A estas alturas ya no puede haber dudas del avance del trumpismo en América Latina y el Caribe: diecisiete gobiernos de la región se han alineado con la Doctrina Donroe y algunos que, supuestamente resisten, como el cubano o el nicaragüense, también han mostrado buena disposición a colaborar con Washington en labores de seguridad regional en Centroamérica y el Caribe.
La reorientación geopolítica de las Américas que se está produciendo ha encendido las alarmas en tres de los gobiernos que quedan al polo progresista: el de Lula da Silva en Brasil, el de Claudia Sheinbaum en México y el de Gustavo Petro en Colombia. Al día siguiente de la intervención militar de Estados Unidos en Caracas, esos tres gobiernos, más Chile, Uruguay y España, reprobaron la acción y llamaron a una “solución democrática”.
Aunque tardío, el posicionamiento hizo la diferencia en medio del proyecto venezolano de Trump, que deliberadamente postergaba el tránsito democrático en Venezuela, a cambio del control energético del país y el entendimiento con el gobierno sucesor de Delcy Rodríguez. Pero entonces, aquellos gobiernos, que no pudieron unirse para frenar la reelección impuesta de Nicolás Maduro en 2024, llamaron a respetar la democracia.
Luego, cuando la presión sobre Cuba aumentó, por medio del cerco energético de la isla, qué hicieron esos gobiernos. Ciertamente, muy poco. Brasil y Colombia no han pasado de algunas declaraciones contra la escalada estadounidense. México, como hemos comentado varias veces aquí, ha oscilado entre el llamado a la solidaridad, el envío de ayuda humanitaria y una propuesta de mediación entre Estados Unidos y Cuba, de la que cada vez se habla menos.
En estos días ha habido comunicación entre los tres mandatarios, pero poco ha trascendido que esas pláticas contemplen la situación cubana, aunque no es improbable. La Presidenta Sheinbaum acordó con Petro y Lula el reciente posicionamiento contra la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y a favor de la paz en el Medio Oriente. También se tocó el tema de la próxima cumbre de la Celac y África, que organiza Bogotá como sede pro tempore de ese foro y a la que asistirá la mandataria mexicana.
Sería muy extraño que durante la visita de Sheinbaum a Cartagena no se trasmitieran mensajes de solidaridad con Cuba de parte de ambos gobiernos. Pero como hemos comprobado en estos meses, la solidaridad no resuelve el severo problema de desabastecimiento energético de la isla. No lo resuelve como tampoco lo resolvía el esquema de subsidios petroleros que siguieron Venezuela y México, en años recientes, y que, en buena medida, condujo al colapso actual. La raíz del colapso cubano es la improductividad del modelo, agravada ahora por el sitio petrolero.
Con Lula también ha hablado la Presidenta Sheinbaum y se ha anunciado su visita a Brasil en los próximos meses. Seguramente, durante esa visita, los mandatarios buscarán la forma de contrarrestar el avance del trumpismo, aunque sería muy raro que lo hicieran incrementando la tensión con las nuevas derechas de Suramérica o tomando distancia de Estados Unidos. México está renegociando el T-MEC con Washington y Brasil, como ha dicho el canciller Mauro Vieira, no busca la confrontación con Trump.
Entonces, qué podrían hacer esos gobiernos por Cuba. Lo mejor, a mi juicio, sería no persistir en el respaldo acrítico al régimen insular y en el aplauso a la resistencia numantina y respaldar la actual negociación con Estados Unidos, pero insistiendo en una reforma profunda del modelo económico, social y político. Esos gobiernos de la izquierda latinoamericana negocian todos los días con Washington y tienen una larga experiencia en el manejo de un líder como Trump. Esa experiencia podría volcarse en ayudar a Cuba a prescindir del modelo actual y transitar a una economía más integrada a su entorno regional y a una democracia soberana.