétrica.
La idea es sencilla. Cuando un país sabe que no puede derrotar de frente a un enemigo más poderoso, deja de buscar una victoria militar clásica y empieza a buscar cansarlo, encarecerle la campaña, ensanchar el conflicto y sembrar incertidumbre. Eso ocurrió en Vietnam y en Afganistán. La gran potencia podía ganar batallas, destruir más y golpear más lejos; el adversario más débil apostaba a resistir, alargar la guerra y volver políticamente costosa una superioridad que, sobre el papel, parecía aplastante. Eso mismo está intentando hacer Irán hoy. Su cálculo no consiste en pelearle la superioridad aérea a Estados Unidos o pensar en destruir al ejército israelí, sino en obligarlos a pagar cada día más por seguir bombardeando. A Estados Unidos le está costando cerca de 900 millones de dólares cada día de conflicto.
Por eso los drones y misiles iraníes sobre el Golfo Pérsico no son golpes de desesperación, sino el centro de su estrategia. Irán ya golpeó bases, instalaciones y zonas sensibles en Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar, Jordania y Arabia Saudita. Washington combate pensando en blancos militares. Teherán responde recordando que el poder estadounidense en Medio Oriente descansa en puertos y bases militares, pero también en la estabilidad de monarquías vecinas que viven del flujo continuo de exportaciones petroleras, turismo y capital internacional. Un dron iraní zumbando sobre Dubái logra algo más importante que su carga explosiva: dice que nadie en la región puede seguir como si la guerra ocurriera lejos. Un misil sobre una base saudí que mata a soldados estadounidenses o un ataque que obliga a Qatar a suspender exportaciones de gas traslada el conflicto fuera de las fronteras de Irán, en una estrategia clásica de guerra asimétrica.
Ésa es también la lógica del estrecho de Ormuz. No se trata de cerrarlo como si fuera un interruptor, sino de convertirlo en una amenaza permanente. Por ese paso angosto circula una quinta parte del petróleo y del gas que alimentan al mundo. Si el tránsito se vuelve incierto, suben los precios de los seguros, se retrasan embarques, se tensiona el almacenamiento y se transmite ansiedad desde el Golfo hasta las gasolineras y los puertos del resto del planeta. Irán sabe que un cierre absoluto también lo lastimaría a él, porque buena parte de su propia salida comercial depende de esa ruta. Por eso la amenaza intermitente puede ser más útil que el bloqueo total; basta con volver frágil la normalidad.
Todo esto ayuda a entender por qué el sistema iraní difícilmente caerá sólo por los bombardeos. Tras la muerte del viejo ayatolá, el poder no se evaporó. Había mecanismos de relevo, cadenas de mando y una estructura política y militar preparada para resistir el golpe. La designación de Mojtaba Jamenei como el sucesor de su padre apunta justamente en esa dirección: continuidad aun cuando están bajo fuego. Y ahí está la lección incómoda de toda guerra asimétrica: el más fuerte puede destruir mucho y rápido, pero eso no significa que pueda imponer un desenlace claro. A veces la fuerza alcanza para abrir una guerra, pero no para cerrarla. Irán aún tiene cartas por jugar.