Tal vez, desde los años 60 del siglo XX, cuando una mayoría de la región rechazó la instalación de misiles soviéticos en Cuba y la instauración de un régimen comunista en el Caribe, no se producía una alianza tan sólida entre gobiernos latinoamericanos y Estados Unidos. Otro antecedente sería el llamado “consenso de Washington” de los 90, que siguió a la caída del Muro de Berlín y las transiciones democráticas en la región, pero aquél era un acuerdo fundamentalmente económico, favorable al libre comercio y las reformas neoliberales.
El actual entendimiento de una docena de gobiernos latinoamericanos, más otros que también pudieron estar en Miami, como el peruano o los caribeños que hace poco se reunieron con Marco Rubio en Caricom, es mucho más profundo que cualquier otro desde la Guerra Fría. Se trata de un entendimiento que no sólo parte de compartir premisas económicas y políticas que van más allá del neoliberalismo, sino que incluye elementos centrales de la agenda de seguridad hemisférica de Estados Unidos o Doctrina Donroe, como el control energético del Caribe, la participación directa estadounidense en el combate a cárteles de la droga, la neutralización de la emigración ilegal y el rechazo a los regímenes bolivarianos.
También comparten esos gobiernos con Washington un punto clave de la Doctrina Donroe, que es la reducción al mínimo de la influencia de rivales de Estados Unidos, como China, Rusia e Irán, en la región. El más controvertido o disputado de esos vínculos, es decir, el que genera mayores reticencias en algunos países, especialmente los suramericanos, es el de China. Argentina, Chile, Perú, Ecuador e, incluso, El Salvador o Panamá, no estarían dispuestos a deshacerse de sus profundas conexiones económicas con China.

La certeza de la ignorancia
Se ha repetido mucho que México, al igual que Brasil y Colombia, fueron excluidos del proyecto del “escudo de las Américas”, pero es evidente que esos tres gobiernos y, sobre todo, el mexicano, son centrales en la Doctrina Donroe y tienen un nivel más profundo de colaboración con Washington en temas de seguridad hemisférica. Esos gobiernos no estuvieron en Miami porque, en efecto, proyectan mayor autonomía ideológica y diplomática, pero también, por lo contrario: porque el peso de sus intercambios en materia de seguridad es demasiado grande y debe ser tratado de manera bilateral.
En todo caso, la ausencia de Brasil, Colombia y México será utilizada como un mecanismo de presión contra esos gobiernos de izquierda, que se resisten a una inscripción en el nuevo bloque trumpista. Esos tres gobiernos son interamericanos y tienen buenas relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Gustavo Petro estuvo no hace mucho en la Casa Blanca, y el canciller de Brasil, Mauro Vieira, acaba de sostener que el diálogo entre Trump y Lula es permanente y cordial. Con más razón podría decirse lo mismo de la relación entre México y Estados Unidos, que ya empiezan a renegociar el T-MEC.

