La guerra en Irán se ha convertido rápidamente en un lastre político para el presidente Trump. Con tan solo 40 por ciento de aprobación entre el público (contra, por ejemplo, el 90 por ciento de aprobación de la guerra en Afganistán o cerca del 80 por ciento en Irak), esta es una de las guerras más impopulares en la historia de Estados Unidos.
Este número sólo va a decrecer si las grandes y erráticas promesas de un cambio de régimen o de eliminar por completo el programa nuclear iraní se convierten en falsas esperanzas y, sobre todo, conforme los precios no sólo de la gasolina, sino de cientos de bienes, continúen subiendo con el comercio del petróleo detenido por la guerra en el área del estrecho de Ormuz.
El presidente no trató de convencer ni al Congreso ni al público, presentando evidencia y explicando los motivos por los que Estados Unidos debería ir a la guerra contra Irán. Y es por esto que, desde el inicio de la guerra, la oposición del Partido Demócrata, desde la izquierda hasta el centro, fue contundente y casi absoluta. Sí, es cierto que Irán ha construido una red de actores paramilitares alrededor del Medio Oriente que han causado cientos de miles de muertes en la región, instigando el sectarismo en el mundo musulmán, además de financiar redes y grupos terroristas que, entre otras cosas, han matado a decenas de estadounidenses.
Sin embargo, esto no explica por qué precisamente este momento requeriría un ataque. También es cierto que este régimen fundamentalista ha reprimido brutalmente a su propia población. Sin embargo, el público estadounidense tiene poco apetito para cambios de régimen después del fracaso en Irak y en Afganistán.
Es precisamente este bagaje lo que ha hecho que esta guerra sea poco popular no sólo entre demócratas, sino también dentro del propio Partido Republicano. El presidente Trump construyó su persona política alrededor de la idea de que él representa una nueva derecha antiintervencionista que pone a los estadounidenses primero, en contraste con los neoconservadores como Bush. Este intento de cambio de régimen ha enojado a su propia base, que ve en esta guerra una traición al concepto de Make America Great Again.
Sin embargo, el problema más serio para Trump, a sólo unos meses de la elección de medio término en el Congreso, no son únicamente las preferencias o ideas de la población sobre lo que sucede en Irán, sino el alza de los precios. El presidente que prometió no intervenir ha intentado decapitar a un régimen en el Medio Oriente. El presidente que prometió bajar los costos ha desatado una crisis energética y de precios a nivel mundial.
Trump sabe que son pocas las probabilidades de derribar al régimen, después de que éste ha resistido el embate inicial. También sabe que será difícil destruir verdaderamente las capacidades nucleares en Irán. Ante la presión popular, busca una salida. El problema es que, para tratar de irse con la cara en alto, el presidente está en busca de una victoria. No una real, sino un pretexto que le permita salir de la crisis que él mismo desató.