Mi refugio no está en detener el tiempo, sino en dejarlo correr.
Marusia Musacchio
Un habitante del mundo aprende a leer la vida, desarrolla por sí mismo una virtud mágica para descifrar el tiempo y sabe interpretar el amanecer, el atardecer y la luna. Ese habitante del mundo crece y se desarrolla en sus andares que, como bien señala el prólogo del libro Andares, muchas veces son interiores, porque en esos pasos, en esas exploraciones por regiones lejanas, paradójicamente, el ser humano se reconoce a sí mismo y profundiza en su propia sensibilidad. Este reconocimiento, que conlleva un renacimiento interior, es una de las aportaciones más valiosas de Andares, la obra de la descollante intelectual mexicana Marusia Musacchio. La obra es un fino entramado entre la crónica, el discurso, el ensayo y la epístola (esta última lograda en el más estricto sentido, ya que cada una de las cartas tiene una intención literaria con valor artístico, filosófico y narrativo). En el sentido de la crónica encontramos una obra que, sin lugar a dudas, nos narra desde su lugar de protagonista y testigo de primera mano el famoso renacer chino. El primer capítulo, “Hong Kong: el descubrimiento”, nos atrapa desde el principio: la ciudad entera vivía atareada día y noche preparándose para el cambio de soberanía de Gran Bretaña a China en 1997. Al respecto, nos comparte el “antes y después” de una cultura que se apropió de su alma y de su corazón, al mismo tiempo que nos ayuda a comprender la psicología social de una civilización que mantiene el equilibrio entre la modernidad y la espiritualidad de su filosofía milenaria. En el discurso destaca el que Marusia pronunció en nombre de los estudiantes de El Colegio de México por la entrega del Premio Príncipe de Asturias, una pieza cuyo contenido implica la importancia de las relaciones interculturales y sociales con España y nos muestra el nacimiento y el significado de una de las instituciones de mayor prestigio de nuestro país. En el ensayo, que oscila entre lo literario y lo histórico, Marusia tiene una narrativa que lo mismo puede llevarnos a experimentar el realismo mágico, como en Capadocia —“Jamás habíamos visto algo así: pueblos enteros incrustados en piedras”—, que hacernos partícipes de su transmutación espiritual:

La certeza de la ignorancia
“Estaba por primera vez entregada al mundo. Sin ataduras, como naipe humano sentía la dicha del placer nuevo, del presentimiento indicativo de que en las caras que acababa de ver en Tsim Sha Tsui, en cada una de ellas, tenía la posibilidad de ver mi propio destino. No estaba más marcada ni por la geografía ni por mi pasado. Quería gritar de felicidad, pero cuando quise hacerlo no pude: el llanto me acalló. Cerré un instante los ojos, me aferré al barandal y, cuando entendí lo que estaba pasando, aflojé las manos, solté el cuerpo y abrí los ojos conmovida. Era libre”.
El género epistolar es el corazón del libro; es un testimonio interesante y conmovedor de una mexicana de excelencia que comparte su visión del mundo y su evolución personal con sus padres, a quienes hace partícipes de sus miedos, de sus retos, de sus proyectos y de sus confrontaciones. Estas mismas nos permiten conocer la fortaleza y el temple de una mujer peligrosamente pensante que encuentra el amor —el real— en Diede.
La obra contiene un texto que es uno de mis favoritos y, a decir verdad, me resulta inclasificable: “Dos cuadras interminables”. Podría decir que es un cuento fantástico porque tiene un conflicto claro: te toma del cuello y te mete en la acción de Marusia, quien debe llegar a tomar el metro en la estación Baker Street, en Londres, para arribar a casa de Ana. Incluye también “Judíos en Hongkou” y “Revuelta en el Tíbet”, ambos trabajos periodísticos breves e interesantes. Andares presenta además una entrevista que María Scherer le hiciera a Marusia respecto de China. La culminación es un epílogo provisional del maestro Humberto Musacchio, quien advierte de una segunda parte que parece anunciar una segunda revelación espiritual de una mexicana de excelencia.

